Sobre las palabras arropadas del Papa
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 26 de agosto de 2011, 21:12h
Hermosas y fértiles palabras ha sembrado el Papa en esta tierra de España, últimamente confusa y alborotada. Palabras muy bien arropadas que habrán convertido a Madrid en Damasco para muchos. La gracia de Jesucristo ha acompañado a la gracia propia de la juventud ingenua y buena.
La verdad no es un concepto abstruso ni un hallazgo intelectual. La verdad es una persona, Jesús, el Lógos encarnado, y a Él se llega con una sola cosa en el equipaje de viaje: el amor. Sólo el camino del amor nos puede llevar al encuentro con Jesús, a verdad hecha carne.
La educación no puede tener al utilitarismo como su meta, en todo caso su utilidad social vendrá por añadidura. Si la utilidad fuera su meta los discípulos acabarían siendo seres sin sentimientos humanos, peligrosos para los demás hombres y para ellos mismos, sólo vinculados al cálculo del interés, deshumanizados monstruos, buenos ministros sólo del totalitarismo. Toda verdadera educación debe ser humanista.
La fe no puede vivir en solitario, la fe constituye una comunidad creyente, y sólo desde esta comunidad emerge la fe de cada uno. La fe individual se nutre y alimenta de la fe comunitaria, como cada sarmiento a la vid. Es la fe del colectivo el que llega a Dios a través del amor que los hombres se muestran. La fe de cada uno fluye en el río del colectivo creyente. Esta idea papal recuerda mucho la teología del pensador judío de origen austríaco Martin Buber, cuya obra es muy apreciada por Benedicto XVI. Definitivamente nadie puede salvarse fuera de la Iglesia.
El Papa también utiliza la expresión buberiana del “eclipse de Dios” para describir la vida que se vive como si no existiera el sol que la alimenta, le da su luz y la mantiene permanentemente. Es una vida simulada porque disimula percibir la luz que viene del Sol.
Dios mira al mundo a través de los ojos de los enfermos, los desvalidos, los necesitados, los moribundos y los niños. Es una mirada que, por un lado, nos interpela con claridad y, por otra parte, es la mirada que nos define como hombres hijos de Dios. Es la mirada de nuestro Creador Bueno. La mayor paradoja es ésta, llegar a la mirada de Dios ominipotente viendo su mirada en los ojos del desvalido.
Sólo se llega a la alegría en la total entrega a los demás. La vida llega a su plenitud cuando se da, y se gasta en los otros.
El cristianismo exige un combate continuo contra la mediocridad, y esta exigencia encaja muy bien en la época del hombre en donde prenden en su corazón los ideales más nobles, que es la juventud.
Como ya es típico en Benedicto XVI, usó una vez más la milenaria indumentaria papal, que se puede rastrear el la arqueología católica del Bajo Imperio Romano y que, junto a la liturgia en latín, quizás la mayor joya verbal de Occidente, supone una seña de identidad de lo católico. Algunos antipapa, barbarie ignara como la de Atila, han criticado y ridiculizado estos caros ropajes sin querer entender su significado identitario. En parte, la culpa es de la propia Iglesia, que marginó el latín de su liturgia en el Concilio Vaticano II, despojándose así quizás de su mayor tesoro verbal, que es la liturgia romana, lentamente acrisolada y alambicada durante casi XX siglos. Y claro, ¿cómo no van a parecer ridículas estas soberbias vestiduras, ricos paludamentos que se pierden en la noche de los sacerdotes elemitas, separadas de la lengua de la Iglesia y vinculadas ahora con el román más paladino? Porque justo es reconocer que en la traducción, de los textos sagrados y la liturgia, del latín al castellano, plagada de traidoras bellaquerías, se ha perdido en la versión el gracejo sublime de la expresión latina, insustituible, acuñación perfecta no mejorable. Es imposible rezar y cantar mediante traducciones el Adoro te devote, o el Pange lingua o el Alma Redemptoris Mater, o el Ave Regina Caelorum, o el Te Deum, o el Veni, Creator Spiritus o el Regina Caeli, o mil oraciones más, sublimes y creadas y pensadas en latín, so pena de caer en la ridiculez estética o en ese feísmo que ha engendrado ese bárbaro cuplé católico que se canta actualmente en las iglesias. ¿O cómo se puede llegar a la horterada de leer en castellano el Símbolo Atanasiano, todo lleno de cadencias y asonancias que también tienen un significado teológico? Y claro, los bárbaros no entienden que quien usa también lengua bárbara vista ropa de Romano Pontífice. La indumentaria eclesial de la arqueología católica debe ser sólo el egregio ropaje de aquél que nos habla en latín.
Por otro lado, el sabio Benedicto XVI es todo un consumado erudito sobre el origen de las vestiduras sacerdotales y su significado teológico. Alba, cíngulo, amito, casulla, estola, manípulo, roquete…Todas estas prendas han sido teológicamente interpretadas pon el actual Papa y, por ello, tienen que ser muy queridas para él.
La Iglesia debe restaurar el latín, si no por completo ( la inmensa mayoría de los curas ya no lo conocen, barbarizados por las últimas modas didácticas de los Seminarios ), sí en ciertos ceremoniales de relieve en que los grandes ropajes de la Iglesia protagonicen la estética exultante del catolicismo romano. La marginación del latín en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II forma parte del totalitario imperio degradador del pensamiento débil y la moral laxa que ha invadido todas las esferas políticas, sociales, educativas y culturales de Occidente, también la Iglesia.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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