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Up in the air

Regina Martínez Idarreta
domingo 31 de enero de 2010, 17:41h
Si no se les ocurre nada interesante que hacer el próximo fin de semana, les recomiendo refugiarse de las inclemencias del tiempo en una sala de cine en la que proyecten “Up in the air”, la última película de Jason Reitman, director entre otros films, de “Juno” –la peli de la niña indie-repelente que se queda embarazada-. Si bien reconozco que “Juno” no me gustó tanto como al resto de la humanidad, entre otras cosas, porque la protagonista se me hacía cansina y astragante, con sus continuas divagaciones acerca de los tópicos indie-alternativos, su aires de superioridad intelecto-vital y sus mohines de falsa desarrapada, “Up in the air” me ha parecido una joya.

Una obra maestra de esas que tras las medias sonrisas y el placer estético, dejan un poso amargo y punzante, pero también revitalizador. Como un chupito de yinseng mezclado con cianuro. Un pellizco tan doloroso como necesario. Un grito de atención ante una realidad tan cotidiana como desazonadora. La realidad de un mundo de muñecos superficiales que van por la vida “up in the air”, sin pisar el suelo, ligeros como la mochila del protagonista pero tan vacíos como la misma.

Bajo la máscara amable y atractiva de George Clooney, se esconde Ryan Bingham, un profesional del despido. Un maestro en el arte de dar la patada a los empleados cuyos jefes son lo suficientemente valientes como para ejecutar un ERE masivo pero no tanto como para decírselo a la cara a las víctimas con nombre y ojos de los recortes de presupuesto. Con la excusa de los cientos de viajes que debe realizar por todo EEUU como Hermes de la desgracia, Bingham lleva una vida plácida y tranquila, con las salas de espera de los aeropuertos como único y aséptico hogar, los asientos de primera clase como confortable y mullido sofá y el sexo con desconocidas viajeras como ración indispensable de amor plastificado y cariño de usar y tirar.

Para qué quiere más un hombre que, además trabajar en “ayudar” a los demás a “pasar al limbo” del desempleo, el infierno en vida del siglo XXI, se dedica a dar conferencias sobre mochilas vitales vacías de compromisos, de lastres innecesarios como familiares, amigos o novias pesados, que requieren favores y cariño y que ralentizan nuestro deambular por la vida. “Moverse es estar vivo, parar es morir” es el leit motiv del protagonista, que literalmente se mueve continuamente, viaja sin parar, como un yonkie de las millas, cuya gran ilusión reside en acumular el máximo número de tarjetas vips de cuantas cadenas hoteleras, líneas aéreas y empresas de alquileres de coches forman su ecosistema. Diez millones de millas es la gran meta soñada por Bingham, la que le convertirá en el vip entre los vips.

Ryan Bingham es un adulto con sueños de niño ingenuo, que cifra sus objetivos vitales en privilegios de cartón, en sonrisas de catálogo y en palmaditas en la espalda que no exijan abrazos comprometidos. Un adulto que mira con desprecio y superioridad a unas hermanas cutufas y horteras que lloran y moquean, se ríen histéricamente y sufren y disfrutan del amor. Que se arrastran por la vida o la caminan a grandes pasos, a veces se tropiezan, otras brincan con energía y algunas andan con dignidad, mientras él la pasa por encima con el ritmo continuo pero seguro de una cinta trasportadora de aeropuerto, siempre impecable e inmutable, siempre solo.

Como él, millones de personas viven diez centímetros por encima del suelo, se pasean por la vida procurando no tocar demasiadas cosas, no vaya a ser que se manchen. La obsesión por la higiene que inunda nuestro mundo se ha trasladado al plano existencial y sentimental, y muchas personas eligen vivir profilácticamente, evitando al máximo el contacto sucio y lleno de gérmenes existenciales que suponen los demás, aplicando sin saber una versión moderna y edulcorada del Lupus est homo homini.

Muchas personas se han hecho alérgicas a los demás y, bajo una falsa apariencia de sociabilidad, huyen del dolor, la decepción y el esfuerzo continuo que supone atarse al otro, establecer relaciones reales que no necesariamente tienen por qué ser amorosas. Y así, acaban creyéndose su mentira, asumiendo que se puede vivir de puntillas o “up in the air”. Que acumular vaqueros de marcas de lujos, o tarjetas vips, o millas aéreas son objetivos tan o más gratificantes que un abrazo a tiempo o una sonrisa cómplice, con el plus de que la azafata de turno no te va a echar en cara que no le devolviste la llamada o que sólo piensas en ti mismo.

Y así, flotando en un espacio de televisiones de plasma y apartamentos espaciosos llenos de gadgets y pequeños lujos, soñando con fotografías de vacaciones paradisiacas con las que consolarse durante ciertas noches en las que ni todos los lujos del mundo paran el embate de la nada que como en la “Historia Interminable” lo arrasa todo, millones de personas se mueven como ángeles sin sexo, sonrientes y amables, viviendo emociones neutras y con un inquietante parecido a los felices personajes de los anuncios que les inspiran a seguir adelante cada día.

Regina Martínez Idarreta

Periodista

Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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