José Manuel Cuenca Toribio
JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.
tribuna
Un hombre para el recuerdo: J. Peñafiel
La vida provinciana tiene sus privilegios y ventajas. En unos días en los que la prensa otoñal desborda de noticias acerca del desasosiego provocado en los ánimos por el frenesí y trepidación de las grandes urbes y su nocivo influjo en la salud y temple de sus habitantes, los que, por constricción o de grado, despliegan su quehacer en los núcleos de población pequeños o medianos se alegran de su opción. Alejados del fragor y las prisas incesables de conurbaciones y capitales elefantiásicas, sus vecinos se sienten más dueños de su tiempo y usufructúan las riquezas de la sociabilidad con intensidad superior a sus conciudadanos de los núcleos mastodónticos.
Uno de los últimos refugios de comunidades progresivamente empobrecidas en el terreno del espíritu y verdadera cultura, el de la amistad, encuentra sin duda mayores facilidades para su cultivo en la existencia provinciana que en las de las cosmópolis. Córdoba, ciudad económica y materialmente frustrada desde ha siglos, es uno de los enclaves de la bella y aun misteriosa España mejor dotados para la germinación y crecimiento de la planta quizá alquitarada de la convivencia humana. A lo largo casi del último medio siglo, tan propicia situación se encontró todavía más favorecida por la presencia en ella de una figura que semejaba nacida para enaltecer y ejemplarizar la amistad en su más alta expresión. D. José Peñafiel, de cuna malagueña, de profesión notario y de talante universal, parecía haber venido al mundo y buscado residencia en la urbe califal, únicamente para sentar en ella la cátedra más acendrada y prestigiosa de amistad que registraran sus anales, abrillantados en otro tiempo por los fulgores de la más estremecida y luminosa poesía, una poesía en la que aquel don divino halló también ancho protagonismo.
Pues fue, en efecto, merced a resuelta elección por la que, tras haber desempeñado con impar competencia y fama merecida de honestidad su noble oficio en varias localidades andaluzas y del antiguo Protectorado y enriquecido con el trato asiduo de gentes como su coterráneo Antonio Ordóñez y su inseparable, hasta el momento de su muerte en 1961, Hemingway, Pepe Peñafiel se aposentó, con intenciones finalistas, en la hechizadora ciudad de la “anchurosa puente y penumbrosa Mezquita”, según la adjetivara, insuperablemente, el postrero gran cantor de su magnificencia incomparable. Su carta de vecindad se le otorgó prestamente por plebiscito generalizado y también por derecho de conquista, a consecuencia de los innumerables servicios que, desde el día siguiente a su inclusión en el censo cordobés, rindió a todos sus estamentos. Desde los concursos de los famosos patios a las corridas benéficas del coso de los califas, desde las campañas altruistas por una cardiología a la altura de los más encumbrados centros anglosajones a las realizadas en pro del flamenco más genuino, no hubo, ciertamente, tarea o empresa movilizadora de las más limpias energías ciudadanas que no contase con el dinámico apoyo de J. Peñafiel, vanguardista en el esfuerzo, pero el más relegado en las fotografías y primeros planos televisivos en que se registraran a las veces hitos culminantes de tales labores.
Elegante, refinado por dentro y por fuera, sencillo hasta dejárselo de sobra, culto, de tolerante trascendencia, de convicciones dialogantes, gran señor en todo, así fue -en visión sin duda achatada y alicorta por la desmaña del devoto, pero torpe y ocasional retratista- el hombre impar que nos dejó, en alevosa cornada afectiva, de una tarde del urente verano cordobés de 2011. Si su presencia en la tierra constituyó estímulo permanente para las mejores causas de los hombres y mujeres, su recuerdo lo será para la autoexigencia indesmayable en beneficio de una España más justa y convivencial.




