José María Herrera

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COLUMNA SALOMÓNICA

Acerca de Dios

22-03-2008

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He leído de refilón, y como quien duda por principio de la exactitud de este tipo de informaciones, que cierto teólogo polaco ha sido recompensado con millón y medio de euros por demostrar matemáticamente la existencia de Dios. Aunque la noticia no ha conmovido mi fe -sé de matemáticas lo suficiente como para tener claro que no puede probar por sí misma la existencia de nada-, sí que me ha soliviantado un poco. Suponer que Dios comparte con nosotros esta cosa perentoria que es ser en el tiempo siempre me pareció una idea descabellada; imaginar que alguien pueda demostrarlo, una majadería y una blasfemia.

No me consta que se haya hecho nunca un catálogo exhaustivo de las formas de incumplir el segundo mandamiento -no tomarás el nombre de Dios en vano-, pero tengo la sospecha de que son más variadas de lo que constatan las homilías. A riesgo de pasar por émulo de los doctores romanos que acaban de proponer un nuevo elenco de pecados capitales, acorde con una época en la que el vicio corre más deprisa que los catecismos, se me ocurren dos o tres posibilidades: blandiéndolo como una bandera, apelando a él para legitimar un régimen político o, también, y de esto vamos a hablar, empeñándose en demostrar su existencia.

Comprendo que a alguno le extrañe que concluya mi exiguo inventario con algo que incluye a personajes dignos del mayor respeto, Anselmo de Canterbury o Tomás de Aquino, por ejemplo. Pero no, no me refiero a ellos. Cuando un autor medieval trataba de probar la existencia divina lo que pretendía, dada la noción de demostración existente en la época, era demostrar su necesidad, la necesidad de que el ser supremo exista. Esto no es ni por asomo lo mismo que se entiende en el contexto de la racionalidad científica al hablar de demostración. Vuelvo a repetir que es poco probable que el autor del texto premiado haya hecho o pretendido hacer lo que los noticiarios dicen que ha hecho, pero si fuera así, me parece que cualquier lector actual se sentiría decepcionado si su escrito no contuviera pruebas que llevaran aparejada consigo alguna forma de objetividad, sea la que sea. Algo existe y su existencia está demostrada si es posible someterlo a nuestras medidas. Fuera de esto no hay demostración, al menos en nuestra época.

Mas: ¿podemos someter a Dios a nuestras medidas?, ¿acaso no significa la idea de Dios precisamente todo lo contrario, aquello que escapa por definición a ellas? El día que alguien demuestre con los medios de la ciencia la existencia de Dios, habrá llegado el momento de dejar de creer en él. Una divinidad que se dejara atrapar en una fórmula matemática, una teoría física o una probeta de laboratorio no sería nada diferente de un fenómeno de barracón de feria. Imagínenselo: "Primicia mundial. El formidable fulano, doctor del Massachusett Institute of Technology, hace comparecer a Dios de dos a tres. Abstenerse embarazadas".

El hombre tiende a reducir a términos familiares todo lo que interesa. Es normal porque nuestros recursos son reducidos. Esto lo saben bien los físicos contemporáneos, que se las ven y se las desean para trasladar al lenguaje corriente las cosas de las que se ocupan en sus laboratorios. La gente, en general, procede entretanto como aquel oficial de artillería que, tras explicar a la tropa el principio de gravedad, aclaró: "pero, en todo caso, si no fuera así, las balas caerían por su propio peso". Por mucho que nos disguste, seguimos concibiendo lo divino, bien para afirmarlo, bien para negarlo, con los recursos que nos legaron los pueblos primitivos, o sea, como si se tratara de una cosa. Quizá de ahí la manía de preguntar por su existencia. ¿Existir?, ¿Dios?, ¿sabemos de verdad lo que estamos diciendo?

El hombre sin fe cree haber llegado muy lejos con relación a Dios rechazándolo como una invención poética o un producto del terror prehistórico. El hombre de fe obra, en cambio, como si hubiera domesticado el misterio divino con el látigo de su credo. La verdadera experiencia del misterio (una experiencia que nadie debería desdeñar porque de ella beben las artes, la filosofía, la poesía, la religión y, justo es también reconocerlo, los frenopáticos) no acontece, sin embargo, al dominarlo, sino al sentirse dominado por él, que es lo que pasa cuando reconocemos la fuerza cuestionadora de lo que, en nuestra experiencia de la realidad, escapa subversivamente a toda medida. Claro que el hombre de hoy está demasiado absorbido por las cosas para levantar la vista por encima de ellas. ¿Progreso? Más bien un signo de los tiempos, un mal signo, pues así, convengámoslo, no hay forma de resucitar de entre los muertos.







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