El Centro de Estudios Políticos y Constitucionales recordó a Adolfo Suárez en el tercer aniversario de su muerte con las intervenciones del historiador Santos Juliá y de Raúl Morodo, un destacado miembro de la oposición antifranquista y que finalmente estuvo con Suárez en el CDS, la formación política que este último fundaría cuando abandonó la UCD.
Fue una sesión magnífica, de esas que sales sabiendo cosas nuevas. Raúl Morodo nos describió a Adolfo Suárez en el CDS y la contradicción que tuvo ese partido cuando, por un lado, pactó con el PP para derribar de la alcaldía de Madrid al alcalde socialista, Juan Barranco, y por otro, mantener su posición de partido no conservador y reformista. Es el mismo dilema que sufre hoy Ciudadanos, y al que le está perjudicando el olvido (por parte de sus dos firmantes, Albert Rivera y Pedro Sánchez) del acuerdo PSOE-Ciudadanos.
Además Morodo hizo una comparación entre las Cortes elegidas el 15 de junio de 1977 y las Cortes de Cádiz, constituidas el 24 de septiembre de 1810: ambas iniciaron un proceso constituyente a pesar de que esas Cortes fueron convocadas sólo como Cortes ordinarias, es decir, sólo para aprobar leyes, pero llegaron a aprobar, la primera, la Constitución de 1812, la que inventó el concepto de “constitución liberal”, y la segunda, la Constitución de 1978, “la constitución del consenso”(y los dos conceptos han tenido una gran difusión mundial en su tiempo).
¡La posverdad de los que hablan del “candado” de la Constitución actual les vendría bien escuchar o leer cosas como éstas!¡El problema de la posverdad no es que sea una mentira, sino sus nefastas consecuencias!
Santos Juliá lleva tiempo escribiendo artículos periodísticos y libros sobre casos recientes de posverdad. Su ensayo “Elogio de Historia en tiempo de Memoria” (Marcial Pons, Madrid, 2011) pone de relieve que la famosa ley conocida como “La memoria histórica” (que no se llamó finalmente así pues quedó reducida a una mera regulación administrativa), fue imposible, ya que su justificación no era otra cosa que una serie de posverdades, o mentiras emotivas; así, por ejemplo, que en aquellas Cortes constituyentes (que aprobaron la amnistía para miembros de grupos que emplearon la lucha armada contra el franquismo), ignoraron a las víctimas de la represión franquista, cuando los diarios de sesiones de las dos Cámaras están llenos de debates sobre ese pasado. Santos Juliá señala, además, que entonces se publicaron múltiples obras de investigación sobre los horrores de la Guerra Civil y los posteriores de la dictadura del general Franco.
Su exposición sobre Adolfo Suárez giró sobre acontecimientos del mismo tenor. Cuando Adolfo Suárez fue elegido por el rey, de una propuesta en la que figuraban, entre otros “magníficos”, el antiguo ministro de asuntos exteriores, José María de Areilza, su elección fue muy mal recibida por la opinión pública, y sobre todo, por la opinión publicada. Entre los que defendían una transición a la democracia muy prudente, es decir, como proponían Fraga y su Alianza Popular, con el PCE fuera de la ley y sin descentralización del Estado, Adolfo Suárez no tenía categoría política e intelectual, y su gobierno fue inmediatamente calificado como gobierno de PNN (por los jóvenes profesores subempleados de aquella universidad), en comparación con los gobiernos anteriores, una nómina de altos funcionarios, militares y grandes empresarios.
Peor fue la reacción de la prensa escrita y de los partidos políticos (todavía ilegales) partidarios de una transición a una democracia plena. La designación de Adolfo Suárez produjo una auténtica conmoción. Santos Juliá ha investigado un informe publicado en el periódico “El País”, elaborado por un supuesto “equipo de investigación”, que llegaba a unas conclusiones desoladoras. Según ese informe (¡y El País creaba entonces opinión pública casi de modo absoluto!), detrás de la decisión del rey de nombrar a Suárez presidente del Gobierno, estaban los designios y los intereses entremezclados de lo que Santiago Carrillo, líder del PCE, llamaría los intereses del capital monopolístico. El informe del periódico referente de la anhelada democracia iba en el mismo sentido: Adolfo Suárez era el candidato del llamado “búnker” (el franquismo resistente), y contaba con el apoyo del capitalismo internacional, y especialmente con la aprobación de Estados Unidos y la República Federal de Alemania.
Ese informe se convirtió en la prueba científica de que el falangista Adolfo Suárez iba a dar gato por liebre en la transición. Santos Juliá se refirió a comentarios muy pesimistas de personalidades como Joaquín Ruiz Giménez, de personajes curiosos como Ricardo de la Cierva, del corresponsal de “El País” en París, Feliciano Fidalgo, y sobre todo, los comentarios de José María de Areilza, y de todos -que entonces fue legión entre los antifranquistas- los que apostaron por Areilza como prueba (frustrada) de la voluntad del rey por instaurar una democracia plena.
Cuando Suárez, desmintiendo los pronósticos de ese informe (que no fue obra de ningún “equipo de investigación”, sino obra literaria de unos pocos periodistas), no sólo legalizó al PCE, sino que pactó con la Oposición antifranquista la ley para las primeras elecciones, entonces, una parte de los que le vieron como instrumento del “búnker”, pasaron a descalificarle acusándole de “ambicioso”.
Esa fue una de las primeras versiones de la posverdad. De hecho esa posverdad les sirve ahora a los que pintan la Transición como la profetizó el informe de “El País”. Otra de las más famosas posverdades fue lo que “El Mundo” publicó, durante años, del atentado del 11-M de 2004. Pero escribiré de las posverdades de ahora en cuanto pueda.