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NOVELA

Milton O’Neill Walsh: Sol robado

domingo 26 de febrero de 2017, 19:10h
Milton O’Neill Walsh: Sol robado

Traducción de Victoria Alonso Blanco. Tusquets. Barcelona. 2017. 328 páginas. 19,00 €. Libro electrónico: 11,99 €.

Por Daniel González Irala

Agradable de leer a pesar de lo que esconde, esta novela de iniciación o aprendizaje del hasta ahora ensayista, periodista y cuentista norteamericano Milton O’Neill Walsh, nos cuenta la experiencia particular de un voyeur a través de la relación con las plantas del jardín que separan las distintas parcelas dentro de una poblada zona residencial de Baton Rouge (a unos cien kilómetros de Nueva Orleans) donde vive un protagonista, personaje-narrador que juega a querer engañar sin poder del todo hacerlo, un tipo que, como en las novelas de Nick Hornby, se escuda en la metaliteratura y su peculiar relación también con el arte.

En un lugar donde el calor y la humedad no evitan tragedias mayores, el protagonista, de quién no sabemos su nombre, se encarga de rastrillar hojas feas en su jardín, mientras mira como sus vecinos tienen máquinas cortacésped así como comportamientos más que excéntricos. Pero además quién nos cuenta esta historia está, para colmo, enamorado de Lindy desde muy tierna edad, siendo ella el objeto principal por el que pasa el tiempo mirando a los demás. Lindy, que empieza siendo la más promiscua amiga de su clase, en un momento dado empezará a llevar piercings y a avejentarse prematuramente. La razón por la que a través del minucioso recuerdo de ello se nos da, resulta ser la violación que sufre cuando tenía dieciséis años. El narrador y personaje está dentro de los cuatro sospechosos de este sofisticado acto de barbarie. Entre los otros destaca Bo, hermano del primer chico con el que se acostó, de labio leporino y modos bruscos, y en quién la coartada de los celos entre hermanos es la mayor como motivo inicial.

A medida que vamos leyendo descartamos el hecho de que espiar sea lo mismo que matar, con lo que el centro de atención se nos va yendo a la cotidianeidad de aquellos últimos años ochenta y principios de los noventa, y así asistimos a la trágica muerte de Hannah (una de las dos hermanas del protagonista), la separación cordial según el único punto de vista entre sus padres (él es un cachondo mental), la muerte de una tía política, que lleva a su cariñoso tío (un hombre que nos es descrito a partir de una indumentaria que incluye su inseparable yo-yo) a cambiar de humor repentinamente, el número del colegio por el que se ve fantaseando con Lindy a raíz de la canción Sweet child o’mine de Guns N’ Roses…

Se trata de una novela que, según nuestro criterio, empieza siendo de mayor proyección, pues abre varios tipos de expectativas que poco a poco y por mor de un más que adecuado uso del lenguaje, acaban por desmoronarse no de un modo agresivo, sino producto quizás, como primera novela, de querer contarlo todo y además hacerlo bien. En este sentido, percibimos en el protagonista un afán por las listas de cosas que como si fuésemos al supermercado, lleva en la mochila.

Como dato curioso e incluso cómico, incluimos esta cita de cómo veía a Lindy, a quién aún en 2007 sigue amando a su manera: “Ella es la encarnación de la inocencia en el trasfondo del tiempo. Hay que elevarla por encima de esta historia”.

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