La última intervención parlamentaria de Pablo Iglesias estuvo plagada de expresiones malsonantes y chascarrillos impropios de un lugar como el Congreso. Ayer mismo, la presidenta Ana Pastor tuvo que llamar al orden a los diputados de Podemos y recordarles que sus escaños “no son un tendedero”, ante el esperpento de verles a todos luciendo camisetas reivindicativas. Y otro compañero de Pablo Iglesias, Diego Cañamero, se permitió incluso intimidar al propio ministro de Justicia exigiéndole que liberase a un delincuente preso por apalear a un dirigente socialista.
Es el fiel reflejo de la izquierda que ha venido para quedarse. En Baleares, por ejemplo, el presidente del parlamento autonómico se define como “republicano, comunista, anticlerical, catalanista y animalista”. Su nula preparación contrasta con su beligerancia a la hora de insultar y escribir tuits repletos de faltas de ortografía. A esto hay que añadir las continuas “ocurrencias” de los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, superando a diario cotas cada vez más altas de ridículo.
Carentes de fondo, lo basan todo en formas groseras y efectistas, con un resultado nada desdeñable hasta la fecha. En buena medida, su éxito es el fracaso de un PSOE desnortado e incapaz de atraer a un electorado cada vez más huérfano de izquierda sensata. En especial los jóvenes, muchos de los cuales votan más por un castigo atractivo que por convencimiento meditado. Mientras, concejales y diputados de izquierda radical siguen erosionando cada vez más la convivencia, sin que los partidos dentro del sistema alcancen a dar con la clave para contrarrestar su riesgo social.