Federico Trillo, Federiquín, ojo que asa carne, mulatazo de Londres, Santo Oficio de la Defensa, está quedando como una majadura ante los familiares de las víctimas del Yak-42. Jamás en democracia se había visto a un personaje actuar con tanta soberbia y con tanto narcisismo en el orden de asuntos que corresponden a un cargo público que se equivocó a la hora de intervenir en este drama eólico que más parece un plancto de lloranderas que un efectivo asunto de estrías ministeriales. Federiquín fue un nocivo ministro de Defensa, por lo que, atrapado ahora en sus arbórbolas de decisiones erróneas, le ha llegado el momento de que se le envíe al orco o al incendio producido hace catorce años en tierras turcas por culpa de una serie de irregularidades que deben ser investigadas hasta la última pierna hundida junto a otro cuerpo distinto en aquellos ataúdes siniestros y mal parejados. Federiquín es una mula que hiede como su mismo Dios, rezado por su opusdeísmo de mitos espesos y de picas agresivas.
Yo mandaría a Federiquín, “al alba y con viento de Levante”, a la isla Perejil como guardabosques de una tierra que todavía no se sabe si es de la morería o de la cristiandad. O mejor, lo mandaría con correo certificado al lugar donde se produjo el accidente como pastor de ovejas porque intentara seguir buscando entre los riscos y los prados más pruebas de identificación de los cadáveres que se alejaron de la vida sabiendo que el Yak era un avioncillo de papel donde las subcontratas generaron un dinero que todavía hoy no se sabe adónde fue a parar. ¿Acaso al bolsillo del ministerio de Defensa?, ¿tal vez a las hordas adjuntas al tal ministerio? Es hora que mi Lola, esto es, Dolores de Cospedal, averigüe todas esas hechicerías que se vistieron con avemarías y heridas cicatrizadas en chirlos en torno a esa violencia ejercida por el poder sobre las familias afectadas. Ahora Rajoy, vicepresidente en aquella época del Leviatán, se ajunta con las familias sin duda alguna afectado por la presión originada a través del mensaje del Consejo de Estado. Rajoy sabe que el Yak lo persigue y que no va a encontrar a Federiquín un aliado a la hora de pedir perdón, pues su opusdeísmo se lo prohíbe, de la misma manera que su malabarismo de hechos y contrahechos. Federiquín no debería entrar en el Consejo de Estado, aunque sea por una cuestión de ejemplaridad, pues su abogacía mejor estaría destinada a defender, como digo, las cabras moras o cristianas que zascandilean por la isla Perejil. Federiquín no es ya un profesional del Derecho, sino un cabrero que debería acompañar al Quijote cual un Sancho Panza de analfabetismo y refranes de “Deo gracias”. O guardabosques o pastor, pero nada de Consejo de Estado. Federiquín debe ser exterminado de la vida pública española por traer la peste negra en estos tiempos en donde los Yaks rusos se han roto como glándulas y células que conforman la escultura del asesinato.
Trillo y el trillismo niegan la actual democracia y es por ello que debe desaparecer de escena y dedicarse a la escritura, otro ejemplo, de una “Historia de la Aviación”, libro que sería un best-seller y del que Federiquín podría sacar buenos maravedíes o escudos de oro en oro. El ultraje y la vesania de Trillo luego impone la sensación de un ciego que no ve por tela de cedazo. Si en España se hicieran las cosas bien, Trillete debería ser obligado por activa y por pasiva a reunirse con las familias de las víctimas y con un altavoz de esos de la policía pedir perdón y besar los pies tristes y cansados de toda la parentela de los militares muertos. Aquellas muertes se podrían haber evitado, pero lo que no se puede evitar es la comparecencia de Federiquín ante lo alto de una mezquita o torre de catedral desde donde salga su voz apremiando el mea culpa por dejar de ese modo de seguir orinando en el yelmo de Mambrino. Trillo es animalia y pazpuerca y chifladura y mal haya el diablo, lo dice Cide Hamete Benengeli, que soy yo, el narrador de esta grande historia.