Isabel Sagüés

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ISABEL SAGÜÉS es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Máster en Comunidades. Ha dirigido entidades culturales sin ánimo de lucro como la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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Pont du Gard: El acueducto

29-10-2010

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El afán constructor de los romanos no tiene parangón en la historian. A lo largo y ancho de las tierras que ocuparon, quedan huellas y vestigios de ese entusiasmo: templos, teatros, basílicas, foros, anfiteatros, circos, puentes, acueductos. Estos últimos no son las ruinas mejor conservadas si bien quedan en píe algunos ejemplos notable. Entre los puentes sobresalen los de Córdoba y Alcántara y de los acueductos, Cartago, Roma, Segovia y Mérida dan fe del extraordinario desarrollo tecnológico de la ingeniería romana.

En el sur de Francia, en el departamento de Gard integrado en la región de Languedoc-Rousillon, en el pequeño municipio de Remoulins, se encuentra el Pont du Gard que salva el río Gardon. El pont es, sin duda, la más extraordinaria infraestructura hidráulica que nos legó Roma. Un caso excepcional por su doble condición de puente y acueducto y por su buen estado de conservación. Un modelo constructivo de tres niveles casi único ya que sólo se tiene noticia de otros dos: el de Almuñécar en España y el de Pérgamo en Turquía.

Antes de acceder a su estatus de monumento Patrimonio de la Humanidad, el Pont du Gard formaba parte de la red que canalizaba el agua desde el río Eures, al píe del macizo del Uzés, hasta el castellum de Nemauses, Una obra maestra de 50 kilómetros que alimentaba las termas y fuentes de la ciudad que hoy se conoce como Nimes.

Se trata de una obra de arte e ingeniería sorprendente, rodeada de un entorno natural de gran belleza y encanto. Una zona de garriga, rocosa, desértica. Frente al arbolado paisaje y las ricas tierras de labor que atraviesa la carretera entre Orange y Nimes, el vecino Pont du Gard se levantó en un valle improductivo, solitario, agreste, salvaje, que durante siglos sólo han visitaron cazadores, pastores, pescadores y carboneros. Un lugar mágico, donde reina la calma y el sosiego. Su espléndido aislamiento ha permitido que permanezca en píe veinte siglos después para nuestro deleite. El puente impresiona, provoca escalofríos, emociona. La magnífica visión del Pont de Gard infundía temor en la Edad Medía. Un temor que alimentó leyenda sobre su origen. Por ignorancia y superstición se atribuía su construcción a divinidades infernales.

Su construcción data del siglo I d.C. y se atribuye al general y político Marco Vipsanio Agripa, yerno del emperador Augusto. Los ingenieros construyeron el acueducto adoptándolo al terreno y, aunque el itinerario más corto entre las fuentes del Eures y Nimes dista 20 kilómetros, el trazado daba un rodeo de 50 lo que permitía que por la ley de la gravedad transportase 200.000 litros de agua diarios.

El puente mide 49 metros de altura y fue diseñado con tres niveles de arcos. El nivel más cercano al agua, de la que se eleva 22 metros, se estructura sobre seis arcos y el medio cuenta once arcos y 20 metros de altura. Sobre el tercer nivel, que cuenta con 35 arcos, discurre un camino y un conducto para el agua de 1,8 metros de altura y una pendiente de 0,4%. La longitud del puente va de los 142 metros del nivel más bajo hasta los 275 del último.

Fue construido sin emplear argamasa. Las piedras del acueducto —algunas de las cuales pesaban hasta seis toneladas- se mantienen unidas por grapas de hierro. Las piedras fueron elevadas hasta su sitio mediante poleas. Se cree que se necesitaron tres años en su construcción y que en la misma participaron de 800 a 1.000 hombres.

A partir del siglo IV se descuidó su mantenimiento y los sedimentos empezaron a obstruir el conducto. En el siglo IX quedó inservible y sus piedras se usaron para la construcción. Sin embargo, el Pont du Gard permaneció intacto. Hasta el siglo XVIII fue usado como puente peatonal.

El Pont du Gard atrae desde hace siglos como un imán. Ha inspirado a ingenieros y arquitectos, a pintores y grabadores. Incluso cuenta con una faceta literaria. Está presente en las obras de Rabelais y Mistral. Su vinculación a Prosper Merimée es menos literaria pero importante. El autor de Carmen ayudó a su conservación como responsable de los monumentos franceses. En la última década ha alcanzado un destino más universal: ilustra el billete de cinco euros.







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