Un poeta, un verdadero poeta, no sólo es un artífice de la palabra, un hacedor de versos memorables, sino también alguien que, como cualquier ser humano, siente con intensidad entrañable y experimenta las emociones de la vida, aunque quizá de otra manera, por eso las registra con acento incomparable, sublime. Sobre todo las que lo involucran con la esencial experiencia amorosa, tan estimulante para la inspiración del artista. Muy sensible a las circunstancias y a los sabores de la revelación estética, el tema del amor es una presencia constante en la obra poética de Pablo Neruda. Los versos de su primer libro, Crepusculario, ya aparecen marcados por esa apasionada melancolía amatoria:
Yo estaré tan lejano que el amor y la pena
que antes vacié en tu vida como un ánfora plena
estarán condenados a morir en mis manos…
Ese sentimiento tomará una forma consagratoria en el famoso volumen Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde la presencia del amor será la esencia de cada verso:
A nadie te pareces desde que yo te amo. Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Ah, déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías…
O aquellos otros definitivamente conmovedores y tan famosos:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos…
Si había algo que le encantaba a Pablo Neruda era que se lo considerara el poeta del amor. Fiel a ese concepto, toda su obra será a lo largo de su vida una saga de sentimientos, y en ocasiones hasta un diario íntimo de sus experiencias amorosas.
¡Tú eres lo único que tengo
desde que perdí mi tristeza!
Quizá no sea una exageración decir que el poeta estuvo entregado al amor sin oponerse límites, a ese amor donde la belleza de las imágenes supera los hechos, late y se exalta en sus versos, el amor apasionadamente ideal, maravillosamente imaginado. Más allá de su posición política, de sus preocupaciones sociales, o de sus angustias existenciales, Neruda hizo del amor la columna vertebral de su vida, la razón de ser de su poesía. Nada como el amor. Y el amor ante la nada.
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz…
Como Dante Alighieri, desde su niñez pintó con versos magistrales sus intensas pretensiones amorosas:
Fragancia de lilas…
Claros atardeceres de mi lejana infancia
Que fluyó como el cauce de unas aguas tranquilas.
Y después un pañuelo temblando en la distancia
Bajo el cielo de seda la estrella titila…
Desde estas ensoñaciones casi infantiles hasta la concreción del amor adulto, Neruda pasa por una infinita gama de vivencias amorosas, muchas veces ciertas, otras veces soñadas. Quienes lo conocieron (entre los que me cuento) supieron de sus confesiones, de sus desvaríos, de sus nostalgias sentimentales. Tanto en su Chile natal como en el resto de América, y llegando a tan exóticas tierras como las del Oriente, Pablo, en todo lugar encontró la escenografía armoniosa para alentar sus sentimientos amatorios y escribir su poesía.
En sus memorias ha hecho algunas confidencias que son como faroles que iluminan una región secreta, zonas nocturnas, ocultas o semiocultas, que hasta anónimamente brillan no sólo en la belleza de su poesía sino también de su prosa. En Confieso que he vivido, evocando su infancia, describe con inocencia como lo sorprende una mujer que se entrega a él, apasionada, pero es, a su vez, como un fantasma o una fantasía: Tuve miedo. Ese algo se arrimaba lentamente. Sentía quebrarse las briznas de paja, aplastadas por la forma desconocida que avanzaba… Me quedé inmóvil. Oía una respiración muy cercana a mi cabeza… Luego una boca ávida se pegó a la mía y sentí, a lo largo de todo mi cuerpo, hasta mis pies, un cuerpo de mujer que se apretaba conmigo…”
Cuando cumplió cincuenta años, ante un auditorio ávido, Neruda hizo otra confidencia relacionada con su vida amorosa: “Yo les prometí una explicación para cada uno de mis poemas de amor –empezó diciendo-. Me olvidé que han pasado los años. No es que haya olvidado a nadie, sino que, pensándolo bien, ¿qué sacarían ustedes con los nombres que les diera? ¿Qué sacarían con unas trenzas negras en un crepúsculo determinado? ¿Qué sacarían con unos ojos anchos bajo la lluvia, en agosto?...”
En Veinte poemas de amor y una canción desesperada hay dos presencias que inspirarán sus composiciones, dos amores fundamentales del poeta. Uno viene de su adolescencia provinciana, en el pueblo Temuco, es Albertina Azócar; el otro se da más tarde en la ciudad de Santiago de Chile, donde se instala como estudiante. Los dos amores tienen nombre y apellido, y junto a los famosos poemas, han quedado registrados en cartas perdurables.
Luego vendrá la etapa del consulado en Rangoon, donde aparece la birmana Josie Bliss, aquella ninfa delicada y perversa, salvajemente apasionada hasta enfermar de celos “que en la intimidad de su casa, que pronto compartí –recordará el poeta-, se despojaba de sus prendas para usar su deslumbrante sarong y su recóndito nombre birmano”. A esa Josie Bliss dedica su “Tango del viudo” uno de sus más apasionados poemas de Residencia en la Tierra.
Oh maligna, ya habrás hallado la carta,
ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria el té del atardecer,
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre…
No mucho tiempo después, trasladado a Java, Neruda contrae matrimonio con María Antonia Hagenaar, una holandesa que también habitaba esas remotas tierras. Y a la que dedica poemas estremecedores:
Hoy me he tendido junto a una joven pura
como a la orilla de un océano blanco,
como en el centro de una ardiente estrella
de lento espacio…
Sin embargo, aquellos fueron años arduos, tal vez menos intensos que tormentosos, donde los desencuentros se fueron tiñendo de conflictos y se volvían cotidianos. La pareja romperá definitivamente en Madrid y el lugar de esa primera esposa lo ocupará la argentina Delia del Carril, con quien convive primero en España y luego en Chile. Pero su gran deslumbramiento llegará definitivamente hacia principios de los años cincuenta y será el amor definitivo. Dos años más tarde publicará en Nápoles, dedicados a Rosario de la Cerda (seudónimo que el poeta diera a Matilde Urrutia), Los versos del capitán, un libro que durante un largo tiempo, debido a su matrimonio con Delia del Carril, prudentemente permanecerá anónimo. “¿Por qué he guardado su misterio por tanto tiempo?”- se preguntaba Neruda al reconocerlos en 1963- “Por nada y por todo (…). Hoy la vida me reclamó su estallido secreto y lo impone como presencia del inconmovible amor.”
También dedicados a Matilde Urrutia, escribe unos años después, los Cien sonetos de amor, donde le explica con versos dulces y confidenciales:
Señora mía muy amada, gran padecimiento
tuve al escribirte estos mal llamados sonetos
y harto me dolieron y costaron, pero la
alegría de ofrecértelos es mayor que una
pradera…
En ese volumen Neruda aborda una estructura poética clásica, constituida por dos cuartetos y dos tercetos de arte mayor, es decir con más de ocho sílabas por verso, pero no lo hace siguiendo el esquema clásico de rimar de forma consonante y mantener la cantidad de sílabas constante a lo largo de todos los versos, sino por el contrario, lo hace modificando la estructura estrófica, al seguir su propio ritmo interior para la métrica y al usar versos blancos para la rima. Así, el poeta, revolucionario hasta la médula, se da el lujo de revolucionar también el “soneto”, dándole ritmo y melodía ya no a través de la forma sino a través del contenido.
Y empiezan nombrándola con amorosas palabras, suaves y cristalinas como el cristal:
Matilde, nombre de planta o piedra o vino,
de lo que nace de la tierra y dura,
palabra en cuyo crecimiento amanece,
en cuyo estío estalla la luz de los limones…
Se puede concluir que aquellos tempranos Veinte poemas de amor y una canción desesperada signaron, por encima de toda intención posterior, la obra de nuestro poeta. Todos los enamorados o los que quisieron estarlo, encontraron en sus páginas cobijo e inspiración. Neruda fue un poeta del amor; sigue siendo un poeta del amor en estos días y en los tiempos que vendrán. Hasta en su vejez, en sus últimos momentos, siguió siendo un ejemplo de amor junto a Matilde Urrutia, su musa inspiradora. A ella, está dedicado también su poema titulado Final, donde se despide agonizante de su amada y de la vida:
Matilde, años o días
dormidos, afiebrados,
aquí o allá,
clavando
rompiendo el espinazo,
sangrando sangre verdadera,
despertando tal vez
o perdido, dormido:
camas clínicas, ventanas extranjeras,
vestidos blancos de las sigilosas,
la torpeza en los pies (…)
Fue tan bello vivir
cuando vivías!
El mundo es más azul y más terrestre
de noche, cuando duermo
enorme, adentro de tus breves manos.
Y allí están en sus tumbas de Isla Negra, Matilde y Pablo, siempre amantes y juntos, en la pretendida eternidad.