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TRIBUNA

De sexo, niños y cacharros

jueves 23 de febrero de 2017, 21:26h

De vez en cuando figura en la prensa una noticia falsamente alarmante, dado que su recurrencia desactiva su urgencia. Se trata de la alarma ante la creciente sexualización de la infancia en una sociedad intensamente erotizada. Se me antoja un aspecto más, aunque especialmente doloroso, de la moderna destrucción de la infancia que es, a su vez, un elemento nuclear en el programa de sustitución del viejo hombre de la tradición por el hombre nuevo de la sociedad tecnológica, racionalmente optimizada. En los últimos años el parlamento europeo no ha dejado de señalar la extremada sexualización de los niños, también el gobierno británico estudió limitar el recurso a los niños con fines comerciales…

El proceso tiene, desde luego, raíces muy extensas que alcanzan al despliegue de la sociedad de masas y de esa forma de consumo que se ha llamado “individual, lúdico-libidinal y de masas”. Con esa notable proximidad entre el sexo y el juego, patente en el proyecto de Hugh Hefner que quiso construir un “Disneyland para adultos”; lo que induce la contemplación del mundo Disney como un playboy para niños. Jamás he visto contradicción, sino estricta continuidad entre las figuras públicas de Hannah Montana y Miley Cyrus, por poner un ejemplo. La música estructuralmente más infantil suele ir acompañada de una inequívoca estética de lúdico lupanar, una suerte de pornografía divertida de baja intensidad, y a menudo de intensidad no tan baja. La publicidad que exacerba el deseo – encadenándonos al trabajo – arraiga en las profundidades de la substancia humana: “en la lujuria de la carne, la lascivia del ojo y el orgullo de la vida” (1 Juan 2:16) y resulta un componente inexcusable de nuestro orden social. M. Houellebecq escribe: ”la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres."

No se trata de que se haga de la imagen un elemento fundamental del éxito, sino de la naturaleza de ese éxito y del contenido de la imagen que se le asocia. Pero en nuestra atmósfera eróticamente saturada es fácil ver qué se entiende por éxito y cuál es la imagen del sujeto que lo disfruta. El fenómeno de sexualización de la infancia es incomprensible si se lo toma en abstracto, es decir, aislado del entero desarrollo de las sociedades modernas. Basta señalar el vínculo entre deseo y consumo para entender que esa erotización es un efecto derivado, si se quiere inesperado, del incremento constante del consumo, necesario para el sostenimiento de nuestro modelo socioeconómico. Nuestras formas de trabajo y consumo han hecho del mundo una balumba de adminículos de menesteroso, de trastos y mercancías pronto obsoletas y hemos llegado a pensar que semejante transformación nos dejaría incólumes. No se trata de declararse enemigo del comercio, pero no hay que olvidar el aviso de Sir John Cotton, desde el lejano siglo XVII: “Es un error pensar que el comercio no atañe a nuestro ser, sino a nuestro bienestar”.

Ese comercio siempre multiplicado y el consumo que exige, ha afectado a nuestro ser y, en especial, al ser de la infancia. Es ésta el tiempo fundacional de la vida del hombre, el momento de la génesis del espíritu en el frágil cuerpo de una criatura humana. Donde quiera que el niño se encuentre será siempre merced a la comunicación con otros, no sólo prójimos sino inmediatos, como logre la formación de su propia conciencia personal. La llamada, con una falsa sonoridad técnica, socialización primaria es el pasmoso proceso de gestación de una conciencia humana. Y ese proceso siempre está envuelto en una auténtica atmósfera espiritual, siquiera se entienda en el sentido del espíritu objetivo, es decir, de la cultura material: objetos culturales, enseres de todo tipo, pueblan desde el principio la vida humana. Esos objetos no debieran contemplarse como trastos, mercancías o consumibles sino como verdaderos mediadores en la comunicación entre los sujetos que los usan o producen. Los enseres, un viejo vocablo español que encierra en su seno el asombroso verbo de la metafísica, comunican a los sujetos humanos y, si vemos las palabras mismas como enseres, entenderemos que sin ellos no es posible comunicación alguna. Basta esta sumaria indicación para señalar que la banalización de los objetos de consumo no dejará de producir efecto sobre unos hombres, definidos por su naturaleza comunicativa. Las niñas hipersexualizadas serán ávidas consumidoras y ellas mismas bienes de consumo. Pero bienes trágicos de naturaleza sufriente que quizás pronuncien al final de sus días un enigmático Rosebud recordando, como Ch. F. Kane, entre los trastos que anegaron su infancia un objeto inolvidable. Sólo salvando estos objetos podemos salvarnos, así como el viejo Robinson Crusoe no se salva, si no es salvando el mundo que encierra el barco encallado en el que naufraga. Este mundo cultural constituye, en suma, esa circunstancia de cuya salvación depende la nuestra. Es menester no olvidar nunca que en este esfuerzo habremos de vencer la falsa sabiduría del siglo; porque “la sabiduría de este siglo se reduce a observar el mundo con la mirada amarga y sucia de un adolescente depravado”. (Nicolás Gómez Dávila)

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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