Reivindicación del decoro
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 17 de febrero de 2012, 21:33h
Es tema recurrente en la sociedad española actual. Su hiperpolitización es una de las causas principales de ello. El ritmo a fortiori trepidante de la restauración de la democracia implicó el advenimiento masivo a cargos de responsabilidad de gentes en ocasiones no capacitadas culturalmente para asumirlos. De mayor trascendencia aún que este hecho, al fin y al cabo inevitable y lógico, fue la importación apresurada de modelos y comportamientos de sociedades avanzadas, en especial, de la norteamericana, poco congeniales con los modos y costumbres de nuestra vida pública e incluso con las notas predominantes de la identidad nacional.
Como acaba de decirse, a diario se contemplan en los más variados escenarios y, de manera singular, en el político ejemplos numerosos del olvido de una cualidad que en todo tiempo fue muy apreciada por nuestros antepasados y cuya generalización se registró y admiró del lado de la literatura extranjera a lo largo de los siglos, particularmente en los que con tanta propiedad intelectual y artística llamamos “clásicos”. Su pesarosa ausencia se ha notado con reseñable intensidad ha pocos semanas atrás a la hora de la constitución del flamante gobierno conservador, con toda su espectacular repercusión e incidencia en otras esferas oficiales. Las referencias personales, las alusiones íntimas o familiares que en el Nuevo Continente –sobre todo, en su porción septentrional- forman parte habitual del atrezzo de los actos de tal índole, se espigaron también con facilidad en dicho lance en los salones y cámaras ministeriales y edilicios. Sin rebozo alguno, y con ponderación mediática, dirigentes estatales, autonómicos y locales exaltaron bombásticamente las dotes gobernantes de quienes les habían nombrado, o de los hombres y mujeres del ámbito familiar cuya andadura por los oficios públicos les serviría de pauta insuperables en las tareas contraídas. En no pocas veces, los mentados asistían, ufanos, a expresiones tan encendidas.
Naturalmente, la fauna política dista de acaparar las muestras de tal tipo, si bien es en ella en la que debe centrarse la mayoría de los escolios que despierte el fenómeno por la alta función pedagógica que, à rebours de lo pertinente, desempeña en la todavía naciente democracia española su clase dirigente en los negocios públicos. El fastigio de los hits parades televisivos lo monopolizan los programas más infractores y agresivos contra el mínimo decoro lingüístico y moral con exhibición de actitudes las más opuestas al más elemental de los respetos a sí mismo y al prójimo. Y en el mundo deportivo, factor también de educación universalidad en la colectividad española –sin destello aquí de periferias y aldeanismos-, la permanente puesta en escena de egos avasalladores y sin conciencia alguna de los límites propios y ajenos llena periódicos y radios, con plumas y voces no siempre mercenarias o adocenadas que rivalizan en fomentar clientelas y “agradaores”…
Por descontado, que no sólo en los círculos ya apuntados florece hoy la violación más acrecida a un talante sin el que la vida pública y privada pierden su mejor aroma y se convierten en territorio estragado por la obscenidad y desmesura. En esferas nimbadas del halo de la historia y del prestigio de servicios acendrados a la comunidad se encuentran en el presente múltiples corroboraciones del tema glosado. La atención o cuidado del decoro así en el plano individual y en el colectivo no son asunto que invariablemente figure en sus actividades. Y no es raro que, cuando la omisión es flagrante o llamativa, salten todas las alarmas. La vida española de los últimos meses ofrece al respecto más un ejemplo.
Siempre, por supuesto, fue difícil mantener en cualquier dimensión una conducta presidida por el decoro; pero creencias y voluntades lo consiguieron en el pasado. Es empresa aunque ardua, humana. Su exaltación en escuelas y colegios sería, tal vez, un buen paso para –horresco referens…- “ponerla en valor”…