¿Libertad versus gobernanza?
José Manuel Cuenca Toribio
martes 18 de noviembre de 2008, 23:10h
Como efecto directo o colateral de la presente crisis económica, la controversia de los primeros años cuarenta del siglo pasado entre los teóricos del liberalismo y sus adversarios semeja reverdecer en estos días. Pese a los aires tronitonantes que a las veces reviste el discurso de los primeros –sobre todo, en España, país de conversos y púlpitos- y a las rigideces de sus contradictores –resabios de utópicos fundamentalismos-, las posturas no se encapsulan por fortuna en posiciones yermas. El liberalismo constituye hoy el basamento común de la cosmovisión dominante y, a su vez, nadie discute ya una cierta función directriz del Estado en el delineamiento de las actividades productivas. Muy atrás quedaron la grandilocuencia del “Laissez-faire” y el omnipresente intervencionismo del Leviatán.
Éste, sin embargo, semeja volver por sus fueros en aspectos aparentemente superficiales de la vida pública pero que de modo creciente adquieren mayor calado. Un Despotismo Ilustrado de tono light se adueña, en efecto, en medida cada día mayor de no pocas manifestaciones de la existencia colectiva, coartando y reduciendo las libertades y capacidad de movimientos del ciudadano. La deriva se inició con la prohibición de fumar en los espacios cerrados, continuó con el drástico recorte de la velocidad de conducir y terminó –a la fecha…- con la imposición de una determinada capacidad lumínica de vías urbanas, hogares y despachos, aderezadas todas las disposiciones gubernamentales de consejos, recomendaciones y sugerencias que habrían hecho felices a los, en conjunto, muy buenos ministros de Carlos III, el rey Reformador, que no dudaba en enviar a prisión a cualquier pobre menestral infractor de las normas promulgadas por sus colaboradores…
Bien es cierto que, como las decretadas por los ilustrados, muchas de éstas se hallan muy puestas en razón y oportunidad, por lo que no deben criticarse. Aparte de algunas contradicciones -¿cómo se concilia, v. gr., fabricar coches de gran cilindrada y reducir acusadamente los kilómetros por hora?-, es la inclinación y meta que se dibujan en dicha legislación lo que enciende las alarmas de la ciudadanía. Al paso que desde todas las instancias se exhorta al hombre y la mujer de a pie a ejercitar su sentido de responsabilidad, en el día a día se amengua sin tregua desde esos mismos poderes el ámbito real de sus libertades. El clima, por supuesto, no llega a ser sino de manera muy excepcional sofocante; pero en más de un extremo suena la hora de una firme reivindicación por parte de la sociedad.
La labor pedagógica no es sólo positiva y fecunda en comunidades subdesarrolladas o en vías de desarrollo, en las que el poder público utiliza los más poderosos instrumentos mediáticos en orden a elevar el nivel educativo de sus gobernados: puede serlo también en el seno de sociedades adultas y anchamente democráticas. Sino que en éstas, llegado el caso, muchos de sus integrantes solicitarían en no pocas ocasiones de sus regidores municipales, autonómicos y estatales una mejor selección de sus objetivos. Puestos a elegir, porque, por ejemplo, no se empeñan todos ellos en nuestro país en lograr la hazaña cívica e higiénica de amenguar el volumen sonoro de las conversaciones en todos los escenarios públicos y privados? De conseguirlo, ciertamente se habría perdido una de las más poderosas e inconfundibles señas de identidad del pueblo español. Pero las generaciones futuras habrían contraído con ellas una impagable deuda de gratitud.