La libertad de un moderno
viernes 06 de septiembre de 2013, 20:20h
De Benjamin Constant tenía la imagen, sobre todo, que se desprendía de la lectura de su célebre conferencia de 1819 “De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”. Y, si bien era cierto que su diagnóstico histórico era acertado, no dejaba de causar cierta desazón. No le faltaba razón al poner de manifiesto la magnitud de los Estados del momento en el que escribía, así como al encontrar en la existencia de la esclavitud la explicación que permitía que en la polis ateniense una minoría de ciudadanos se entregase en el ágora al tan celebrado ejercicio del debate y la participación política (hoy tampoco tendríamos que olvidar como víctimas propiciatorias del mantenimiento de este statu quo a las mujeres y los metecos). Y tampoco eran menores sus razones a la hora de defender la necesidad del sistema representativo. Escribía Constant: “… nosotros ya no podemos disfrutar de la libertad de los antiguos, que consistía en la participación activa y continua en el poder colectivo. Nuestra libertad debe consistir en el disfrute apacible de la independencia privada”. Pero, a la vez que todo esto era cierto, no dejaba de plantear un problema el hecho de que sacrificase gran parte de la participación ciudadana, separándola de la libertad y separándose así Constant del saludable compromiso aportado por la virtud cívica propia del republicanismo.
En definitiva, como digo, la imagen que de Benjamin Constant quedaba era la de alguien riguroso y severo. Sin duda, pesaba aquí por mi parte una buena carga de prejuicios y estereotipos. Pero todos los que pudiera seguir albergando se disiparon de un plumazo cuando hace un tiempo leí “El cuaderno rojo”, el fantástico libro de memorias de sus primeros años. Una obra trepidante y divertida cuyo autor-protagonista aparece como un tipo fascinante, despreocupado y mujeriego. Nada que ver con la errónea imagen que me había forjado. La paradoja y los juegos comienzan ya en el lema que eligió alguien que se apellidaba “Constante”: “Sola inconstantia constants”.
Una vez más, conviene no dejarse llevar en exceso por las primeras impresiones. En ocasiones, están equivocadas.