WASHINGTON, D.C.- Después de los catorce puntos de Wilson en 1918 y de las definiciones de Kissinger en 1969, el mundo debe encarar hoy la nueva estrategia de diplomacia de seguridad nacional del presidente Donald Trump como una continuación de la de Barack Obama y el repliegue militarista. El riesgo nuclear de Irán y Corea del Norte y el activismo internacional de China y Rusia no parecen preocupar a los estrategas de seguridad nacional del nuevo gobierno estadunidense.
Si se buscaran tres características de la estrategia de seguridad de Trump, podrían enumerarse las siguientes: enfoque empresarial de rendimiento presupuestal, asunción del aislacionismo con funcionamiento del paraguas de la OTAN y la centralidad del terrorismo al menudeo proveniente del islamismo radical. El equipo de seguridad nacional de la Administración Trump estaba forjado en la lucha contra el radicalismo árabe en Irak y Afganistán.
Después de Kissinger (1969-1975, con el republicano Richard Nixon) y Zbigniew Brzezinski (1977-1981, con el demócrata Jimmy Carter), el cargo de consejero de seguridad nacional --el principal estratega en definición de políticas presidenciales en materia de geopolítica-- quedó reducido a funcionalismos burocráticos. Nixon y Carter fueron los dos últimos presidentes con visión del geopoder; Reagan redujo la seguridad nacional a reventar a la Unión Soviética con la carrera armamentista y Bush Jr. reactivó la crisis en el medio oriente al derrocar a Hussein.
La concepción teórica de Trump sobre seguridad nacional es simplemente inexistente: es un empresario preocupado por los dineros, desconoce el funcionamiento de las agencias de inteligencia y seguridad nacional y carece de definiciones de largo plazo sobre el papel que debe jugar Washington en el equilibrio mundial; por eso, por ejemplo, quiere corresponsabilizar a las naciones europeas en el sostenimiento presupuestal de la OTAN.
El equilibrio militar como eje de la seguridad nacional se fijó en la segunda mitad del siglo XX en relación directa con la guerra fría y el equilibro militar-nuclear EE.UU.-URSS y comenzó en 1951 con la guerra de Corea como el primer punto de contención del comunismo internacional, extendiéndose después a Vietnam. Así, la seguridad nacional fue parte de las relaciones de poder y de sobrevivencia del capitalismo frente al avance del comunismo. La crisis de los misiles en Cuba fueron el punto culminante del conflicto nuclear, pero también la toma de conciencia de que una guerra nuclear terminaría con el planeta.
El desmoronamiento y desarticulación de la URSS en 1991 dio por terminada la fase de la confrontación entre modelos productivos y sus referentes ideológicos. Pero la disputa por el petróleo llevó a una guerra por las materias primas que se centró en la denuncia estadunidense de que Irak estaba comprando plutonio enriquecido para fabricar bombas nucleares y la actividad nuclear de Irán, ambas confrontadas con los EE.UU. por una guerra de petróleo que ocultaba una batalla religiosa.
La reconstrucción militar de Rusia, el activismo de China y los aceleramientos de Corea del Norte fijan un escenario de conflagración bélica probablemente no de corto plazo, pero sí en el horizonte generacional. Clinton, Bush y Obama mantuvieron los principios militares de la geopolítica ya sin afanes expansionistas; el gasto militar de los EE.UU. es de alrededor del 42% mundial, en tanto que el de China está en 8% y Rusia en 4%, lo que revela el desequilibrio armamentista en función de alguna conflagración internacional.
Los equilibrios de disuasión siguen beneficiando a los EE.UU., o que podría explicar el enfoque de costo presupuestal de Trump. El nuevo presidente quiere que las naciones contribuyan al gasto del paraguas militar de la OTAN, aunque sus funciones geopolíticas de la guerra fría sean ya inoperativas. China, Rusia y Corea del Norte no tienen considerados planes para atacar Europa occidental; y sólo Corea del Norte tendría la locura suficiente para atacar a los EE.UU. a pesar de que el presupuesto militar coreano es de alrededor del 10% del estadunidense. En este sentido, el cálculo de Trump ve en el gasto militar un despilfarro presupuestal que distrae fondos que bien pudieran destinarse a programas nacionales.
Sin la amenaza del comunismo, con el terrorismo focalizado en acciones espectaculares y sin una posibilidad real a corto plazo de una tercera guerra mundial, el enfoque de seguridad nacional de Trump es más de expectativas nacionales. Su primera opción para el CSN fue Michael Flynn, un general forjado en batallas de Afganistán e Irak y exjefe de la agencia de inteligencia de la Defensa (DIA, por sus siglas en inglés); es decir, sin una formación geoestratégica. Ahí se percibió la idea de seguridad nacional de Trump: una línea de contención militarista.
Lo que queda por dilucidar es el papel internacional de los EE.UU. con Trump en la Casa Blanca. Su formación empresarial y su falta de capacitación política en la burocracia del poder le reducen sus expectativas internacionales. Es decir, carece de una propuesta o de un enfoque, una deficiencia que tuvieron Obama y Bush Jr. en los tres lustros anteriores. En el fondo, la prioridad de Trump es el rediseño de políticas nacionales, manteniendo el exterior en la continuidad de enfoques, aunque con prioridades presupuestales.
Claro, mientras no haya una amenaza real de guerra.
indicadorpolitico.mx
carlosramirezh@hotmail.com
@carlosramirezh