Uno de los temas sobre los que más se ha pasado de puntillas en el reciente congreso del PP ha sido la ausencia de José María Aznar. No ha habido más referencia oficial al hasta hace bien poco presidente de honor del partido que la efectuada en el discurso final por el propio Mariano Rajoy.
Culmina así la transición del PP de Aznar al de Rajoy, ambos muy distintos. Dicha transición no ha sido fácil y, pese a los intentos de sus actuales dirigentes por laminar sutilmente toda mención al “pasado”, la sombra de Aznar sigue siendo alargada. Sobre todo en un nutrido sector de la militancia, que sigue viendo en el ya ex presidente de honor un modelo de liderazgo diametralmente opuesto al encarnado por Rajoy.
Aznar ha sido tan leal como coherente. Ha alzado la voz ante planteamientos que no compartía, pero lo ha hecho sin estridencias, pero con argumentos. Otros, dentro del partido han sido bastante menos respetuosos con alguien con méritos internos suficientes como para recibir el trato que se le ha dispensado. Aznar merece algo más que ser un mero militante de base del PP. Y Rajoy debería buscar la fórmula para llevar a cabo algún tipo de reconocimiento público, más allá de alusiones discursivas.