¿Cómo tienes a tu partido? preguntó Trump a Rajoy durante la conversación telefónica mantenida la semana pasada. De cine, Donald, respondió Mariano. Ya verás lo unidos (united, united), que quedamos tras nuestro Congreso, añadió el presidente del PP. Trump se lamentó de que el partido republicano no le apoya. Y ahí Rajoy sacó pecho: Nosotros, Donald, somos el único partido español con la unidad garantizada. El PSOE anda hecho unos zorros; sin líder y dividido; los comunistas, a cuchilladas como siempre. Y en Ciudadanos, confundidos entre ser liberales o socialdemócratas. Evitando el debate ideológico y el sucesorio, nosotros hemos logrado una valiosa unidad y yo me he consolidado en el cargo con el ninety-five per cent. Aquí no tropezamos dos veces con otra UCD.¡Goodbye Donald! ¡Thanks! ¡bye Mariano!
Pan para hoy…pensó Trump tras colgar. De nuevo el PP renuncia a entablar la batalla intelectual contra sus adversarios políticos. Vuelve a posponer ese partido (y esta vez no vale la excusa de que el viento ha volado la visera de la grada de preferencia), que inevitablemente tendrá que jugar algún día contra el monopolio cultural de una izquierda, que sistemáticamente tacha al PP y a sus dirigentes de reaccionarios y autoritarios. El impertinente complejo sigue presente entre los populares, lo que les lleva a evitar el debate de las ideas sin formular propuestas de identidad clara y firme, y prefiriendo programas ambiguos e imprecisos. Lo paradójico es que cuando el PP ha defendido con rotundidad y consistencia cuestiones de Estado y no de partido, y en asuntos de bien común y no de minorías, ha logrado dos mayorías absolutas.
Rajoy ha perdido casi dos millones de votantes porque antes el PP perdió las señas de identidad como formación política referente en la defensa de la libertad y del orden constitucional y en la gestión siempre solvente del progreso económico y la prosperidad social. Si los populares quieren recuperar aquellos votos deben confrontar sus ideas, manifestando éstas en el centro del debate, defendiéndolas y creándoles el ambiente idóneo. Ello exige estar presentes en el mundo de la cultura, conexión con intelectuales que piensen en sintonía y diálogo con los medios de comunicación para influir más y mejor en la opinión pública. Luego, desde el Gobierno procurar convertir aquellas ideas en hechos al servicio de los ciudadanos.
Un PP pertrechado de un sólido patrimonio ideológico resulta para el votante más atrayente que una derecha sin ideas y asentada en meros intereses de poder y rentables cálculos electoralistas, presta siempre a escoger su asignatura favorita: sanear las cuentas públicas, dejando que la izquierda moldeé a su antojo la sociedad. Una derecha mejor dotada para el debate cultural carece de complejos ante cordones sanitarios y su determinación es mayor para combatir intelectualmente el discurso progresista dominante. Con una derecha como esta, su electorado iría con paso firme y decidido a la urna. No con resignación ni con la nariz tapada.