Ayer empezaba el juicio del caso Palau, que sacó a relucir el saqueo sistemático de Convergencia a las arcas catalanas. Supuestamente, el Palau de la Música camuflaba millones de euros en comisiones que Ferrovial pagaba al partido fundado por Pujol a cambio de concesiones de obra pública. No sólo se juzga -que también- el desfalco para uso privado de los responsables del Palau, Millet y Montull, sino la financiación ilegal de un partido que a día de hoy tiene 15 sedes embargadas y que ha tenido que “refundarse”.
Dicha refundación no es sino una huida hacia delante por mor de la corrupción. Convergencia se ha ido envolviendo en la bandera del soberanismo a medida que iban aflorando más y más casos, destapando un auténtico entramado para delinquir con toda impunidad. De ahí que la estrategia de defensa de Mas y los suyos sea la de patrimonializar la vida pública, sosteniendo que investigar la corrupción del nacionalismo es atacar a Cataluña. Y, en la misma línea de pensamiento, lo probable es que aceleren el salto secesionista como escape de sus responsabilidades penales.
Resulta cada vez más patente que el nacionalismo catalán, con el clan Pujol a la cabeza, ha llevado a cabo un expolio sistemático durante décadas. Los medios catalanes -públicos y privados-, lejos de denunciar esta lacra, hacen el juego a quien les subvenciona, en un impresentable ejercicio de sectarismo informativo. No se juzga, pues, a Cataluña, sino a quienes se han dedicado a vaciar sus arcas mancillando su nombre.