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Borat y los asesores

lunes 10 de septiembre de 2012, 20:20h
Hace algunos días, en un periódico gallego indicaban en portada que los alcaldes de las ocho ciudades principales tienen en nómina un centenar de asesores. La lectura de este hecho me sobresaltó un tanto por la mañana, a la hora del aperitivo, pero no impidió que el sueño me ganara en una siesta rubia como el albariño a la sombra de una parra en flor. Quizá influyó que en la letra pequeña llamaran a los asesores “personal de confianza” (lo que me produjo una sensación de falsa seguridad), o que imaginara la parra en flor (en realidad era una simple parra verdirroja), como las muchachas de Proust, esos seres esquivos que uno espera encontrar en el pliegue de cualquier tarde de niebla. El caso es que me dormí, y en el sueño me asaltó otro sueño en el que soñaba que un mandarín chino soñaba que yo, en verano, viajaba a Galicia y que allí me hacían asesor de un alcalde. Así que, aunque en sueños, tuve el privilegio de vivir la experiencia.

Ser asesor de un alcalde tiene muchas ventajas. Asesor es un título bonito: presupone que el que lo tiene sabe más que el propio asesorado. Uno puede aconsejar al alcalde en este caso qué hacer sin hacerlo él mismo, con lo que se pueden hacer cosas sin tener que cargar con las consecuencias de lo hecho. Es uno de los dones de la invisibilidad. Lo curioso es que el alcalde te contrata como asesor precisamente por lo mismo, y con varios asesores un alcalde puede hacer cosas sin tener que cargar con la responsabilidad de haberlas hecho. En resumen, que el alcalde contrata a alguien invisible para así adquirir él mismo la invisibilidad como estado de su materia. La asesoría es, pues, un mundo ideal: todos pueden hacer cosas sin haberlas hecho, lo que no deja de ser un milagro de mucha utilidad práctica. Sobre todo en la política y la economía.

Los votantes, en general ignoramos que cuando votamos a una persona (sea para el congreso, una cámara autonómica, el senado, una alcaldía, etc) en realidad estamos eligiendo un equipo de asesores de tamaño desconocido. Votar a alguien hoy en día, es como encontrarse con la Santa Compaña una tarde de niebla (en vez de las añoradas muchachas en flor); uno pensaba que era solo una persona, pero resulta que es un grupo de almas en pena y que la última, encima, te pasa el candil o la vela. ¡Hala, ahora hasta San Andrés de Teixido, donde si no has ido en vida tienes que ir después de muerto! Bueno pues los asesores de los alcaldes, en mi sueño, eran esas almas en pena, en fantasmal comitiva. Vagaban por un bosque oscuro, como el de Dante, tras el alcalde, con la intención de liberarse del candil lo antes posible gracias a algún inocente votante al que pasar el testigo. Porque el candil simbolizaba la responsabilidad, y la responsabilidad final es siempre del votante.

Como es natural, en mi sueño yo era un asesor muy desorientado y no sabía a quién pasárselo. Como alma en pena penaba, pero lo hacía sin un objetivo claro, dando palos de alma ciega. Un asesor cercano, viendo mi estado de desconcierto se apiadó de mí y me dio algunos consejos. Los resumo aquí: La meta principal de un buen asesor es nunca menoscabar el estatus del asesorado. Si hay que hacer recortes, por ejemplo, los recortes nunca deben menguar al asesorado. La segunda, es tampoco menoscabar al asesor, uno mismo. Con estos dos supuestos, se crea un grupo fuerte, de contratantes y contratados, pilar de toda sociedad. El tercer objetivo consiste en buscar cuidadosamente a quién menoscabar.

Conviene decir en el proceso lo contrario de lo que se va a hacer. Si no, cabe la posibilidad de que el asesorado se gane la antipatía de terceras personas, algo que el asesor debe intentar evitar por todos los medios. El asesor que me asesoraba me dijo: “Pásale el candil a alguien viejo, niño o joven. Si va en silla de ruedas mejor. Casi no votan. Basta con que tengan más de 18 años y respiren. Como en mi sueño era una buena alma en pena, un asesor dedicado, lo hice, se lo pasé a un anciano cojo que se había parado bajo un árbol para sacarse una china del zapato. “¡Bien hecho!” Me dijo mi compañero de comitiva.

Entonces me desperté. La realidad era que las hojas de parra seguían sin estar en flor –a diferencia de las imaginarias muchachas proustianas—y que yo seguía sin ser asesor de un alcalde. Ni de una mísera diputación. Entonces mis ojos cayeron sobre otro titular y leí “La ONU afirma que los recortes del gobierno español perjudican de forma desmedida a los desfavorecidos”. Y me acordé una vez más de Borat y su Aladino. Y me dieron ganas de tener una lámpara maravillosa que frotar para pedirle cosas. Pero ¿y si al frotarla en vez de un mago salía un asesor?
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