De las victorias y de las derrotas
martes 14 de mayo de 2013, 20:23h
En la vida no siempre se gana, la derrota y el fracaso forman parte de nuestra vida cotidiana. Obviamente a nadie le gusta perder, pero una vez que se da el resultado no querido ni deseado, lo más inteligente es aceptar lo sucedido y preguntarse por los propios errores cometidos.
Una de las claves del crecimiento personal en la vida es la capacidad de aprender, especialmente de nuestros fallos. El orgullo o la vanidad no nos dejan verlos con claridad, por ello siempre es bueno tener cerca personas que te aprecien y, por lo tanto, que te digan la realidad de las cosas, aunque a veces duela.
Las derrotas lo pueden ser de muchos tipos. Las hay humillantes, donde nos hemos equivocado totalmente y han quedado al descubierto nuestras debilidades y limitaciones. Son las más duras, pocos efectos positivos tienen, además, en ciertos casos pueden dejar unas secuelas permanentes muy negativas. Como principio de vida no es bueno humillar a nadie, pues suele generar una espiral muy negativa en la que todos pierden. Las hay duras también, pero uno no queda humillado, simplemente ha perdido por la circunstancia o la coyuntura que se ha dado, o por sus propios errores, pero no especialmente sangrantes o graves, cualquiera los podría haber cometido. En estos casos lo mejor es aprender de lo acontecido, un poco de autoanálisis y evaluación, y tomar buena nota para el futuro. Así se crece en la vida. También existen derrotas o fracasos gloriosos, estos tienen un cierto sentido trágico de la vida. Uno hace lo que debe hacer, sabiendo que el resultado va a ser el fracaso o la derrota, no puede ganar, pero hay que dar la batalla, aunque se pierda. Bien es verdad que a veces el futuro cambia los resultados previamente calculados y nos llevamos sorpresas inesperadas o victorias que no esperábamos o simplemente no las llegamos a ver.
De este último tipo de derrotas los griegos sabían mucho, son los padres de la tragedia. La Antígona de Sófocles o la propia Iliada son buenos ejemplos literarios de ella, incluso en la vida real episodios históricos como los ahora tan conocidos -después de la película- 300 griegos del paso de las Termópilas, con Leónidas a la cabeza, que protagonizaron una de las derrotas más gloriosas de la historia, y que a la larga puso la primera piedra para el posterior gran triunfo de los griegos sobre los persas. Esto sucede con más frecuencia de lo pensado, primeras derrotas que luego suponen importantes triunfos. A veces en la vida para lograr un importante triunfo se tienen que soportar un número no pequeño de continuas derrotas.
Siempre me llamó la atención en la Iliada de Homero la gran batalla entre Aquiles y Héctor. Aquiles es el gran triunfador y Héctor el gran derrotado, sin embargo, a mí siempre me ha parecido muy superior Héctor a Aquiles en todos los aspectos de la vida y actitudes mostradas en la inmortal obra de Homero. Mientras Aquiles aparece como un personaje complicado como compañero en el campo de batalla, bastante propenso a la cólera y a la ira y de tensas relaciones con Agamenón, jefe de los griegos en la Guerra de Troya, al que no reconoce ni obedece, Héctor acumula en sí todas las virtudes que se pueden pensar. Es buen hijo del Rey Priamo de Troya, al que obedece y sirve con fidelidad, incluso con su vida. Igualmente es buen hermano, pues es su hermano Paris el que ha iniciado todo el conflicto por su amor por la bella griega Helena, a la que rapta, pero será Héctor y no Paris el que asuma el riesgo de la afrenta y se enfrente a una muerte segura con Aquiles en batalla singular. Es magnífico esposo de Andrómaca y buen padre de Astianacte y, sin duda, el mejor y más valiente de todo el ejercito troyano, ciudad por la que entrega su vida.
Vivimos en un tiempo demasiado halagador del triunfo o reconocimiento inmediato, sin embargo, normalmente los grandes triunfos de la historia se han basado en soportar y aguantar previamente importantes derrotas y fracasos. En este tiempo de crisis que vivimos, no debemos olvidar que sobre los sinsabores y durezas de la misma, podemos poner los cimientos sólidos y adecuados para, aprendiendo de los errores, construir un tiempo considerablemente mejor.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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