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TRIBUNA

Ciudadanos: Podemos, o podremos

sábado 11 de febrero de 2017, 19:16h

La democracia es un sistema altamente imperfecto, cuyos derrapes han llevado al poder a dictadores como Hitler, populistas como Evo Morales, estrafalarios como Trump y corruptos, dispuestos a corromperse más, como Cristina Kirchner o Carlos Andrés Pérez; incluso, hay candidatos que se repiten a sí mismos, una y otra vez, indefinidamente, como Daniel Ortega.

Los pueblos aciertan, o no. Hay momentos que evitan la Dinastía Fujimori, y momentos que estropean el proceso de paz en Colombia y el proyecto de supervivencia europea. Los aciertos quizás sean más frecuentes que los errores; pero, éstos son garrafales.

¿Cómo explicarlo?

Cabe dudar sobre la competencia a la hora de emitir el voto. Cada votante va convencido sobre la bondad y adecuación de la opción que elige, por supuesto. Sin embargo, su opción ha sido elegida en medio de un proceloso mar de mentiras, mistificaciones varias y manipulación a discreción. Los oradores que convencen más no son los sensatos, que llevan la verdad y la razón a cuestas, sino los propulsores de emociones que, o bien queman la esperanza y la seguridad para suscitar pánico, o bien venden delirios para provocar encantamientos y éxtasis, aunque no sean místicos. Y el elector queda subyugado.

En España, la estabilidad política siempre la ha conseguido la alternancia en el poder de dos partidos. Antes, se llamaron Cánovas y Sagasta, y aquello acabó en asesinato. Ahora, se vienen sucediendo el PP al PSOE y vuelta a empezar, como en el juego de la oca. Sin embargo, hay tanta basura en el corral de las ocas, la incautación fiscal es tan desigual, injusta y agobiante, el egoísmo autonómico tan destructivo, que corremos el riesgo de tener un fallo multiorgánico nefasto. Basta que la bisoñez tome una sobredosis de droga populista y el suicidio puede ser. Podemos, podemos suicidarnos, a poco que nos animen. No seríamos los primeros.

Ante ese panorama, quizás como autodefensa, la sociedad ha reaccionado y querido contrapesar el bipartidismo corrupto, que ha pretendido la centralidad apoyándose en fuerzas centrífugas, …, y es amparo de todas las corruptelas, con otras opciones que pongan coto a las paradojas y más difícil la continuación de la podredumbre. Sin duda, un encomiable esfuerzo del organismo social para evitar la sepsis. Pero, la policía no acaba con la delincuencia, porque la regeneración sólo puede ser personal, rehabilitando valores que hoy no están de buen uso.

El problema es que los dos agentes políticos nuevos adolecen de un déficit de identidad, que les genera graves tensiones internas. En consecuencia, pierden credibilidad.

“Podemos” ocultó sus esencias revolucionarias, enharinando sus patas comunistas, para conseguir que los cabritillos les abrieran las puertas del aprisco. Pero este esfuerzo de ser y no ser al mismo tiempo, les ha conducido a un brote esquizofrénico de juventud, más o menos florido. Hay comunistas que quieren trabajar en el aparato estatal y comunistas que anteponen la revolución, como un valor en sí mismo. Entremedias, se han fumado a los otros comunistas, que venían cobrando del presupuesto desde hacía décadas, y estaban instalados dentro del ajuar doméstico del Estado-Providencia.

“Ciudadanos” tampoco es una cosa, ni otra, sino las dos y ninguna. Ahora quieren ser liberales y, para ser modernos, parecerse a Jovellanos, con tal de no diluirse en cierta identidad del PP. Dejan su socialdemocracia de origen, porque los confundirían con Montoro y tampoco habría manera de diferenciarlos de la “javierada” de Asturias. Se mueven en el filo hamletiano de la duda máxima y el hecho casual, errático y equívoco. Hoy se consideran tan liberales, que se dan miedo y mañana votarán junto a “Podemos”. Al día siguiente, se refugiarán en el PP, para castigar los delirios de la izquierda extrema. No es una relación de amor – odio con unos y otros, sino de desconcierto, al obedecer a un tronco ideológico impostado; es decir, falso.

Cada uno somos lo que no es el otro y tenemos el deber de ser congruentes y actuar en consonancia con el sistema interno que nos da consistencia y nos hace únicos, tanto en el ámbito estrictamente individual, como en el grupal y en la escena pública.

En nuestro sistema interno, tenemos creencias, que deben intervenir poco en la vida pública, aunque hayamos de respetarlas en la privada. Las creencias abarcan el océano de las ideologías, único patrimonio que exhiben impúdicamente algunos líderes, o al que supeditan todas sus intervenciones, en clave sectaria a veces, doctrinaria siempre. La ideología se necesita, como los vertebrados el esqueleto; pero hay que atemperarla y no se enseña.

En el mismo estrato sublime de las creencias, alentamos ideales y aspiraciones nobles que promueven el afán de superación y la participación del sujeto. De ahí, proviene energía integradora para movilizar recursos propios y ajenos. Ya no hay sectarismo, sino sinergias.

Además, construimos pensamientos, unos técnicos que se presentan en blanco y negro y motivan a ingenieros, tecnócratas y funcionarios de reglamento y protocolo. Otros pensamientos son de altos vuelos, creativos y hasta geniales, pero sensatos y atrevidos para engendrar proyectos realistas y de ambición. Esta es una clave del liderazgo efectivo, que convence, porque trae propuestas sugerentes, tiene un discurso novedoso, promete con la lógica de su posibilismo, abre el horizonte e invita a trabajar en serio.

Con los sentimientos es preciso que contemos, para emulsionarlos con el realismo y la sensatez. El emocional es un registro que no puede ir por libre, por su tendencia al derrape. Ni tampoco conviene su exacerbación, porque en el límite está la locura, individual o colectiva.

El cerebro humano, al que Teilhard de Chardin llamaba “el cuarto infinito”, …, tiene tal riqueza de funciones y cuenta con tantos recursos que, debidamente desarrollado, tal vez nunca pretenda ser infalible y se conforme, humildemente, con no jugar a la ruleta rusa con el voto. Pero, en tanto que sistema ofrece muchas garantías. Es preciso confiar en él, darle herramientas y educarlo. Podemos.

Un despliegue discreto de las posibilidades de cada cerebro humano nos librará de buscavidas, vendedores de humo y pazguatos sobrecompensados. En cambio, será más posible que nos facilite contar con líderes eficaces, que convenzan no porque vociferen más o sean más utópicos, sino porque respeten mejor a sus congéneres y les ofrezcan un proyecto oportuno, viable, adaptado a las necesidades de la sociedad a la que pretenden servir. Podremos.

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