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Me lo dijo Pérez

jueves 08 de agosto de 2013, 20:06h
La playa tiene

arena de plástico

y conchas de hojalata.

Cuando el sol quema demasiado

aprietas un botón

y se apaga.

En el museo marítimo

vimos peces disecados

y una gaviota metida

en una jaula.

(Me lo dijo Pérez

que estuvo en Mallorca.)

Si uno no conoce de antemano la autoría de este poema sin título es casi imposible que adivine quién lo escribió. El humor o la imaginería marítima y posmoderna no faltan, en ocasiones, en otros lugares de su obra, pero estos versos constituyen una rareza. Por eso me resultan atractivos. No siendo un mal poema, debe reconocerse que no pasará a la historia de la literatura. Pero su valor, mayor o menor, crece porque es una excepción, una extravagancia, una salida de la ruta fijada y conocida. Este poema me gusta más cuando recuerdo que lo escribió Joaquín Sabina.

Se lo publicó Luis García Montero en la colección “Maillot amarillo” de la Diputación Provincial de Granada y forma parte de un libro titulado De lo cantado y sus márgenes. Lo cantado son letras de canciones suyas y los márgenes son poemas de quien primero –mucho antes de su explosión sonetista– quiso ser poeta. Yo, de mayor, quería ser Antonio Muñoz Molina. Este poema es marginal dentro de esos márgenes; es una rareza entre rarezas. Una flor extraña.

Se trata de un poema enigmático: su actualidad es a la vez el eco de otro tiempo. Desde la primera vez que lo leí siempre me ha recordado al poema Ahogo de Gerardo Diego, con el que se abría el apartado dedicado a este autor en la Antología de los Poetas del 27 de Austral de mis diecisiete años. Lo transcribo:

Déjame hacer un árbol con tus trenzas.


Mañana me hallarán ahorcado

en el nudo celeste de tus venas.

Se va a casar la novia

del marinerito.

Haré una gran pajarita

con sus cartas cruzadas.

Y luego romperé

la luna de una pedrada.

Neurastenia, dice el doctor.


Gulliver

ha hundido todos sus navíos.


Codicilo: dejo a mi novia

un puñal y una carcajada.

Como digo, el poema de Sabina siempre me remite al de Diego. No sé por qué. Es cierto que en ambos está la angustia, el mar y un cierre brusco y deliberadamente anticlimático que contiene el arma del humor como la última que blandir cuando se han perdido todas las batallas. Pero hay algo más y es ese algo que no sé identificar el que me lleva a emparentar ambos poemas. Joaquín Sabina y Gerardo Diego. Es difícil imaginar personajes tan distintos a primera vista, una raya de coca esnifada sobre la madera de una barra de bar de ciprés de Silos: son los lugares comunes. Pero este texto huye de ellos y por eso Ahogo podría muy bien dar título a un poema sin nombre. Quizás no sea casualidad que el libro en el que apareció Ahogo se titulase Evasión. Y quizás Sabina –que, por cierto, tiene una canción llamada Gulliver– estaba evadiéndose de Sabina y de las mentiras y de las verdades artificiales de las que habla un poema que también se habría podido titular Ahogo. Ahogo es un poema ultraísta. Fue el ultraísmo uno de los muchos ismos que nacieron en los primeros años del siglo XX. En la década de los veinte de ese siglo XX, un joven Jorge Luis Borges (un Borges que también era una extravagancia de Borges), junto con Jacobo Sureda y José Luis Moll, daban a luz el llamado Manifiesto del Ultra, dando impulso a un movimiento que había nacido en Madrid unos pocos años antes.

Siempre han de quedarnos los caminos sin huellas y con risas como refugio último. O primero.

Por cierto, ¿saben dónde se redactó aquel manifiesto borgiano del ultraísmo?: me lo dijo Pérez…
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