Pedro J. Cáceres
PEDRO JAVIER CÁCERES es crítico taurino y periodista.
tribuna
Padilla. El Fandi, El Fundi y… “el menda”: la crítica
El arte de torear es rico en matices, pero diáfano en su sustancia: un maridaje explosivo entre la creatividad y la emoción producto del riesgo permanente, por ello es cultura y no considerado bella arte.
El riesgo está siempre presente cuando hay un animal en plaza de toros — quede esto muy claro y no se malinterprete el fondo de la cuestión-. Pero ese riesgo tiene una jerarquización en función de los vectores varios de responsabilidad según el acontecimiento y del continente y contenido del animal.
Según se rebajan escalones en la probabilidad de la intensidad del riesgo se matizan las emociones que se pueden producir por técnica, plástica, estética, sentimiento en la acción —unos más sutiles otros más toscos-, gracia en los “pinguis” y gags aflamencados o por un sentido total de espectáculo. También por que el torero, en su responsabilidad, incrementa los riesgos propios según las características del animal en función inversa a su presumible y calculado riesgo: por su coraje, su osadía, su ambición, su soberbia, incluso por su torpeza.
Todo entra dentro de la baraja amplia que constituye la tauromaquia. Y vaya por delante una premisa: la mayoría de las figuras del toreo, en cualquier época, han sido -lo son- por méritos propios. La mayoría.
Se torea con toro, con medio toro, con novillo por toro; en puntas y desmochado, y hasta sin animal homologado. Todo es toreo, todo es espectáculo, pues se trata de una manifestación sustentada por un público que paga. Con más o menos expresión “artística” o populismo.
Viene esto a cuento por la hipocresía que desde hace bastante tiempo se ha instalado en la crítica y un amplio colectivo de asiduos espectadores que en base a sus supuestos conocimientos de la historia del toreo en lecturas de cursillo acelerado y su densidad de festejos presenciados se arrogan la representatividad del total de los que financian esta fiesta y se hacen llamar aficionados.
Estas dos facciones se subdividen, a su vez, entre aquellos que prescinden del toro para evaluar simplemente sentimientos toreros y sus filias corresponden más a su bragueta que a su cabeza. Y viceversa, donde el toro es fundamental y manda más su cabeza impenetrable a otras opciones que un corazón ecuánime y desapasionado. Suelen ser los antifiguras y protectores de modestos o veteranos juguetes rotos.
Sin embargo se suele producir una extraña catarsis por la que, según venga el aire- el toro les sirve a los sensibles y la tora no es obstáculo para adhesiones inquebrantables según quien se ponga delante. Y en hechos puntuales convergen “todos a una”.
Tres “cumbres” avalan, con datos este perverso y caprichoso comportamiento: el “robo” de la llamada “oreja de oro” a Perera por su irrepetible, por ninguno, campaña del 2008 y de los “paquiro”, por el mismo motivo y a El Cid del 2007 con cima en las varias corridas de Victorino en las plazas más importantes, Sevilla y Madrid, con cima la tarde de los seis toros del “otro” de Galapagar en Bilbao. Fracturaban, así, una línea de ecuanimidad y sensatez que impusieron cuando en la primera edición valoraron al Castella del 2006.
Estos extraños compañeros de viaje y cama andan tiempo sensibilizados con la maestría de El Fundi cuando entre unos y otros pretendieron hundirle en la miseria y le hicieron perder su juventud como torero.
Hoy es un día unánime en lamentar el estado crítico por el que pasa el torero, pero dentro de la prudencia se achaca veladamente a cierta osadía por volver a torear sin estar recuperado de su inoportuno accidente campero. Pocos han puesto en valor su ambición de figura, su deseo de recuperar el tiempo que le hicieron perder; ni los hierros que mata, ni los terrenos que pisa para poder darlo todo cada tarde ante semejantes animales. No es heroico ni galáctico, es simplemente un buen torero al que la negritud de muchas conciencias con pocas mentes cuerdas se han puesto de acuerdo para regalarle el título de maestro que él se ha ganado a pulso tarde a tarde. El hecho que los empresarios no le den su sitio, y por lo tanto estatus de figura, provoca más la crítica al “sistema” que la sincera admiración.
Caso contrario es el de Fandi y Padilla. En las antípodas de casuística entre ambos, hacen collera en el trato peyorativo que, hagan lo que hagan, son tratados por los pretendientes a liderar opinión en tauromaquia y su feligresía. Ambos sí coinciden en dar su espectáculo con entrega. Pero no sirve que se justifiquen o triunfen ante el toro-toro que demandan.
Lo han hecho en San Sebastián. El Fandi que lidera escalafón y trofeos cortó una oreja: ¡claro las banderillas y el sector frívolo del público exquisito de Donosti!. Padilla, a los “victorinos”, en tarde dramática que el prologó antes que Fundi, cortó tres. Padilla, que ya indultó un Victorino en dicha plaza catalogada hasta ayer por los oráculos como muy seria.
El premio a la sangre, sudor y lágrimas, al jerezano, no sólo se le matiza por la cobardía a escribir o decir lo que se piensa en tarde de entorno trágico si no que se muta por hacer villlano a un Presidente héroe que no da orejas a las figuras y a Illumbe, ya toda, en una plaza sensiblera y poco menos que un gache de carros.
¡Qué grandes! Padilla, El Fandi y El Fundi. Y ¡que mendas!...”la canallesca” y sus rebaños.
Nunca mejor dicho, o escrito.




