José María Herrera

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Columna salomónica

El supermercado telefónico

30-08-2008

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Hace poco más de un siglo, en París, cierto aristócrata, testigo del primer ensayo público del teléfono, exclamó al concluir la demostración: “Ah, entonces se trata sólo de eso: alguien llama y usted acude”.

Aquel hombre carecía de perspicacia para barruntar la importancia histórica del invento, pero como pertenecía a una época en la que todavía resultaba de mal tono abrir la puerta de la propia casa, intuyó con mucha claridad una de las caras del asunto; la que amenaza nuestra siempre amenazada intimidad.

Cien años después, talados los árboles genealógicos, el concepto de intimidad ha perdido mucho de su viejo prestigio. Una persona acostumbrada a llevar un teléfono en el bolsillo no puede imaginarse lo quisquillosos que llegaban a ser nuestros antepasados con estas cosas. Aún recuerdo la extrañeza que me produjo leer el espanto que le causó a Pedro Salinas oír en su despacho la bocina de un camión. “¿A dónde iremos a parar?” -escribió consternado el poeta. Claro que también hasta hace poco el colmo del pelmazo era el vendedor de enciclopedias, espécimen del que las nuevas generaciones de lectores analfabetos ni siquiera han oído hablar. En todo caso: ¿para qué desgastar las suelas del zapato habiendo teléfonos?

Las grandes empresas, que son las que mejor comprenden la psicología humana, o sea, el poder de las costumbres, advirtieron antes que nadie que, por un tácito acuerdo, nacido en la época en que sólo se telefoneaban los conocidos, cuando alguien descuelga su teléfono particular es como si abriera de par en par las puertas de su casa. Bastaba en consecuencia con que todo el mundo dispusiese de uno para que el universo entero, sin restricciones de ningún tipo, se convirtiera en un mercado. Lo único que había que hacer era explotar la cortesía, todas esas normas que respetan los individuos en sus relaciones personales, aunque no las empresas que se aprovechan de ello para realizar sus lúgubres transacciones comerciales.

“¿Hablo con el señor Herrera?”. Sí, dígame. “Perdone que le llame a estas horas (son las once de la noche de un sábado cualquiera), pero tengo algo muy interesante que ofrecerle”. Preferiría seguir viendo el partido. “Pero es sólo un segundo. Por una módica cantidad puede usted adquirir un pack para duarse. ¿No le parece genial?” ¿Cómo dice? “Un pack para duarse, lo último de lo último”. Un momento señorita (consulto sin éxito el diccionario de la RAE, la edición del 1992, antes de que la Academia renunciara ya definitivamente a fijar y dar esplendor). ¿En qué idioma estamos hablando?, le pregunto tan afligido como el pobre Salinas. “Acaso no sabe usted que es un pack para duarse”. No tengo la menor idea. ¿Un pack?, ¿Duarse? ¿Tiene algo que ver con el dual griego?, ¿no me estará gastando una broma o llamando de un concurso de televisión? “!Pero en qué mundo vive usted, hombre de Dios! Así no se puede ir por la vida. Hay que estar al día. Se lo voy a explicar ...”

Después de que a uno le haya sucedido esto varias veces, tres o cuatro cada día, empieza a comentarlo en el bar. Es lo que se hace antes de pedir cita al psiquiatra. “No te preocupes —dice algún parroquiano-, la técnica lo tiene todo previsto y es muy fácil protegerse de injerencias indeseables. Basta con solicitar a la compañía que bloqueen tu número o comprar un aparato que indique quien te está llamando”. Dos meses después uno descubre que todo esto es mentira. La técnica proporciona también los medios para que el bloqueo no bloquee, para impedir la identificación, para sortear cualquier posible defensa. Si uno decide conservar el teléfono, sólo le queda un remedio: la literatura. “El señor Herrera, ¿verdad?”. No, lo siento, murió la semana pasada. “Señor Rey” Dígame. “Mi empresa acaba de editar el primer Kamasutra musical, veinte tomos comentados ...” Un momento, ahora no puedo atenderle. Déjeme el teléfono de su casa y la llamaré esta noche. “Lo siento, yo no recibo llamadas de este tipo en mi casa” No me diga. ¡Pues yo tampoco! Etc.
Una pesadilla. Claro que todo puede ser peor. ¿Cómo? Pagando además por ello.







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