El magrebí que la pasada semana cayó abatido en el aeropuerto de Orly -París- tras intentar arrebatar el arma a una soldado no era un terrorista “al uso”. Pese a portar un ejemplar del Corán y exclamar que quería morir “en nombre de Alá”, parece claro que se trataba únicamente de una acción con el único objetivo de buscar notoriedad, sin nexo alguno con organizaciones terroristas.
Sin embargo, su perfil coincide con otros sujetos que han cometido actuaciones semejantes bajo el dictado más o menos directo del Estado Islámico o Al Qaeda: personas con amplio historial delictivo, escasa formación y procedencia árabe. En muchos casos, su motivación no va más allá de una mera extensión de sus conductas delictivas habituales, aunque con el barniz del fundamentalismo islámico.
Conviene, pues, distinguir entre vulgares conductas delictivas sin más y las que, además, llevan aparejadas motivaciones terroristas. Es aquí donde reside un aspecto que inquieta a las policías de toda Europa: el efecto imitador que puedan seguir muchos delincuentes que vean en la reivindicación islámica un altavoz perfecto para su afán de notoriedad. Y que puede llevar a una criminalización del Islam tan injusta como preocupante.