Nada es más ajeno, injusto ni parcial con el periodismo que el propio periodismo, en realidad el festín que todos, hasta los ajenos a esta profesión, codician: controlar los hilos de la opinión pública es manejar el mundo. Incluso si se trata de un periodismo sofocado, correcto, muchas veces inútil y que tiende a lo leve como el que se practica en España. Algunos de nosotros somos en estos momentos esos que se quedan en el recibidor del museo cuando hasta las esculturas se han marchado y nos viene a la memoria siempre el libérrimo Jep Gambardella de La gran belleza (2013), ese clásico tan moderno de Paolo Sorrentino. Internet y las redes sociales han entrado como un hacha en medio de aquel sistema de papel y la crisis de los diarios contiene en realidad el negativo de la verdadera quiebra, la de los valores, la de las columnas básicas como la familia o las humanidades, perdidas en las lejanías digitales del cambalache tecnológico, un mar de los Sargazos que funciona a golpe impulsivo de clic y “delete”.
Cuando uno a cierta edad se va volviendo inverosímil, mira de hito en hito cómo le sonríen los recuerdos de aquel tiempo en que decidió dedicarse a este oficio y cuyos orígenes descansan –cómo no, una vez más– en la lectura y en el ejemplo de quienes le precedieron en el árbol familiar. En nuestro caso, nuestro tío Julián Lago, maestro de maestros y fallecido en un hospital de Asunción, en Paraguay, tras ser embestido por un motorista, Roque Lugo se llamaba, que atravesaba Coronel Oviedo a gran velocidad. Y Julián nos dejó en forma de libros su librepensamiento y sus ya míticas entrevistas: Las contramemorias de Franco, La España transitiva –Premio Mariano de Cavia–, Bajo el volcán de Moscú y Un hombre solo. Casi unas memorias, con el que se despidió sin él saberlo. Julián escribió y contó trabajosamente la trastienda transicional y con su verbo incisivo y protestón dejó el testigo de un magisterio que algunos no dudamos un instante en retomar. Lo que ocurre es que cabría preguntarse si hoy la sociedad se ha olvidado de sus chicos de la prensa y los ha racionalizado: llegan los robots al periódico y componen sin parar para unos lectores que, embudo en boca, han desarrollado unas tragaderas que van de la fake new al publirreportaje o el pasquín más descarado.
Ramon Fontserè y Martina Cabanas han escrito sobre el particular, la crisis de los medios, una pieza dramática soberbia y ayer, en el Teatro María Guerrero, tuvimos la inmensa fortuna de poder disfrutar de la última función de Zenit, una enloquecida gozada de Els Joglars. Un veterano periodista que anhela dar a la imprenta la crónica definitiva, ese retrato social que acaso sea reconocido con el Premio Pulitzer, batalla sin cesar contra el advenimiento del espectáculo informativo y la invasión del teléfono móvil, junto a compañeros que han de renovarse y encontrar la primera plana perfecta… o desaparecer. La mayor invectiva la reciben, cómo no, los vídeo-blogueros, el ridículo equipo de las redes sociales, los becarios serviles y la esquizofrenia de la urgente foto-noticia sin contrastar, y Fontserè se luce con el papel del viejo reportero que, al final de su vida y a pesar de sus esfuerzos literarios, se ve cubierto por la mierda circundante –literalmente–, mientras continúa escuchando El rey Arturo de Henry Purcell y El lago de los cisnes de Tchaikovsky en un mundo que se mueve a ritmo de reguetón. La excelente iluminación de Bernat Jansà crea los distintos espacios escénicos, que van desde el interior de la redacción a la azotea del edificio, el metro de Madrid o incluso la historia de Occidente, con Colón señalando con el dedo, apuntando a lontananza. Y Juan Pablo Mazorra –el becario sabelotodo–, Julián Ortega –simiesco origen y, a la vez, degeneración ultramoderna de la especie–, Pilar Sáenz –la directora del negocio en un momento en que deja de serlo y hay que reinventarlo–, Dolors Tuneu –esa impagable Libertad guiando al pueblo de Delacroix– y Xevi Vilà –genial, con su casco de técnico en ristre, como escapado de un tebeo de Ibáñez– componen una obra maestra que retrata las epidemias y los olores del periodismo en toda su bufonesca magnitud, un friso en movimiento, un espejo cruel y divertido en el que muchos nos hemos reconocido. Porque cuando el periodismo se hace cinismo, hacen falta bofetadas así, dadas con mucho estilo y sorna, aunque muchos aparten el rostro para que la mano extendida de Fontserè pase de largo a toda velocidad.
El periodista es detenido por escándalo público en el aeropuerto al volver de hacer un reportaje en Finlandia, donde han asesinado a un hombre: cacheado por los guardias al pasar por el arco detector de metales, el ducho cronista deja caer sus pantalones, escena épica que ven todos los viajeros, niños inclusive, y es inmediatamente condenado en primer lugar por sus compañeros y, a renglón seguido, por toda la sociedad para la que precisamente ha estado gastando los mejores años de su vida, dedicándolos al servicio público de contar las cosas que le deberían importar. Fontserè pergeña magistralmente el desnudo alegórico del reportero, con su mal trago de whisky destilado en la confusión e ingratitud social, tumbado en la terraza de un sopor, de un mal sueño, de una pesadilla de penumbra y de decepción. Fontserè desciende de la estirpe de Wilde, Larra, García Márquez, Jep Gambardella y tantos escribidores de la actualidad condenados hoy por un mundo de instantáneas veloces que devoran y regurgitan la actualidad sin asimilarla, hechas a medida del usuario. Información a la carta, la llaman. Veinticuatro horas non stop.
Pero 2017 no es 1977 y la fiesta iniciada del periodismo con una flamante pluma roja parece que toca a su fin. El dulce ejercicio del periodismo contrasta con las hieles del negocio, el precariato laboral, la asepsia verdosa del whatsapp y la descomposición ética de los amos de la prensa. El periodismo, dice Fontserè, ya ha alcanzado su cénit: lo que le resta es caer a plomo, como si de la vulgar gotera de una redacción se tratase. Desintegrarse. Desatomizarse. Como todas las cosas de este mundo que desaparecen con la tormenta quieta del cambio. Y esa es la tragedia íntima del periodista cuyo velo Els Joglars ha rasgado limpiamente, sin pedir permiso.
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