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TRIBUNA

Filosofía española, el caso Morente

Hace ochenta años, con exactitud la madrugada del 29 al 30 de abril de 1937, se produjo un acontecimiento singular en la biografía espiritual del filósofo expatriado Manuel García Morente (1886-1942). Un acontecimiento que doblaría el curso de su vida, estableciendo en ese punto un eje fundamental, capaz de determinar su vida posterior y a cuya luz vería siempre el curso anterior. Manuel García Morente explicaría en una extensa carta a José María García Lahiguera lo que, a su juicio, tuvo lugar en esa noche asombrosa. Conocemos dicha carta con el título de “El hecho extraordinario” y extraordinaria es, sin duda, la conversión del filósofo en nuestro racional y atormentado mundo.

La conversión es siempre un acontecimiento singular que alcanza al núcleo íntegro de la persona. No es un accidente, ni es una modificación importante, tiene una potencia radical capaz de trastocar la estructura elemental de la persona. Sometiendo a una suerte de imantación la integridad de su existencia, conmueve íntegramente la raíz personal. Sin embargo, esa conmoción no sólo no destruye, sino que fragua hondamente la propia identidad, pese a que también la arriesga. Constituye una paradójica forma de aniquilación que, con indudable desgarro, nos confirma: “como un árbol cuando lo arrancan de la tierra y lo plantan en otro lugar, como lo que uno piensa que debe experimentar una criatura cuando afronta la terrible belleza del nacimiento” (Natalia Sanmartín)

Pero hoy somos ciegos para comprender la naturaleza específica de la conversión y sólo concebimos un acto de conversión metafóricamente, como un proceso de crisis psicológica, hundiendo la especie en el género. En efecto, una de las formas de la metáfora – señala Aristóteles – consiste en tratar la especie en términos del género al que pertenece, y eso hacemos al tratar la conversión religiosa en términos de crisis psicológica. Sin duda es una crisis con una indudable dimensión psicológica, pero su forma específica va más allá de esa dimensión. El mundo moderno sólo concibe la religión en general en términos psicológicos o sociológicos, como un fenómeno de “neurosis” – individual o colectiva –, como un mecanismo ideológico por el que un individuo o un grupo se engañan al definir su propia posición en el mundo o en la historia. La religiosidad se entiende como un autoengaño por el que el sujeto encuentra consuelo en una falsa promesa de trascendencia, o un grupo o clase social se representa falsamente su propio destino social o histórico.

Debemos comprender esta ceguera moderna ante el fenómeno religioso como efecto terminal del moderno proceso de secularización que concluye en una reducción de la naturaleza específica de la religión a la categoría de fenómeno psicológico, político o ideológico. A su vez ese llamado proceso de secularización ha de verse como un aspecto fundamental de la ideología que acompaña la gran transformación moderna de las formas de convivencia humana. En efecto, el pensamiento crítico, racionalista y secularizador, ha servido de aval de la gran transformación político-económica que define la modernidad. La gran revolución (industrial, democrática, cultural) que nos conduce al tiempo presente se pretende un esfuerzo de racionalización extrema: una profunda exaltación de la razón – científico-técnica – que tiene como necesario correlato un oscurecimiento idealmente completo de la fe, reducida a prejuicio y superstición. Frente al equilibrio entre esas dos dimensiones de la realidad humana que conoció la vieja Europa, se abrió paso un desequilibrio que busca sostener la vida humana sobre un punto único y estrecho: la cortante punta de diamante de la mera razón. El creciente dominio de este racionalismo crítico inhibe cualquier comprensión de la naturaleza de la fe, que no proceda a su inmediata reducción como fenómeno de alienación o de neurosis.

Pero, no es la primera vez que esta concepción racionalista y abstracta de la vida humana nos sitúa al borde del abismo. Hoy nuevamente urge una comprensión de la racionalidad humana como razón vital, frente a la purísima e inerte razón del idealismo germánico, del análisis lógico o de la estrecha eficacia tecnoeconómica del utilitarismo anglosajón. De ahí, en suma, la importancia actual del programa filosófico de Ortega y de su silenciada escuela, en la que Manuel García Morente ocupa un lugar de primera importancia.

Las extremas aporías del mundo contemporáneo piden, acaso especialmente, una comprensión de la índole específica de la religiosidad desde una concepción vital de la razón, una comprensión desde la que volver en esta agónica Europa sobre aquella Cristiandad que, se quiera o no, constituye un momento determinante de nuestro propio presente. Un momento que no es posible simplemente olvidar.

Por todo ello sobran las razones para destacar la celebración del próximo vigésimo cuarto Curso sobre Valores Humanos que – bajo la presidencia de José María Méndez – organiza la Asociación Estudios de Axiología. El 80 aniversario de aquella extraordinaria conversión pone la ocasión propicia. El curso tendrá lugar en la Facultad de Filosofía de la UCM (entre el 20 de abril y el 26 de mayo). Es la facultad de Morente, y es también la de Ortega, la misma en la que, al menos en mi memoria, pesa un grave silencio sobre la filosofía española y en español.

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