François Hollande se retiró de la carrera presidencial aparentemente para no perjudicar los intereses del Partido Socialista francés. Su gran error fue la palmaria contradicción entre las promesas izquierdistas que hizo en su campaña y la gestión real que ha llevado a cabo. Esa profunda contradicción es la que lastraba sus expectativas electorales. Su campaña a la presidencia se caracterizó por compromisos de ingentes inversiones públicas y ser un contrapunto a la línea de Angela Merkel, centrada en un control del gasto público, presentándose como contrapeso a la dirección supuestamente marcada por Alemania. Pero la realidad y las matemáticas le exigieron a Hollande hacer justo lo contrario de lo que con alegre demagogia había prometido. El presidente francés hizo el mayor recorte desde hacía décadas, equilibró gastos e ingresos, y puso en marcha una reforma laboral en la estela de la española, lo cual exacerbó los ánimos y provocó tumultuosas movilizaciones callejeras, pese a revelarse como indispensable para combatir el desempleo.
La discordancia entre lo dicho y lo hecho por Hollande es lo que también deja una difícil herencia a sus correligionarios que ahora se disputan el liderazgo del socialismo francés en unas primarias para la candidatura al Elíseo. Entre los aspirantes destaca Manuel Valls, primer ministro del Gobierno de Hollande y que ejecutó con pulso firme esas medidas calificadas de social-liberales. Ahora Valls y sus competidores en las primarias -Jean-Luc Bennahmias, Benoît Hamon, Arnaud Montebourg, Vincent Peillon, Sylvia Pinel y François de Rugy- llevan camino de cometer el mismo error que el autoexcluido Hollande, como se vio claramente en el debate entre ellos celebrado esta semana y trasmitido por televisión.
Recién comenzada la carrera de las primarias, todos los representantes del Partido Socialista han hecho gala de un enardecido izquierdismo, donde el capítulo estrella es el anuncio de una desmedido gasto público, a todas luces irrealizable en una Francia miembro de la UE y en un mundo globalizado. De nuevo, la demagogia electoralista lleva a los líderes del Partido Socialista francés a promesas imposibles de llevar a cabo al contradecirse con las leyes más elementales de la economía. Algo que aboca al socialismo galo a un fracaso en las urnas por mucho que haya sacrificado la figura de Hollande, cuyo error no consistió en su gestión que, finalmente, se desenvolvió en una línea lógica y eficaz a medio plazo.
Su equivocación fue decir lo que ciertos sectores quieren escuchar sabiendo de antemano que no podrá llevarse a la realidad. Error que ahora se reproduce en sus herederos, pero con una diferencia sustancial con vistas a la próxima cita en las urnas: el descrédito del discurso socialista. No se pueden vender las mismas promesas cuando se sabe que son falsas. Para recuperar el terreno perdido los socialistas franceses deberían hacer una rigurosa autocrítica, no prometer lo irrealizable, no generar expectativas que serán defraudadas. Por esta vía seguirán hundiéndose y dando bazas al populismo. Resulta urgente que realicen una cura de realismo.