El histórico Obamacare eclipsado por el shutdown
miércoles 02 de octubre de 2013, 20:11h
Lo hemos visto en películas y series de televisión, igual que hemos leído novelas que también tenían como eje principal de la trama, muchas veces basada en hechos reales, la tragedia de una familia estadounidense de clase media a la hora de enfrentarse a la enfermedad de uno de sus miembros, por culpa del catastrófico impacto económico que la misma tiene en sus vidas. En su presente y en su futuro. Algunas veces, porque no existía un seguro médico que les amparase; otras, debido a las numerosas clausulas de exclusión de cobertura incluidas en la póliza. Parecía como si la lógica preocupación a causa de la enfermedad quedara relegada ante la magnitud de la desazón que acompaña al hecho de no disponer de dinero para costear el tratamiento o ante el desasosiego inherente a verse obligado a empeñar hasta el sombrero, con tal de financiar la curación propia o de un ser querido. Obama hacía referencia a ello el pasado martes en una comparecencia ante los medios en los jardines de la Casa Blanca: “Los estadounidenses, que en algunos casos han vivido durante años con el miedo de que una enfermedad podría llevarles a la bancarrota o que no tienen fondos para entrar en el mercado del seguro porque han estado enfermos una vez, podrán conseguir por fin cobertura de calidad, muchos por primera vez en sus vidas”.
El pasado martes 1 de octubre fue, sin duda, un día histórico en Estados Unidos. Entraba en vigor la parte clave del Obamacare, las denominadas “bolsas de seguros” con las que se espera que 30 millones de personas actualmente sin seguro puedan adquirir pólizas a precios asequibles o, en algunos casos, subsidiadas, sin las limitaciones de cobertura o de edad que solían aparecer en los contratos leoninos de muchas aseguradoras. Sin embargo, lo histórico del momento se ha visto eclipsado por el cierre parcial de algunas dependencias y servicios del gobierno federal que ha dejado en casa y sin sueldo a entre 800.000 y 1 millón de empleados públicos, a quienes no se les podrá pagar mientras en el Congreso no haya acuerdo para aprobar los presupuestos que vencieron el pasado 30 de septiembre. Los republicanos y, más en concreto, su ala dura, el Tea Party, siguen en sus trece: no les gusta la reforma sanitaria de Obama y, desde su promulgación después de ser aprobada por ambas cámaras y refrendada por el Supremo, han intentado revertirla o dejarla en suspenso un total de 43 veces con diferentes iniciativas. La de ahora, incluir como condición para aprobar el presupuesto federal la suspensión de la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, supone paralizar en parte al país y, aunque no es la primera vez que esto ocurre – ya van 18 desde 1976, siendo la más duradera la que vivió el gobierno de Clinton en 1995 – acarrea unas pérdidas mínimas de 300 millones de dólares diarios.
Obama acaba de cancelar un viaje a Indonesia previsto para finales de la semana próxima porque la Casa Blanca no se ha librado de este shutdown. La Nasa está cerrada, igual que algunos edificios públicos, museos federales o parques nacionales. Y como símbolo de los símbolos: también en la Estatua de la Libertad se ha colgado el cártel de “cerrado, disculpen las molestias”. El presidente habla sin ambages de lo que ha ocurrido. En la citada comparecencia del martes salió al atril rodeado de varios ciudadanos, a quienes señaló mientras lanzaba un mensaje a los republicanos: “Estos son los estadounidenses a los que hacéis daño si quitáis los fondos a la Ley”. Se trata de una ley, advertía Obama, que ha venido para quedarse, para que ese 17,4% de ciudadanos que no tienen cobertura sanitaria – el resto dispone de ella, sobre todo, a través de los seguros contratados por las empresas para las que trabajan o de Medicare y Medicaid, los programas que cubren a los pobres y a los jubilados – pueda disponer de un seguro privado, que, por otra parte, será obligatorio adquirir a partir de marzo de 2014. Y este, precisamente, ha sido uno de los argumentos esgrimidos por los republicanos que denunciaron la inconstitucionalidad de la ley: “un Estado no debería obligar a comprar un producto”.
Lo cierto es que, por fortuna, a este lado del océano en general hace mucho que se dejó atrás cualquier vestigio de darwinismo social, ese que aún parece imperar en algunos sectores del país considerado más poderoso del mundo. Pero es en el bienestar social, sin que el mismo se confunda con que el Estado lo haga todo por uno, donde debe instalarse cualquier política de país desarrollado. En el darwinismo llevado a la sociedad siempre se corre el riesgo de caer en la injusticia que aún seguimos intentando combatir a cada paso. Porque nadie es mejor que otro, menos aún, si parte con ventaja o toda su vida ha tenido la suerte de cara. Estados Unidos no podía seguir permitiéndose un patriotismo basado en el dólar, ni continuar como país de acogida de quienes pueden costearse los tratamientos médicos o científicos más avanzados del mundo, al tiempo que mira hacia otra parte cuando quien necesita de esos cuidados es un norteamericano sin medios para pagar quirófanos, medicinas, enfermeras o médicos. Y eso es algo que Obama conocía de primera mano, porque siempre ha hablado de la preocupación de su madre, cuando fue diagnosticada del cáncer de útero que acabó con su vida a los 52 años, a causa de las facturas sanitarias que iban a dejar arruinada a su familia.
En 2007, Obama ya dijo en un discurso: “Yo he visto lo que ocurre cuando alguien que amas está sufriendo a causa de un deficiente sistema sanitario. Y eso está mal. No es lo que nosotros somos como pueblo”. Para el presidente, Estados Unidos se ha convertido estos últimos días en rehén de una “cruzada ideológica” que ha secuestrado al país y que ahora pide un rescate. Pero advierte que no va a negociar la modificación de una ley que constituye la principal pieza de gobierno de su presidencia. De momento, la oposición tampoco cede, y empieza a cundir el pánico de cara al próximo 17 de octubre, porque, como ya ha advertido el Secretario del Tesoro, si no se eleva el límite de deuda para esa fecha, el país agotaría su capacidad de endeudamiento con el efecto de una suspensión de pagos. Nadie cree que se vaya a llegar tan lejos, pero está claro que hay sectores que piensan seguir plantando batalla contra algo que, en todo caso, ya parece perdido: el volumen tan alto de visitas que recibió la web federal que centraliza los nuevos seguros hizo que la misma se colapsara, y quien prefirió usar el teléfono para adquirir el seguro tuvo que mantenerse un buen rato a la espera. Claro, que esto ya lo han utilizado también los detractores de la Ley para calificarla de absoluto desastre. No hay peor ciego que el que no quiere ver.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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