Ellos son los que okupan
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
lunes 24 de octubre de 2011, 21:32h
Ello son los que ocupan nuestro tiempo, porque tenemos que trabajar para pagar intereses, préstamos e hipotecas. Ellos son los que ocupan nuestras cabezas con miedos e incertidumbres, porque los mismos que estrangulan la economía al supeditarla al crédito y la deuda dejando en el paro a millones de personas vienen después a cobrar lo que se les debe. Ellos son quienes ocupan nuestros corazones, porque juegan con lo más básico, con la vivienda, con las pensiones, con los ahorros de toda una vida. Ellos son los que ocupan el espacio público, deciden qué se vende y qué se compra, deciden qué se construye y qué se destruye. Ellos son los que ocupan nuestras montañas con cemento y llenan las costas de ladrillos. Ellos son los que ocupan la agenda de la política, una política que debería ser de todas las personas, no de quienes tienen suficientes escrúpulos como para enriquecerse de las formas más inverosímiles, crueles y deleznables.
Si vemos a un grupo de personas acechar uno de los miles de contenedores de basura que cada noche ofrecen comida utilizable, muchas veces en perfecto estado, las reacciones pasan por la conmiseración, la sorpresa, o el lamento de que cada vez haya más gente que recurra al reciclaje de alimentos, una opción más que digna. Sin embargo, el miedo a que la gente se salga de la rueda del consumo ineficiente hace que algunos ya prohíban aprovechar lo que otros tiran o que se las ingenien para inutilizarlo. Lo importante de todo esto es que nos enseñaron que tirar comida está mal, que es una especie de crimen del que lamentarse amargamente si no se tiene otra opción, y que sólo un enfermo del neoliberalismo más patógeno podría decir lo contrario.
La tierra sólo se pertenece a sí misma. Usurpar un trozo de suelo, convertirlo casi por arte de magia en privado, talar árboles o producir hierro para hacer las vigas, fabricar cemento con los correspondientes efectos sobre el medio ambiente, transportar los materiales, emplear la fuerza y tiempo de varias personas… erigir, en definitiva, un edificio, es una gran responsabilidad, ya que conlleva numerosas actuaciones sobre lo público. Y remover tal cantidad de recursos para luego abandonar ese espacio, que no le ha salido gratis al planeta ni a quienes lo habitan, para luego dejarlo abandonado durante años es, simple y llanamente, un crimen.
Estudios de arquitectura han demostrado que en situación de abandono un edificio se deteriora más rápidamente que uno habitado. Si alimentarse es una necesidad básica, contar con un techo no es precisamente una banalidad.
Quienes sacralizan la propiedad privada hablan de ella como niños caprichosos que se deleitan en su mera posesión y no valoran su disfrute efectivo. Quienes creen que tener es más importante que aprovechar no conocen la palabra responsabilidad. Y abandonar recursos valiosos para el simple hecho de especular con ellos, y así obtener algo tan estúpido e inútil como una riqueza monetaria excesiva, es un verdadero acto de irresponsabilidad que debería estar penado por leyes justas.
Lo que se puede denominar movimiento “okupa” lleva a cabo la honorable tarea de recuperar espacios en estado de abandono para su aprovechamiento efectivo. Se trata, para empezar, de un acto político. Y cada vez más, esa liberación tiene por objetivo abrir estos lugares al público y convertirlos en un lugar para el intercambio, el conocimiento y la socialidad. Todo lo contrario que los centros comerciales.
Los medios se empeñan en confundir a la gente llamando “okupas” a quienes se apropian de bienes inmuebles pertenecientes a propietarios individuales cuando éstos se encuentran ausentes. Esos extraños casos sin sentido no son más que viles usurpaciones, robos, que nada tienen que ver con el movimiento. Nada. Estamos de acuerdo en que privar a alguien de morar en su hogar es un acto abominable. Y últimamente los bancos están realizando esta práctica con una frecuencia insultante.