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Desmelancolizados, modernos y libres

viernes 09 de agosto de 2013, 20:17h
“No podemos impedir que las palabras signifiquen más de lo que significan” dice Carlos Piera, en “La moral del testigo”. En verano, me gusta rodearme de árboles y de uno de sus productos, libros. Y, de entre los libros, algún buen ensayo. Siempre he tenido la impresión de que en los buenos ensayos, las ideas se desarrollan como las ramas en un árbol: siguiendo la misteriosa proporción de la serie de Fibonacci, la regida por el número áureo. En un buen ensayo, entre cada idea, debe haber una proporción exacta, creciente o decreciente, pero siempre armónica. Los ensayos de Piera se desarrollan así, con como un eslalom en el que entre cada palo hay una proporción exacta, precisa, acelerante o decelerante. Uno baja por las palabras esquiando, fintando un palo que, cuando se deja atrás, reverbera aún en los ojos y en la memoria. Uno siente que al descender por sus veredas pisa la tradición de Ortega, Zambrano, Benet y Sánchez Ferlosio. “Cada palabra es, por su naturaleza misma, potencialmente infinita, aun cuando es una sola ‘cosa’”. Piera de nuevo. ¿Una “cosa” o una “sola” cosa? Cuando se lee a Piera, uno tiene la sensación de estar leyendo un texto budista o taoísta con silenciosos ecos de San Juan de la Cruz. O a Chomsky vestido de Santa Teresa. ¿La inteligencia al servicio de la disolución? ¿La inteligencia transcendida?

Uno busca palabras como quien busca trufas, o un santo Grial. Como quien busca un espejito potencialmente infinito. Buscando palabras, este verano di con un libro extraño y de largo título: “Nueva contribución a un vocabulario Castellano-Gallego con indicación de fuentes e inclusión del gallego literario (Galaico-Portugués)”, tomo I, de José-Santiago Crespo Pozo. La poesía galaico portuguesa es uno de los más sabrosos alimentos del alma que tenemos en la península ibérica. En sabor y consistencia supera algunos tocinos de cielo de los conventos de Ciudad Rodrigo. El libro es un diccionario y, como todo diccionario, es una red insólita por los vericuetos de la geografía fluvial de las palabras que tanto gusta a Ignacio Bosque. En el libro, mirando al buen tuntún, me encontré con algunas curiosas equivalencias galaicas de la palabra “alegre”: “algareiro”, “arrufado”, “asalloso”, “desmelancolizado”, “gaiteira”, “gaio”, “ledo”, “pándigo”, “rebilisqueiro”, “rexoubeiro”, “salgarita”. Un persona “salgarita”, es una persona “saladita”, y enseguida la sal y la alegría me llevaron al salario, y lo alegres que nos ponemos cuando nos dan esos puñados simbólicos de sal. Pero la palabra que más me intrigó fue “desmelancolizado”. Y me intrigó sobre todo por ese “des”.

“Des-”, como todo el mundo sabe, es un prefijo negativo, similar a “in-“ o a “a-“ en “ilegal” o “alegal”. “Des-“ elimina la cualidad, señala una falta. La leche “desnatada”, es leche sin nata, y una sociedad “deshumanizada” es una sociedad que carece de los atributos de la humanidad. Lo interesante es que solo podemos quitar una cualidad a lo que la tiene de forma intrínseca. Podemos decir “leche desnatada”, porque toda leche tiene nata, pero no leche “desazucarada”, porque no consideramos que el tener azúcar sea una propiedad intrínseca de la leche. Podemos decir que alguien es “descerebrado”, porque asumimos que toda persona tiene cerebro (mayor o menor), pero no “desinteligente”, porque no creemos que toda persona sea inteligente de forma intrínseca (aunque quizá nos estemos equivocando). Por esto, me llamó la atención “desmelancolizado” como equivalente de “alegre”. Parece que en gallego, o al menos en galaico-portugués, la melancolía era una cualidad intrínseca del ser.

Y esto me lleva de nuevo a Carlos Piera y sus ensayos. En ellos, Piera desarrolla, de forma magistralmente condensada, toda una poética en la mejor tradición benetiana de su primera época. Y dice algo que me intriga tanto como me gusta: que lo que mueve nuestra poética (incluida la narratividad) son dos elementos, el deseo y el duelo. Esta afirmación, freudiana y lacaniana en su apariencia, pero profundamente clásica en su contenido, me parece además de los más contemporánea. Porque si algo me huelo es que España está metida de hoz y coz entre el deseo y el duelo y que, sin saberlo, no es un país alegre, sino “melancolizado”. Intentaré exponer por qué en trescientas palabras.

Los años de la transición española fueron una explosión del deseo. El deseo, en sí, es una componente excéntrica. Nos lleva a querer salir de nosotros mismos ya que, si no, no es deseo, sino reflexión y en último caso narcisismo y muerte. El deseo de la transición fue vibrante y sincero. Estar en contacto con el propio deseo siempre es asunto delicado, pero España lo estuvo. A su vez, el deseo implica cambio, desplazamiento, y todo cambio implica la muerte de un estado previo. Si uno se evapora es para decir adiós al estado líquido. Toda muerte debe completarse con el duelo, con la narración de lo que fue y se fue. “Soy un fue, un será y un es cansado”, dijo Quevedo, el duelista. Pero en España, la alegría no deja lugar para el duelo, o deja un resquicio muy pequeño.

A veces, los sucesos trágicos ocurren. Los trenes descarrilan, los presidentes mienten, los bancos estafan. Todos esos sucesos implican una oposición entre el deseo (“ser perfectos, modernos, eficientes”) y la realidad, una contraposición muy cernudiana. De esa oposición debe salir un duelo, es decir, una asunción de responsabilidades y un “mea culpa”. Solo si yo comprendo que la muerte no es solo un factor externo sino algo intrínseco a mí podré aceptarla. Solo si comprendo que hay responsabilidad individual en el descarrilamiento de un tren, en la mentira de un presidente o en la estafa de un banco, podré asumirla y pasar página. Si lo hago, me podré “desmelancolizar”; si lo hace la sociedad, si aprende a buscar responsables y no pensar que todo le viene de la fortuna, el cielo, la última tecnología (o su ausencia) o cualquier otro padre simbólico, podrá reconocer su melancolía interna y exorcizarla. Si no, seguiremos muy alegres por fuera, llenos de ruidosas fiestas de verano que solo consiguen ensordecernos, pero profunda, secreta e irremediablemente melancólicos por dentro.
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