Regina Martínez Idarreta
REGINA MARTÍNEZ IDARRETA es periodista e investigadora del Instituto Universitario de Investigación José Ortega y Gasset
Caleidoscopio
Esperando a la ola
La vida es corta. La vida es dura. La vida es muy perra. Pasan los días, tranquilos y complacientes, miramos a los demás, observamos cómo sufren, cómo luchan contra el destino, la providencia o las casualidades, pensando que a nosotros nunca nos tocará. Que la desgracia siempre está en el otro lado, implacable para los otros, para los que debieron de cometer imperdonables pecados en otra vida, hasta el punto de que el orden cósmico necesita hacerlos miserables y dolientes en ésta para restablecer el equilibrio universal.
Y de repente, mientras observamos extasiados, con un punto de vergonzante y distante morbo, cómo un grupo de haitianos es capaz de asesinar y torturar a un conciudadano por el mero hecho de robar para comer, la desgracia, malvada, burlona y traicionera, se cuela sigilosa en nuestra casa, en nuestro mundo mullido y colorido y nos pone esa zancadilla que llevamos toda la vida evitando. Se infiltra en nuestros sueños, envenenado nuestras esperanzas, convirtiendo los deseos y objetivos que antes lo llenaban todo en descoloridas fotografías sin sentido, anacrónicas y devaluadas.
Y es entonces cuando entendemos que lo del karma, el orden cósmico y la fortuna son palabras vacías y conceptos inútiles. Que es estúpido creer que lo malo sólo se ceba en aquellos que se lo merecen, por pecados de esta vida, maldades de la pasada o el simple error de nacer en el lugar equivocado en el momento menos indicado. Con la fría conciencia de que el miedo que se cuela en los recovecos de nuestro cerebro, sorteando frases hechas y realidades objetivas, ya no nos va abandonar en lo que nos resta de vida, retomamos nuestro día a día, observando ahora a los que sufren con mayor cercanía, sabiendo que nada ni nadie, y mucho menos un dios distante que nos pone crueles pruebas o, por lo menos, no evita que las suframos, nos hace inmunes al dolor, a la desesperación y a la desgracia.
El mundo, ése que antes se abría ante nosotros lleno de oportunidades y posibilidades, se vuelve un lugar hostil, una jungla oscura plagada de susurros amenazantes, de ojos que nos observan con aviesas intenciones y de peligros sin nombre que aceleran nuestro corazón, nos llenan de angustia y dan rienda suelta a nuestra imaginación, antigua aliada que ahora se convierte en nuestra peor enemiga.
Las fórmulas para sobrellevar la angustia, la noción de que el orden no es más que un espejismo que desaparece al mínimo toque, como una imagen temblorosa reflejada en la superficie del agua, son muchas. La fe, el odio, la ceguera, la huida hacia delante, la rabia… buscar culpas invisibles o explicaciones a lo inexplicable, a lo que no es sino esa vida parda, gris, sucia y mestiza que nunca es ni tan buena, ni tan mala y mucho menos calificable. Que, como el mar, adquiere el color de quien la mira, y, esclava de fuerzas lejanas y arbitrarias, nos lo da todo pero también nos lo quita.
Y así, náufragos en nuestra propia existencia, a merced de la tormentas que puedan llegar, con la sombra de la ola definitiva cerniéndose sobre nuestra cabeza, nos aferramos a ese barco de papel que llamamos proyecto vital, sintiendo cómo se deshace bajo nuestros pies, con la única certeza de que si hay algo que nos puede salvar de nosotros mismos, de nuestros miedos y de las ironías de la vida es eso algo tan sencillo y poco valorado como el presente más inmediato.
Una sonrisa, un abrazo a tiempo, un simple apretón en el brazo. Aún a riesgo de ponerme cursi, me atreveré a hablar de amor, no hacia una deidad lejana a la que sólo podemos amar con los ojos cerrados y sin plantearnos realmente su existencia o la utilidad de derrochar algo tan valioso en un símbolo cuya verdadera existencia se pierde en divagaciones propias de altas horas de la madrugadas y conversaciones existenciales.
Hablo de ese amor sencillo y profundo que se esconde en los detalles más nimios, que jamás será el tema central de una novela o una película, porque su misma cotidianidad lo convierte en un algo tan vulgar que somos incapaces de ver. Y, sin embargo, la clave, la brea que puede convertir nuestro barco de papel en un instrumento realmente capaz de vadear las olas de la existencia es ese amor aburrido, cotidiano y poco valorado que tiene más que ver con situaciones agridulces, grises y apenas reseñables que con gestos grandilocuentes. Ésa y no otra es la clave o, al menos, a mí es lo que me ha salvado de hundirme con todo el equipaje.




