Finales de agosto de 1939. El buque Alcántara atraca en la Dársena Norte de Puerto Madero, Buenos Aires. Una masa de interesados y curiosos argentinos, incluidos no pocos representantes de la prensa porteña, aguardan el desembarco de diversos viajeros ilustres, varios de ellos españoles. Como el general Vicente Rojo, héroe del bando vencido en nuestra Guerra Civil, ya clausurada. O como el filósofo y pensador José Ortega y Gasset, sobre todo él, quien había viajado acompañado por su mujer, Rosa Spottorno, y su hija, Soledad Ortega. Agotado por las secuelas de una reciente operación hepática y una travesía difícil, en medio de la cual se había recibido la noticia sobre el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Ortega desciende de la embarcación declinando las peticiones de entrevista que le hacen varios periodistas. Según informaría la prensa del día siguiente, para justificar su negativa, y ante la pregunta formulada por un periodista acerca de su impresión sobre la situación de Europa, el interpelado improvisaría un breve comentario que más bien consistía en una advertencia contra la frivolidad: “El Viejo Mundo vivía momentos críticos que no justificaban frases de embarcadero”.
Extraigo la cita anterior del libro publicado hace ya algunos meses por la investigadora Marta Campomar, dedicado a los años de exilio que Ortega decidió pasar en Argentina, prolongado hasta su partida en marzo de 1942, rumbo a Portugal. Así pues, Campomar aborda un periodo relativamente corto de la biografía orteguiana y, sin embargo, crucial, como su mismo protagonista reconocería a sus íntimos en más de una ocasión. En ningún otro lugar del mundo había sido tan feliz y tan infeliz como en Buenos Aires, le confesaría una vez Ortega a Julián Marías, su discípulo más fiel. Y, en efecto, las turbulencias anímicas sobrevenidas al filósofo madrileño durante su etapa argentina ocupan muchas de las páginas del voluminoso libro de Campomar, aunque ni mucho menos sea ese el único aspecto tratado. Antes bien, se trata de un estudio exhaustivo con el aval de un sólido apoyo en amplias fuentes documentales, algunas de ellas inéditas y muchas recopiladas por primera vez, principalmente extraídas de la correspondencia mantenida por Ortega con numerosas personas relacionadas con sus asuntos en Argentina y de la prensa ordinaria y cultural de ese país.
Ortega había iniciado su relación con el mundo cultural argentino muy tempranamente, gracias al primer viaje realizado junto a su padre, el periodista y escritor José Ortega Munilla, en julio de 1916, recién publicado su primer libro importante (Meditaciones del Quijote, 1914) pero insuficientemente conocido aún fuera de España. Acaparando un éxito inesperado para los argentinos que le retuvo en Buenos Aires hasta enero de 1917, a partir de entonces mantendría correspondencia y colaboración con distintas figuras significativas del mundo cultural argentino. En este sentido destacarían la muy conocida e íntima amistad trabada con la escritora Victoria Ocampo y su relación con varias personas vinculadas a la Institución Cultural Española, entidad responsable de su primera invitación a conferenciar en Argentina o la Sociedad de Amigos del Arte, fundada con posterioridad a su primer viaje, además de una colaboración de varias décadas con el diario bonaerense La Nación iniciada en 1923 y otra con la filial argentina de la editorial Calpe, creada en España en 1918, con la que Ortega mantuvo un vínculo muy estrecho toda su vida y que editaría la mayor parte de sus libros.
En agosto de 1928, convertido en máxima figura intelectual en España, gozando ya de un reconocimiento creciente en Europa y enorme en Iberoamérica, Ortega realizó un segundo viaje a Argentina, donde tuvo oportunidad de exponer en un ciclo de conferencias los postulados maduros de su filosofía de la razón vital e ideas apuntadas en varios textos decisivos suyos, como El tema de nuestro tiempo o España invertebrada u otros próximos a publicar, como La rebelión de las masas. Ese viaje también dio origen a varios artículos dedicados a Argentina, su identidad o carácter y su relación con la herencia cultural española, que tendrían continuidad en otros escritos posteriores. Por tanto, al abandonar Europa en 1939 para intentar instalarse en el Nuevo Continente, Ortega no buscaba asilo en un país extraño y desconocido, sino en uno donde su pensamiento y persona habían sido acogidos con fervor por no pocos admiradores y amigos incondicionales que llevaban años atrás reclamándole.
Pero, por supuesto, las circunstancias de 1939 eran radicalmente distintas a las de 1916 y 1928, y tampoco Ortega podía ser el brillante descubrimiento de 1916 ni el influyente pensador y promotor cultural de 1928. El mundo había cambiado mucho y esos cambios habían dejado su impronta en Ortega. Al pisar suelo argentino nada más declararse la Segunda Guerra Mundial, Ortega dejaba atrás el drama personal e histórico de la Guerra Civil española, cuyos fervores le habían acarreado presiones y amenazas a su vida y obligado a abandonar su Madrid natal en agosto de 1936, aun estando enfermo. Padeciendo graves apuros económicos pasa los siguientes años entre París, Holanda y Portugal, es operado a vida o muerte y finalmente decide aceptar las invitaciones para desplazarse a Buenos Aires. Campomar dedica una primera parte de su libro a ese primer exilio europeo, al menos en lo que corresponde a su influencia sobre el futuro traslado a Argentina y las cartas y mensajes intercambiados por Ortega con amigos y colaboradores allí instalados.
También se ocupa de describir el ambiente cultural y político bonaerense al que el filósofo habrá de incorporarse luego, así como de las vicisitudes afrontadas por otros intelectuales y escritores españoles llegados a Argentina antes que él, varios de ellos muy cercanos a Ortega, como Marañón, María de Maeztu, Gómez de la Serna, García Morente y Ramón Pérez de Ayala, entre otros. Ya en esta parte del libro se muestra como el Ortega que aún no ha llegado a Argentina habrá de encontrar un ambiente difícil cuando no abiertamente hostil, fruto de los reproches que desde distintos frentes se le dedican por evitar posicionarse a favor de alguno de los dos bandos enfrentados en España. La historia del exilio de Ortega en Argentina será en buena medida la de ese problema: el rechazo de argentinos y exiliados españoles a los silencios políticos de Ortega (también sobre la Segunda Guerra Mundial).
Es la historia también de los desvelos y disgustos provocados por una difícil relación con el mundo editorial argentino, en particular con Calpe, cuyos responsables tienen el control de la publicación de sus obras en toda Iberoamérica y, por tanto, de la propia economía del filósofo. Sus dudas sobre las propuestas recibidas para incorporarse a alguna universidad argentina (no muchas) en condiciones no mucho menos precarias de las que ya le habían informado otros insignes exiliados españoles, como el historiador Sánchez Albornoz, decidieron a Ortega a intentar solventar su futuro económico mediante el lanzamiento de proyectos editoriales propios y el control de los ingresos obtenidos por la venta de sus obras, cuya herencia también quería legar a sus hijos.
El fracaso de esos proyectos y la hostilidad creciente a su persona sumieron a Ortega en una depresión que convirtió 1941 en un infierno íntimo que, junto con la lejanía de sus hijos, acabó por motivar su regreso a Europa. Campomar describe y explica los pormenores de esa frustrante experiencia y sus perjuicios, para la continuidad de la producción intelectual de Ortega y para sus relaciones en Argentina. Por último, el libro también examina la influencia y repercusiones ejercidas por la cultura argentina en la obra y la presencia de Ortega, tanto durante la etapa de su exilio como en las décadas siguientes a su marcha. En suma, un libro exhaustivo que añade varias piezas importantes al intrincado puzle compuesto por la vida del más brillante intelectual español del siglo XX.