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TRIBUNA

La Mancomunitat de Catalunya y Ortega

lunes 06 de marzo de 2017, 20:10h
He pasado el fin de semana leyendo un informe sobre la Mancomunidad de Cataluña, creada gracias a un decreto de Eduardo Dato, jefe de un Gobierno conservador, y repasando “la idea de la gran comarca o región” que expuso Ortega y Gasset, en su Redención de las provincias, todo un programa electoral para las primeras elecciones después de la caída de la dictadura de Primo de Rivera. He extraído muchas enseñanzas de esas lecturas, pero les comparto una brevísima meditación que puede ser de cierto interés para quienes estén preocupados por el separatismo catalán y la dejadez del gobierno de España para plantarle cara. Es menester que repasemos el pasado de la historia local para construir la historia de España y leamos a quienes han tratado de explicar que la una no es sin la otra. Es necesario que nos acerquemos a la historia de España y a sus interpretaciones más objetivas y razonables. Es más que conveniente, sano, reconocer que las demandas del catalanismo no vienen de ayer ni todo se reduce a callarlas con dinero, como creen algunos miembros del actual Ejecutivo de España.

En efecto, porque España es ininteligible sin Cataluña, tenemos la obligación de conocer la historia de Cataluña como historia de España y, entre esas instituciones históricas, sin duda alguna, ocupa un lugar destacado la creación de la Mancomunidad catalana en 1914. Fue un organismo de coordinación de las cuatro diputaciones de las provincias catalanas. En 1920 aparecía como la vía gradualista para que un día llegara la autonomía de Cataluña. Después fue prácticamente suspendida con la llegada de Primo de Rivera, pero, en todo caso, siempre se verá en ella un antecedente clave del Estado Integral de la Segunda República y, por supuesto, la principal reivindicación histórica que recogió la Constitución de 1978. Aprendería mucho el Gobierno y, por supuesto, los separatistas, si conociesen bien el auténtico significado de esa institución que presidió Prat de la Riba… Pero si el acercamiento a la historia de Cataluña es una forma de conocernos entre españoles, me parece que uno de los intelectuales que más promovió ese acercamiento fue Ortega. Nadie puede comparársele en el siglo pasado a la hora de recoger las demandas de los regionalistas de Cataluña y, en general, de toda España.


Sí, sí, Ortega no solo tiene “en parte razón”, como diría algún historiador cursi, en su Redención de las provincias sino que tiene vigencia. Dar luz, clarificar y ayudar a definir ese vínculo político, nacional, que está fraguándose entre los ciudadanos de una sociedad en una situación histórica no es determinar los fines de una comunidad, sino una forma de participación en la creación de ese espíritu común que es la política democrática. La filosofía de Ortega es su contribución a crear una nación democrática. Este libro de Ortega tiene que leerse como la propuesta de un ciudadano, un filósofo-ciudadano, para superar el mayor problema de España: la construcción del Estado-nación. La redención de las provincias y la decencia nacional es un ejemplo sobresaliente de ejercicio de la razón histórica como razón política. Si la tradición, o mejor, el tradicionalismo es un débil engarce para construir vínculos comunes que marquen el camino de una determinada comunidad, será necesaria la colaboración de todos, incluido el esfuerzo del intelectual, del filósofo, que ayude a definir y aclarar la situación histórica. Esta obra es una manifestación de ese trabajo de “ilustración” política, o sea de política, que corresponde a la figura del filósofo-ciudadano en una doble dirección: por un lado, muestra la continuidad de su reflexión política, o mejor, los esfuerzos del propio Ortega para construir un genuino espacio público-político que coadyuve a la formación democrática de la voluntad política, y, por otro lado, es un ejercicio de concreción política, es decir, una propuesta política de comarcalización o autonomía regional para “redimir” a la institución provincial que, según Ortega, “entre todas las cosas tristes, lamentables, sórdidas, del próximo pasado español, acaso no haya nada más triste, lamentable y sórdido” que esta institución. No sabría decir cuál de las dos dimensiones de este libro tiene más importancia. Resulta difícil, en efecto, decantarse sobre qué es mejor en este texto: o la especulación que despliega Ortega acerca de su visión de la política como una dimensión de la historia, por un lado, o los estudios concretos y propuestas precisas para la construcción de un genuino vínculo político para España por otro.

Una cosa es indudable Ortega se arremanga y construye un programa concreto de reformas, de políticas concretas, para salir del atolladero al que nos condujo el final del siglo XIX y las primeras décadas del XX. El programa de Ortega era sencillo: sólo la política puede salvarnos. ¿Hay algo más vigente hoy para salvar a España del golpismo separatista? Lo dudo. Ortega espera “el bien futuro para España de las provincias, porque éstas son, queramos o no, España. Por su realidad inevitable, no por su bondad discutible, tengo fe en ellas.” Es menester salir del provincianismo para instalarse en el provincialismo, “y que éste se integre en un soberano nacionalismo, en una verdadera nación, que nada de sí misma se deje fuera, que tome posesión de toda su interior riqueza.” Ortega hace política, sí, construye un trabajo para que sea utilizado por su comunidad. No confunde la política con el utopismo y la revolución: “La política se diferencia del utopismo en que parte de la realidad dada -sea buena o sea mala-. Este abrazo sincero a la realidad, mediante el cual se la toma en vilo para reformarla, es la generosidad del político, que garantiza su eficiencia y fertilidad”.


Este libro, un genuino programa electoral para asumir los retos de España ante la caída de la dictadura de Primo de Rivera, es publicado el 26 de marzo de 1931, o sea, casi en plena campaña electoral de las municipales de abril del 31 que dieron lugar a la Segunda República. Pero lo interesante de este libro no está tanto en que trasciende la circunstancia de España, sino que consigue elevar la experiencia de participación política de Ortega a categoría. Es otro sugerente ejemplo de cómo la experiencia política de Ortega, plagada de asuntos personales, se transforma en una obra de validez universal. La pretensión de “pedagogía” política que alumbra todo el libro, en una circunstancia especialmente trágica, una dictadura, para que los ciudadanos ejerzan su libertad, no es el único argumento que hace de este texto una obra de interés universal, sino el propio tema de estudio: la viabilidad o imposibilidad de copiar modelos políticos de un país para el desarrollo político de otros. Ortega estudia España, la historia reciente de España, como ejemplo o “laboratorio” político, para que otros países no caigan en los mismos errores que el nuestro.

Este libro es útil para resolver la cuestión nacional, pero va mucho más allá del interés que pudiera tener para los españoles de una época concreta cómo España pudiera “extraer de los hechos españoles, en lo que tienen de más peculiares, su logaritmo político”, para concentrarse en el estudio de los defectos, incapacidades y, en fin, en aquellos mecanismos que faltan a los pueblos para “elevar al español medio”, otros dirían al ciudadano medio de un determinado país, hasta el nivel de los tiempos más desarrollados. España, la filosofía de la redención de las provincias españolas, trasciende en efecto la experiencia concreta, la dictadura de Primo que estudia Ortega, y se hace obra universal. Y, sobre todo, actual para españoles y extranjeros. Bastaría leer con un poco de atención este libro para valorar no sólo que la crítica a la revolución de Ortega es compatible con su análisis histórico sobre por qué España no hizo la revolución en el momento oportuno, sino que también es la puerta de entrada para comprender la categoría de “provincia”, una genuina fórmula política, construida por Ortega para organizar la convivencia nacional. Quizá esta idea política de “provincia”, de gran comarca, en fin, de región, es hoy, con un Estado-nacional absolutamente resquebrajado, más viable que ayer, pero la hegemónica ignorancia que domina la universidad y los partidos políticos, empezando por el que soporta al gobierno de España, ni siquiera la contemplan en su agenda política para ser discutida, porque desconocen su relevancia, o peor, la ocultan para que no veamos los fracasos del llamado Estado de las Autonomías.


Y que no se diga que el llamado Estado de las Autonomías toma pie en este libro, porque, sí, ha cogido cierto estribillo de la música de Ortega, pero ha olvidado la entera melodía y la letra del filósofo de Madrid.

En fin.
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