Corrupción. Apostillas al último artículo de Chislett
sábado 24 de diciembre de 2011, 16:47h
William Chislett, mi compañero de cabecera dominical, consagró la semana pasada su columna a la corrupción española. Como de costumbre, abordó el tema con suma corrección. Lamentablemente, lo correcto no siempre coincide con la realidad. Tratándose de asuntos muy resbaladizos, que exigen profundizar en la esencia de las cosas, uno no se puede quedar en la apacible superficie. La limitación del periodista, y Chislett desde luego lo es, es su dependencia de lo inmediato, de la actualidad. Reflejo de esta actitud es el frecuente uso que hace del dato estadístico. Yo aprecio en lo que vale su forma de proceder. Revela una loable pulcritud. En vez de partir de impresiones subjetivas, dudosas de suyo, afirmarse en el hecho contrastado, la información actualizada, cualquier cosa antes que la simple especulación. El problema es que hay asuntos en los que si uno no va más allá corre el riesgo de no llegar.
Chislett comienza su artículo hablando de Méjico, un país que ha alcanzado cotas de corrupción insoportables, y Urdangarín, el jugador de balonmano. Consciente de estar pisando arenas movedizas, suaviza inmediatamente el tono e introduce, muy a su estilo, un informe de Transparencia Internacional que le permite adoptar una postura menos agresiva. El problema español, dice citando a Garrigues, no es la corrupción, sino el incremento de los escándalos de corrupción. Se trata, al parecer, de una cuestión numérica, de porcentajes. Uno esperaría que Chislett, de acuerdo con lo anunciado al principio de su artículo, tomara esas cifras como base para una comprensión más radical del problema. Pero, en vez de esto, afloja la mano y termina sugiriendo con decepcionante corrección que el fenómeno de la corrupción es en España una anomalía leve, estrictamente política, que puede corregirse con algunas operaciones de cirugía menor y algunas medidas profilácticas.
Yo entiendo la tibieza de Chislett y estimo su cortesía. Quiere poner el dedo en la llaga, pero le ha dado apuro hacerlo. Alguien podría reprocharle hablar con demasiada libertad de un país que lo ha acogido con los brazos abiertos. Fruto de tanta cautela es que su artículo no funciona. La idea de una España sana con una clase política enferma resulta poco creíble. Está de hecho tan gastada y resulta tan inverosímil como la afirmación, repetida una y otra vez por nuestros líderes, de que la corrupción es un fenómeno excepcional. ¿Excepcional?, ¿durante cuantos siglos?
La corrupción no es sólo un fenómeno político. También se corrompen los cadáveres y, en general, cuanto está condenado a deteriorarse, desde el lenguaje a las buenas costumbres. En estricto español, diríamos que es una posibilidad que amenaza a todo lo que puede echarse a perder. Esto es algo que les ocurre también a las sociedades. Una sociedad sana no es la que no conoce la corrupción, sino la que reacciona enérgicamente cuando aparece. En cambio, una sociedad echada a perder es una sociedad que la tolera porque la ve como un fatum y porque ha adoptado en su cotidianidad actitudes que son esencialmente corruptas, aunque no por fuerza ilegales y, a veces, ni siquiera moralmente reprobables. La falta de reconocimiento del mérito, el imperio del chanchullo y la mediocridad, por mencionar algo que Chislett conoce de cerca –lean su carta de despedida de la Real Fundación Elcano- son buen ejemplo de ello.
Los españoles tenemos flojos los muelles de la moral. Esta flojera no es cosa de hace cuatro días ni tampoco algo que pueda explicarse en cuatro palabras. Yo la relaciono con el catolicismo, tan vinculado para bien y para mal con nuestro destino histórico. El catolicismo impidió la interiorización de la moral que comenzó a producirse en Europa con la modernidad. El poder clerical se sustentaba en la autoridad de la Iglesia para decidir acerca de lo bueno y lo malo y en los países católicos este poder fue favorecido por diversos motivos desde el Estado. La existencia de una instancia moral exterior a la persona que resuelve sobre la rectitud de sus actos es, de hecho, el fundamento de la confesión, tan importante para entender la evolución de los países católicos. Los sacerdotes compensaban la amplitud de su jurisdicción perdonando los pecados y preservando su secreto incluso en los casos en que fueran contrarios a la ley. El católico se acostumbró así a mirar la ley con indiferencia y a lavar su conciencia sin esfuerzo.
Lo único que se le pedía era guardar las apariencias y respetar al clero. Pero: ¿y el día que la Iglesia perdiera su autoridad?
Hombres como Ortega vieron con suma claridad el problema y trataron de resolverlo instando al país a una modernización que pasaba por la asimilación de la ciencia y la filosofía europeas. Pero este proceso, estorbado de mil maneras, coincidió además con la gran crisis de la modernidad y el resultado, a pesar de los avances, ha sido un aumento de la confusión, de la desorientación. La sociedad española arrastra incontables contradicciones cuyo efecto asoma por todas partes. Cosas que aparentemente no tienen nada que ver entre sí están en el fondo estrechamente relacionadas. Ya he mencionado antes la falta de reconocimiento del mérito y el predominio social de la mediocridad, pero por retornar al fenómeno de la corrupción, estoy convencido de que sería más fácil entenderlo prescindiendo de Transparencia Internacional y preguntándose, por ejemplo, cómo es posible que a mucha gente le convenza el argumento de que la responsabilidad de nuestra gigantesca deuda privada la tienen los bancos que prestaron el dinero y las autoridades que no avisaron de que el frenesí consumista era malo. ¿No pervive aquí esa vieja costumbre de buscar fuera el criterio que debería surgir dentro?