Crisis de confianza
jueves 06 de mayo de 2010, 20:05h
Confianza en el ejecutivo, confianza en los mercados, confianza en los ciudadanos, confianza en las instituciones, confianza en nuestro ordenamiento jurídico, confianza en que saldremos de la crisis… En los últimos días se oye mucho la palabra confianza, desgraciadamente precedida del prefijo que la niega. Vivimos días difíciles, llenos de incertidumbre, vivimos en una crisis que va mucho más allá de lo económico.
Soy psiquiatra y no soy experto en ciencias sociales o políticas, pero creo que hay cosas que valen para el individuo y también valen para los
grupos, que son al fin y al cabo conjuntos de individuos que se interrelacionan. Hay una psicología individual y también una psicología colectiva, y en algunos aspectos la psicología de los grupos no difiere mucho de la de los individuos; lo
que vale para lo pequeño, vale para lo grande.
Hay algo de gran importancia que los médicos utilizamos en el ejercicio de nuestra profesión, es “la posición de supuesto saber”. Los pacientes nos
colocan en el rol de expertos, de conocedores de la enfermedad y de su cura, y ese simple hecho opera ya como factor terapéutico porque otorga confianza y ésta tiene un efecto sugestivo positivo, es el llamado efecto placebo. En algunas ocasiones este efecto basta por sí mismo y es suficiente para sanar al individuo. Bien es verdad que en otras muchas no es suficiente, pero casi siempre ayuda y resulta conveniente. La confianza suele ser en una buena relación médico-paciente una condición necesaria que propicia la curación. Desde el punto de vista psicológico sabemos que la confianza es una vivencia básica para el desarrollo y el bienestar psíquicos. Todas las relaciones humanas positivas se sustentan en ella. Así es en todos los ámbitos, en la familia donde todos hemos crecido, bajo el cielo protector de los padres en los que confiamos; y en la sociedad en la que vivimos confiando en valores supremos como la justicia. Así es en la relación de pareja en la que exigimos fidelidad para que permanezca la confianza. Y así es en la amistad, una relación cuyo rasgo esencial es también la confianza.
La confianza es certeza y convencimiento que nos aportan seguridad. Es tener fe en el otro, ya sea en su lealtad o en su capacidad para ayudarnos. Confiar es creer que uno no va a ser engañado, ni traicionado. Pero además es una especie de garantía, un seguro ante riesgos, como la red que está debajo de los trapecistas y eso hace que vuelen sin el miedo de jugarse la vida en cada salto. Por el contrario, la desconfianza genera inseguridad y eso nos lleva a la cautela, a no atrevernos, al miedo que paraliza, a no fiarnos y por último al paranoidismo, que es interpretar las acciones de los demás como deliberadamente hostiles hacia nosotros, es el maldito “piensa mal y acertarás”. Y todo esto puede terminar en una profunda depresión, porque existen depresiones paranoides en las que el germen básico es la desconfianza y
cuando se padece ese trastorno la vitalidad se hunde, todo se enlentece, se ensombrece y ya no hay nada bueno que esperar.
El ser humano tiene muchas necesidades, algunas son físicas como el comer o el beber y otras son “meta-físicas” como la necesidad de creer y la
necesidad de esperar. En el orden trascendente o espiritual a estas últimas se les denomina fe y esperanza, pero ambas se corresponden en el orden psicológico con la confianza. Confiar es creer y tener esperanza. En las situaciones difíciles en las que nos vemos desbordados, precisamos confiar en alguien a quien colocamos en la posición de supuesto saber, necesitamos ponernos en manos de un experto, alguien que oriente, que guíe, alguien que sea coherente, que motive, que transmita seguridad y esperanza. Es todo eso lo que hace un buen líder.
Y cuando un líder pierde la confianza que los demás han depositado en él es muy difícil de recuperar. Lo peor de esta crisis no es la crisis en sí, sino la crisis de confianza.