Pedro J. Cáceres
PEDRO JAVIER CÁCERES es crítico taurino y periodista.
Feria de Abril
El Juli y lo demás
Sevilla. Su feria andaba varada en la mediocridad concebida de antemano, caso Conde de la Maza. La decepción ante hechos satisfactorios probados años atrás: Palha. Los contratiempos en anhelantes sorpresas y espejismos: Peñajara. Y frustración por las ilusiones rotas de la corrida de Victorino como acontecimiento del año y el comienzo de los grandes carteles (Ponce, Manzanares. Luque, el viernes) con vacuidad de contenidos. Y más que atracada en el sopor y el aburrimiento con cierto aire de navegar a la deriva de no ser por un viento que sopla a favor de los taurinos con una prensa poco comprometida y sí muy domesticada que difumina con excelente verbo, algunos, y descaradamente, otros, la realidad en el análisis de los espectáculos. Hasta que el sábado llegó El Juli. Sabedor de las deudas pendientes que Sevilla tiene con él y que no sólo, tan sabia afición, no ha saldado si no que le ha medido más, y más, que al que más. El 23 de abril del año 1999 cortaba tres orejas a fuego y sangre. Esa sangre, cornada grave, que no le impidió matar, por arriba, al toro que le hirió, mediado el trasteo, pero sí salir por la Puerta del Príncipe. Sevilla no se acuerda pero yo, con perdón, y el Juli, sí. El sábado decidió pasar la factura, con el lote menos propicio de El Ventorrillo y en “figurón” grande del toreo asumió dirigir la lidia, sin las fatuidades del “uno por delante”, ejerció como tal y dio en el cuarto un recital con el capote y una sinfonía de mando, poder y limpieza —temple; garra y amor propio. ¡Maestría torera! La “cuenta” está diligenciada y tan solo la muerte del animal en vida, propiciada por una muleta incruenta, y por lo tanto imposible a estoque da oxígeno a la morosidad currita, pero el pagaré tiene vencimiento inmediato. Puso a Sevilla, además de en pie, a cavilar; a Talavante y, en mayor medida, al talavantismo, en su sitio y a El Cid de los nervios (tampoco hace falta mucho) Blanco o negro, lo peor es el gris de la mediocridad y el tufo a disculpas en fase de compasión según de quien se trate. Es lo que tiene los grandes acontecimientos, y por mala que fuera la corrida de Victorino, en negro subsahariano, y mal presentada, pero en ella se produjeron pasajes de gran intensidad que de unirlos secuencialmente hubieran valido por media docena de corridas modernas, al uso, incluso con corte de orejas y todo. El mérito, en tal caso, no es otro que de los toreros que asumieron con responsabilidad el reto de protagonizar uno de los eventos de la temporada. La rivalidad con el capote entre Morante y El Cid fue un espectáculo, por sí mismo que valió la pena. Lo mismo que la pureza de la mano izquierda de El Cid hasta que, pronto, el cuarto “victorino” se rajó. Y Morante, a quien pocos confiaban, siquiera, el beneficio de la duda. Su lidia a la antigua — por abajo— fue una brizna de aire fresco como cada vez menos novedoso su valor y su aguante ante las dificultades y el peligro. Prueba superada, por tanto, con el toro malo. Aunque, si cabe, los mayores recelos residían si salía el toro bueno de Victorino: el bueno es el de casta y bravura, no exento de nobleza, pero que exige hacerle las cosas muy bien. No el toro medio, o el medio toro, con el que el de La Puebla está probado como consumado artista. Tengamos en cuenta varias cosas, unas buenas y otras menos. Los malos tragos cuanto antes. Si los cánones del toreo son : parar, templar y mandar, que como para un buen hacer el amor tiene unos preliminares necesarios para no trocar en acto grosero, en el toreo son colocación y citar. Igualmente par satisfacción de buen fin en ambos éxtasis emocionales se necesita ligar y rematar airoso. Si estos, convenimos, son los cánones del toreo, los de la vida y sus problemas, y los toreros son humanos —como usted y como yo- tienen diferentes estadios: a) condición si ne qua non: asumir que existe un problema. Y a partir de ahí: No en balde Einstein, que fue figura de los que marcan época, sentenció, más que acuñar, que: la formulación de un problema es más importante que su solución. En lo que llevamos de feria en Sevilla se ha detectado que, al menos, Salvador Cortés, El Cid, Manzanares y en su medida Talavante lo tienen y: o no lo asumen, según los casos, o no lo formulan correctamente. Luque, concedamos el beneficio de la duda, lo puede tener. Cortés, El Cid y Talavante han gozado de los tres toros entre 44 salidos por chiqueros, que han sido, eso, toro: por continente y contenido. A Cortés el de Palha se le fué y es probable que ni lo asuma ni lo rumie, refugiado en una solitaria oreja, indiscutible, pero por poner en valor la suerte de matar. Gran estocada. Su falta de seguridad y decisión, al principio, para imponer su ley ante arrancadas agresivas le llevó a atrincherarse en el pitón de resolución de faena y no de entrada. El Cid no tuvo en la corrida de Victorino los colaboradores de otras ocasiones, como en los zalduendos del domingo de Resurrección. Pero el jueves ya daba visibles síntomas de ansiedad que no son nuevos en el de Salteras. Esa que se mostró indeleble el sábado con un sobrero excelente de El Ventorrillo en que ejecutó en una primera fase el torero más largo, templado, hondo, sentido y puro detona la feria. Pero los partidos duran 90 minutos, y si ante una adversidad entre golpe de viento y desarme por falta de aguante a cara o cruz, surge el amontonamiento. El presiente le pudo, según interpretación de la petición, dar la oreja. ¿Y? Talavante tuvo un toro noble, de los que se torean solos, lo que quizá sea la mayor dificultad. Y resolvió con lentitud de trazo, armonía, ligazón, variedad y remate. Bien. Dos orejas. Su primer problema, que sí asumió, fue El Juli, después, con toro complicado y de apuesta. Y el segundo, sobre el que caben dudas que se formule, es que a pesar de El Juli, con poco que hubiera hecho, antes que afligirse y mostrar todas las carencias conocidas, con un toro malo, cierto —pero lidiable— sino abrir la Puerta del Príncipe a la que todo el mundo empujaba, no devolver parte del doble trofeo y seguir pendiendo la calibración de su fondo con la encerrona de Madrid sin que esta haya pasado página. En el barbecho ganadero por el que discurre la feria, la corrida más tontuna y sinsorga fue la del viernes de El Torreón. Y Luque. Daniel Luque con lote bronco estuvo firme. Correcto. Pero esa firmeza no se complementó con fibra y sí se recreó en el valor suficiente para salir airoso, pero soportado por una técnica, a lo Manzanares, que si es puntual vale, pero si es conceptual puede ser el problema: por asumir, formular y en su caso resolver. Por que todos los toros tienen su lidia, por que a muchos hay que ayudarles antes que viciarles y por que no siempre el toro es el culpable de todo. Lo que va de perder el paso a ganarlo en las transiciones de uno y otro muletazo. Como me contó Joselito: “de meter el culo a sacarlo va un cero”… a la derecha, en la cuenta corriente. Y apostilló Ponce: ¡o dos! Por el contrario, Rafaelillo formuló correctamente el problema de la mansedumbre peligrosa y moruchona de los del Conde de la Maza, y en vez de encogerse se estiró. No hubo goles, pero sumó tres puntos. No cuadra, pero el toreo es cuestión de fe. Como la de Bolívar, con la lección aprendida de Valencia, también con Peñajara. En cuanto el toro deje estar, soy yo el que tengo que tirar y poner el 80% que le falta al bruto. Después de Juli, su actuación ha sido la más importante de lo que llevamos de feria. ¡Ah! Que no se olvide la pinturería y el gusto, de una faena liviana de Curro Díaz, a un ejemplar noblote de Pereda, que le valió una oreja y la madurez, esa tarde, de Miguel Abellán con un encierro “moderno” y por lo tanto algo insípido. Ni tampoco la maestría a caballo de Hermoso de Mendoza sin suerte y el momentazo de Diego Ventura con lote poco asequible, dos orejas.
b) plantearlo correctamente desde la sinceridad interior, como solera del principio fundamental.
Ponce, a sus veinte años, sin pisar a fondo el acelerador, tiró de técnica para tapar defectos del peor toro —el cuarto— y conseguir, al menos, quedar en tablas que en su estatus le vale. El toro más asequible fue el segundo, en tora casi siempre y por ele izquierdo con fases de toro encastado. Manzanares en la línea de Valencia. Gran plástica y exquisitos modos. Y la técnica, a la defensiva: toques para afuera, pases de uno en uno, tandas cortas, etc. Gran manual para demonizar al animal y el torero salvar el pellejo con el puntito de cualquier empate, que con su proyección es nada.

