Concha D’Olhaberriague
Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.
In Itinere
Una amistad ibérica: Unamuno y Pascoaes
La prensa española publicó, hace poco, una de esas encuestas recurrentes en las que se pregunta a ciudadanos españoles y portugueses si albergan deseos de que ambos países lleguen, algún día, a constituir una federación. El resultado fue ligeramente más favorable a la propuesta en Portugal que en España. No sé, en verdad, qué perseguía quien elaboró tal consulta. Retomar, hoy, la vieja cuestión decimonónica del iberismo parece poco pertinente.
Casi a la vez, llegaba yo de vacaciones al país luso, y volví a oír, de pasada, el sondeo en la televisión. Luego, rebuscando en la biblioteca de Faro, la capital del Algarve, di con un libro publicado en Lisboa y titulado Epistolario ibérico. Cartas de Unamuno y Pascoaes. Esto ya era otra cosa. La consideración de la vecindad entre los dos pueblos ibéricos cobraba, ahora, una dimensión más cordial y menos esquemática.
Por mi afición unamuniana sabía de la confraternización de don Miguel con varios escritores del país vecino; en ella se cimentó su conocimiento de Portugal y fue incitación de los artículos tan hermosos que más tarde constituyeron una parte del libro Por tierras de Portugal y España.
También sus traducciones, entre ellas las de algunos poemas del poeta iberista y suicida Antero de Quental, nacieron de la obra de amor y de cultura que era, para el escritor bilbaíno, el conocimiento mutuo y fecundo de ambos pueblos.
Cada viaje allende la frontera, hoy felizmente difuminada, estaba impulsado por el requerimiento de alguno de los colegas. Guerra Junqueiro, Eugenio de Castro y otros cuyos nombres hoy nos son poco familiares aguardaban a su huésped con un sincero y sentido aprecio en Oporto, Coimbra o Amarante.
Unamuno cultivaba y correspondía las demostraciones de afecto y las reflexiones iban más allá. Con un irrefrenable afán pedagógico, recomendaba a sus compatriotas que leyeran en el texto original los libros de los literatos portugueses, como él hizo siempre. Bastaba un pequeño esfuerzo, pensaba, para poder degustar las maravillas que encierra esta lengua, sólo apreciables en su música genuina; si no, decía, muchas voces pierden el alma.
Y así está publicado el Epistolario, testimonio de una amistad interpersonal de excepción. Cada uno de los interlocutores escribe en su lengua, de la misma manera que hablaban entre ellos, y tratándose siempre de usted.
Joaquim Teixeira de Pascoaes, poeta de los neblinosos parajes del río Támega, a ratos intimista casi juanramoniano, se convierte en un verdadero introductor del venerado amigo español en los círculos y las revistas de su país. Unamuno, al tiempo, le dedica un hermoso artículo, “Las sombras”, que ve la luz en La Nación de Buenos Aires, y pone todo el empeño en difundir la literatura lusa en otras publicaciones de la América hispanófona donde colaboraba, así como en varias del continente europeo.
Ha pasado un siglo desde que se tejieron aquellos lazos fraternales, mas releyendo las cartas en las que se sigue el surgimiento y la consolidación percibimos la calidez de la experiencia humana vivida y repetible, ajena a consultas de opinión y desdeñosa de los designios de los gobiernos.




