Enrique Arnaldo
ENRIQUE ARNALDO es profesor de Derecho Constitucional y Abogado.
Separación de poderes
Sabandijas carroñeras
El gurú del cambio climático, Al Gore, ha descrito el deshielo de la Antártida o la subida del nivel del mar en el Pacífico. Sin embargo, se ha quedado en la epidermis. No ha alcanzado a vislumbrar las mutaciones en la zoología, que anticipan desastres aún mayores.
Las sabandijas, esos reptiles pequeños, particularmente perjudiciales y molestos, han dejado de alimentarse de hormigas, gusanos o de brotes silvestres. Han adaptado su cuerpo a la vida urbanita y, adentrándose por los sumideros, se han adueñado de las cloacas que han convertido en su nuevo hábitat. Las salamanquesas, los escarabajos y otras sabandijas se han transmutado en carroñeras voraces.
Según los biólogos de la Universidad de San Diego, en un principio se bastaban de la carne corrompida que encontraban en los inmundos canales que componen la red de alcantarillado. Su nuevo sistema alimentario las fortaleció e incrementó su capacidad reproductiva. Comenzaron a tener problemas de espacio pero sobre todo de insuficiencia de carne podrida arrojada al fondo de las tinieblas por los ingenuos humanos de la superficie.
Y la naturaleza, que dicen es sabia, les dotó de unos breves apéndices que llegaron a ser alas, primero manejadas con torpeza en la oscuridad pero pronto dominantes y capaces de hacer la caída del ángel para con sus picudos aguijones arrancar trocitos de carroña maloliente y apestosa que, sin embargo, hacía disfrutar a su comprimido aparato digestivo.
Las sabandijas carroñeras iniciaron la conquista de la luz. Al comienzo en pequeñas bandadas, y más adelante como un ejército en formación de millones de unidades, dejaban los acueductos subterráneos al amanecer para arramplar violentamente con toda la pobredumbre que encontraban en su camino. Los perezosos humanos dejaban hacer. Incluso algún listo convertido en sabio por mor de una alcachofa apuntó la tesis de que eran bichos limpiadores que completan el ciclo. Otros tranquilizaban su conciencia aplastando con su bota alguna que otra sabandija trémula que hallaban a su paso.
De repente, en una mañana primaveral de domingo, un modesto prejubilado de una gran empresa advirtió una incomprensible oscuridad para la hora marcada por el reloj. Salió a la terraza y contempló asustado que el cielo estaba cubierto de reptiles negruzcos y alados que tapaban cualquier rayo de luz y que lanzaban espumarajos que iban recubriendo azoteas y calles de un olor nauseabundo.
Solamente entonces alguien lo tomó en serio... pero ya era un poco tarde para poner freno a las sabandijas carroñeras.




