En su afán por conseguir apoyos internacionales para el procés, el presidente de la Generalitat está llevando a cabo un periplo por Estados Unidos, acompañado por su escudero Raül Romeva, conseller de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Transparencia del Gobierno autonómico, y una nutrida comitiva. El tour de Carles Puigdemont incluye cuatro ciudades norteamericanas, con el plato fuerte de una conferencia en el Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard ante un auditorio formado mayoritariamente por alumnos tanto estadounidenses como españoles que realizan allí sus estudios.
A costa del bolsillo de todos los españoles, Puigdemont ha lanzado un mensaje tan ridículo como manipulador, presentando a España como un país atrasado, poco menos que tercermundista, en el que prácticamente no hay democracia, pues se impide, según él, que los catalanes se pronuncien con libertad sobre su futuro. Con un desparpajo que causa vergüenza ajena, Puigdemont, entre otros despropósitos, ha sostenido que su “lucha” es “un reflejo de la lucha por los derechos civiles estadounidenses”. Sigue así el dislate mantenido por su predecesor en el cargo, Artur Mas, que, sin el menor empacho, en un viaje similar de hace unos años, espetó en el King Center que las movilizaciones de los catalanes por el reférendum eran como las promovidas por Martin Luther King. Infausta comparación que los propios responsables de la institución se apresuraron a rechazar.
Parece desconocer Puigdemont que precisamente en Estados Unidos, la intentona de secesión de once estados del Sur terminó muy malamente, produciéndose una devastadora guerra entre 1861 y 1865 que se saldó con el triunfo de la Unión. Pero los soberanistas catalanes hacen oídos sordos a la realidad y a la Historia, empecinados en imponer al resto de los españoles un “trágala” con ese inexistente “derecho a decidir”. Por mucho que se empeñen e intenten vender por doquier las bondades del procés -que, por cierto, según la última encuesta de la propia Generalitat está perdiendo fuelle-, no conseguirán su disparatado objetivo. Plantear un referéndum exclusivamente para Cataluña hurta al resto de los españoles manifestarse sobre una cuestión trascendental que a todos compete, y atenta contra la Constitución.