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TRIBUNA

¿Hacia dónde vamos?

miércoles 15 de marzo de 2017, 20:05h

No es asunto sencillo juzgar a un gobierno al que se votó confiando que modificaría el rumbo de un país cuyo miserable modelo era Venezuela; pero, más arduo y doloroso es resignarse a que se haya hecho muy poco para modificar una situación anterior que nos había colmado hasta el hartazgo. Cuando mucha gente se siente defraudada y descree de su dirigencia política resulta difícil convencerla con un nuevo dogma que no pasa de ser una mera expresión de deseos; en especial cuando la fallida elocuencia presidencial sobrevuela una realidad áspera y descontrolada que afecta cotidianamente a un creciente número de ciudadanos. Decir que la pobreza no superaba el 5 por ciento, inferior a la de Alemania, durante el gobierno kirchnerista, resulta ahora tan fantasioso e irresponsable como haber afirmado que en un breve plazo descendería a 0 y desaparecería de la faz del país. Un reciente informe de la Iglesia revela que aumentó del 29 a casi 33 por ciento en el con el actual gobierno. Y que hay más indigentes durmiendo en las calles.

Ante esta falta de respuesta, para difundir su palabra, avanzando y retrocediendo todo el tiempo, nuestro presidente, seguramente asesorado por especialistas en imagen, adquirió un perfil menos teatral que reflexivo y con ese tono pretende comunicar las acciones de su gobierno. Acaso regulado por el budismo zen del que es cultor, se lo ve sereno, como sobrevolando las dificultades y urgencias, apoyado en una suerte de actitud cartesiana. Sin embargo, si se presta atención su discurso es un simple alegato con el objetivo puesto en sostener su figura en oposición al liderazgo de la presidente anterior. Si la verborrágica doctora Kirchner era fácilmente fanática y cerrada a cualquier crítica, el ingeniero Macri intenta ser reflexivo, condescendiente y siempre dispuesto a reconocer sus errores. Si ella agobiaba con su tono tosco impulsivo, agraviante y enconado, él susurra con esporádica y complaciente cordura. El conflicto de personalidades opuestas, la pugna en contrapunto entre la histeria y la pretendida cordura; o, para decirlo sin eufemismos, entre la corrupción y la dudosa integridad, nos recuerdan a la remota fábula del ingenuo Príncipe y la perversa Bruja. La eterna lucha entre el Bien y el Mal, la antiquísima polarización de historieta que intenta conmover y producir una cierta identificación, tan adecuada a la literatura clásica como a la política contemporánea, o a las películas de Harry Potter.

Es bien sabido que en política, el humor puede ser liberador o lapidario. Esta última posibilidad la personificó la pasada semana un famoso cómico en su divertido sketch donde parodió a Macri bautizándolo “Juan Domingo Perdón” por sus idas, venidas y vacilaciones habituales. Otro dardo fulminante, aunque más universal, que también le encajaría, es el conocido apotegma de Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no les gustan puedo cambiarlos por otros.”

En lo personal, pertenezco a ese sector de argentinos que quieren sobreponerse al oscuro pasado y le cuesta entender los tropiezos de este ripioso presente al que parecemos condenados. Como ya deslicé, con alguna ilusión sumé mi voto a la propuesta de Cambiemos, deseo su éxito, pero me resultan difíciles de entender casi la mayoría de las decisiones en las que avanzan y dan marcha atrás. Hace un largo año que el gobierno de Macri conduce el país y se siguen aumentando tarifas y peajes como si los ciudadanos tuvieran margen para cubrir esos gastos sin que mejoren sus salarios.

Cierto, no se pueden negar los doce tortuosos años de kirchnerismo, que sostuvo con subsidios el clientelismo de las clases bajas y medias. Sabemos bien que la luz, el gas y otros servicios públicos no pueden costar lo mismo que un café o un kilo de zanahorias, pero los aumentos, la caída del poder adquisitivo y la pobreza han hecho obviar a nuestros actuales dirigentes esos puntos de partida. Con la anterior administración la gente había asumido con naturalidad esos magnánimos regalos y diseñó su estilo de vida en torno a costos de fantasía. Hoy ya nadie cree que todos fuimos víctimas de un colosal bienestar populista, sino que hay unos perversos ministros, que disfruta haciéndonos sufrir en tanto que el gobierno se suicida electoralmente en las próximas elecciones parlamentarias. ¿Y con minoría en el Congreso, después qué? ¿Otra vez al pasado?

Los joviales CEOS, de manera inexplicable imaginan a las corporaciones justificadas por sus ganancias y no entienden que el capitalismo ha ingresado en una etapa grosera donde la concentración de la riqueza sólo es inherente a la demencia de la codicia; peor aún, priorizan la intermediación por sobre la producción y esto hace que la desmesura social aumente y se aleje de todo control. En tanto el gasto público crece y en lugar de eliminar ministerios para achicar el Estado, se crean otros, como el ridículo Ministerio de La Modernidad, con más cien altos funcionarios, la mayoría especialistas en encuestas. ¿Quizá en contraposición, como contrapeso, también se proponga otro destinado a la antigüedad o el de la felicidad? Todo puede ser, ¿por qué no? Los disparates están a la orden del día; los kirchneristas perpetraron el del pensamiento.

El argumento que más se escucha es que para reducir el gasto hay que buscar el crecimiento del sector privado que absorberá la mano de obra que quedaría desocupada de la función pública. Con un criterio así es imposible avanzar en la tan necesaria reforma del Estado, la única revolución posible en estos tiempos de derrumbe económico. Y que, según argumentan los actuales gobernantes, si así se hiciera habría una crisis social producto de la desocupación hasta tanto no haya inversiones destinadas al crecimiento. La paradoja es inadmisible y la gente que pierde puestos de trabajo aumenta cada día y agudiza la crisis de una economía estancada y con falta de consumo.

Como primer dato es importante destacar que la caída económica se viene sintiendo no sólo en los fragmentos más desposeídos y medios de la sociedad, sino también en el sector privado. De manera tal que mientras el Estado mantiene constante la cantidad de empleados en nombre de la paz social, el sector privado ha ido declinando puestos de trabajo. Es verdad que el ajuste existe, pero lo que ocurre es que golpea a las clases más vulnerables de la economía, entre ellas a la pequeña y mediana empresa, la principal creadora de empleo, que no puede absorber los crecientes costos de producción.

A lo formulado se agrega otro punto importante: el gobierno está tropezando con una contradicción irreversible. Por un lado dice que no puede tocar al sector público hasta que no crezca el sector privado, pero el sector privado no puede crecer porque el consumo disminuye y la carga tributaria, junto a una voraz legislación laboral asfixiante, le hacen imposible la supervivencia. A esto se suma la inseguridad jurídica, que impide que se produzca la preanunciada y salvadora “lluvia de inversiones que llegarían del exterior”. Eso a la vez permitiría, según se ilusionan, traspasar gente del sector público al privado. Las inversiones llegan sí, pero son especulativas y no productivas. Hasta hemos llegado al colmo de ser los árabes pobres. Tenemos petróleo en la Patagonia, pero no se puede extraer porque los costos son imposibles. El kirchnerismo pretendió engañarnos con una bicoca que invirtió la multinacional Chevron, dólares que ni alcanzaba para construir las canaletas de desechos. Ahora se habla de otros inversores que supuestamente se encargarían de cubrir esos costos. Mientras tanto la energía sigue incólume esperando que llegue con su inversión la petrolera salvadora. Nadie regala nada y menos en estos tiempos en los que, como diría Emerson, “el mundo le debe al mundo más de lo que el mundo puede pagar”.

Lo real es que la Argentina, sigue sometida a las impunes corporaciones mafiosas (sindicales, políticas, judiciales, estatales, empresariales, policiales, futbolísticas y mediáticas), y eliminar ese entramado exige una épica emocional que la actual administración no tiene o se encuentra imposibilitada de hacer, quizá por la complicidad con algunos de esos sectores. Dicho de otra manera, el gobierno está encerrado en su propio laberinto y no da muestras de encontrar el hilo de Ariadna.

Si vamos a las cifras y tomamos unos de los ítems, el contexto es aterrador. La Argentina tiene uno de los impuestos a las ganancias de las empresas más altos del mundo. Según leo en el reciente informe publicado por KPMG (la red global de firmas de servicios profesionales que opera en 156 países), éste trepa al 35 por ciento, mientras que el promedio de América Latina es del 27 por ciento y el promedio de la Unión Europea es del 22 por ciento; y se establece, en los países desarrollados, en un índice que no supera el 25 por ciento. Estas cifras lo dicen todo, o casi todo.

En otras épocas las industrias producían bienes y era posible la lógica de la ganancia; hoy la mayoría venden humo intangible y las telefónicas y las diversas empresas de servicios se siguen llevado del país sumas desmesuradamente fabulosas a las que nadie se atreve a cuantificar. No hicieron inversiones, coimearon a los funcionarios del gobierno anterior y prestan hoy un servicio caro y deficiente.

Sabiendo que los candidatos eran astillas de la misma madera en las pasadas elecciones fuimos muchos los que votamos a Macri seguros de preferir la libertad y la democracia frente a la demencia de un capitalismo de amigos con una suerte de estatismo sin proyecto. Necesitamos que los que nos gobiernan asuman el rol de ser la alternativa que esperábamos. Hasta ahora no lo son. Hay mucha gente angustiada. Fuimos una tierra de futuro y alguna vez el progreso nos favoreció, hoy vivimos la pesadilla del abismo.

Creemos que a esta altura no nos alcanza con decir que los otros hubieran sido peores. Ni que dejaron el país destruido. Necesitamos la tranquilidad de que el Gobierno nos señale hacia dónde vamos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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