Quedan pocas semanas para el primer aniversario de la matanza en el local gay Pulse de Orlando. El 12 de junio del año pasado Omar Siddique Mateen, estadounidense de origen afgano de 29 años, irrumpió en la discoteca gay Pulse en torno a las 2 de la madrugada armado con un rifle semiautomático Sig-Sauer y una pistola semiautomática Glock de 9 milímetros. Allí se atrincheró tomando a los ocupantes como rehenes. De las más de 300 personas que había en el local, unas 70 lograron escapar por una salida trasera. Antes de que lo abatiesen, Omar Siddique Mateen mató a cincuenta rehenes e hirió a otros 53. Antes había llamado al teléfono de emergencias para manifestar su adhesión al Estado Islámico. Pocas horas después del atentado la propia organización terrorista lo reivindicó a través de su agencia de noticias Amaq.
La elección del lugar y las víctimas de este crimen revela el odio de los yihadistas por los hombres homosexuales. Incluso sin llegar a las acciones de los grupos terroristas, abundan los casos de exclusión, condena y persecución de las personas gays en sociedades islámicas. Naturalmente, hay excepciones como Turquía o ciudades como Beirut, pero, normalmente, la situación suele ser otra.
En general, ser gay en un país islámico supone confiar en la tolerancia de las autoridades -en el mejor de los casos- o vivir una vida de secreto y aun de clandestinidad para propios y ajenos. A menudo, ni siquiera la propia familia sabe de la homosexualidad que el hombre oculta. En las sociedades islámicas, seguir o no en el armario dista de ser una opción. Para los hombres homosexuales en países islámicos, el armario, en realidad, es una celda impuesta por otros. Naturalmente que en las sociedades occidentales hay discriminación y que no todos se sienten libres, pero a nadie se lo cuelga de una grúa como en Irán ni se lo azota hasta la muerte como en Arabia Saudí ni se lo arroja de una azotea como en los territorios que controla el Estado Islámico. Los países del mundo donde la homosexualidad puede castigarse con la pena capital son islámicos. Ahí están Arabia Saudí, Yemen, Irán, Libia, Sudán, Somalia, Nigeria y Uganda. En otros países, las penas de prisión o los castigos físicos son gravísimos.
No siempre fue así. Ha habido ejemplos históricos de tolerancia con las relaciones homosexuales en tierras del islam. No es necesario remontarse a la Edad Media. El Tánger internacional de finales de los años 40 o incluso el Irán de Reza Pahlavi permitieron cierta apertura de las costumbres, aunque era algo más propio de los círculos cosmopolitas y occidentalizados que de las masas. Uno puede hacerse una idea de aquel mundo leyendo “La vida perra de Juanita Narboni”, del genial Ángel Vázquez, o las biografías de Paul Bowles y Tennessee Williams. Los luchadores de Kırkpınar, en Turquía, o parte de la literatura islámica -por ejemplo, la poesía de Omar Khayyam- pueden interpretarse en clave homoerótica. Sin duda, la tolerancia es posible en una sociedad islámica, pero no se trata de eso. La igualdad y el cumplimiento del estándar básico de derechos humanos -derecho a la vida, a no ser torturado ni lesionado, a no ser encarcelado sin un procedimiento con garantías- gravitan sobre obligaciones de los Estados y no sobre políticas más o menos permisivas.
Así, la situación de los gays hoy en las sociedades islámicas sirve como referencia a la hora de valorar el cumplimiento de las obligaciones de los Estados en materia de derechos humanos. Al igual que sucede con la situación de la mujer, es insostenible pretender que un Estado cumple con sus obligaciones si mantiene situaciones de exclusión social o aun de persecución como las que se dan en Irán o en Arabia Saudí. De todo el Oriente Próximo, solo en Israel gozan de libertad e igualdad.
Las sociedades islámicas viven dolores de parto en un tiempo de cambios muy profundos. La tensión entre occidentalización e islamismo -con todos sus puntos intermedios, por supuesto- y la posibilidad de reinterpretar los derechos humanos en clave islámica -derechos de la mujer, igualdad, etc.- son el trasfondo de la lucha de los colectivos gays -y, en general, LGTB- en los países islámicos. Las llamadas al odio que los yihadistas y los islamistas lanzan contra ellos y crímenes como el de Orlando, que se conmemorará dentro de pocas semanas, deberían servir para recordar este sufrimiento del que quizás no se habla lo suficiente.