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ENTREVISTA

Tavernier: “Si los políticos estudiaran más el pasado, harían menos tonterías”

Tavernier: “Si los políticos estudiaran más el pasado, harían menos tonterías”
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El director francés hace un recorrido personal por la historia del cine galo en Las películas de mi vida, por Bertrand Tavernier, de estreno este viernes. Por Javier Nuez.


En Las películas de mi vida, por Bertrand Tavernier, el director de 76 años hace un repaso en clave personal de la historia del cine francés. Desde los hermanos Lumiére hasta justo antes de la llegada de la Nouvelle vague, donde pone el punto y final. Unas tres horas de documental donde Tavernier exuda pasión por el cine. A pesar de ser un formato más apropiado para la televisión (está previsto una continuación de otras siete horas en este medio), es un placer volver a ver en pantalla grande fragmentos de cine con mayúsculas apoyados por los comentarios de un enamorado de este arte. Uno de los puntos fuertes del documental es que Tavernier logra trasladar al espectador ese amor que siente. Lo mismo analiza con detalle un plano secuencia de Renoir que comenta la intrahistoria de pullas al director de un diálogo sobre un puente. En esos comentarios yacen las joyas de esta película que comentamos con el director en esta entrevista.

Su pasión por el cine, como cuenta en la película, comienza de niño en un hospital de Sant Gervais y crece durante su estancia en un internado. ¿Cree que el cine ayuda en este tipo de situaciones?

Creo que el cine me ha ayudado a superar muchos problemas físicos sencillamente porque me permitía soñar. Yo respiraba aire con las películas del oeste y esto me devolvía la salud. El cine también me permitió superar momentos de soledad. Con la difícil vida en el internado, que yo odiaba, afortunadamente tenía el cine y podía encontrar calor en las películas. Recientemente, trabajando en este proyecto, sufrí un cáncer. El hecho de seguir volcado en el mismo desde el hospital, eligiendo extractos, textos… me permitió curarme cuatro meses antes de lo que decían los médicos. La pasión permite cicatrizar y superar muchas heridas. Es un sentimiento muy revitalizante, como una vitamina, una cura.

Hay un episodio en la película en el que se extiende analizando la influencia de Jean Gabin en el cine francés como actor. Su personalidad, sus manías y su comportamiento en los rodajes. ¿Cómo valora este tipo de comportamiento de un actor? ¿Lo encuentra positivo?

Sí. Totalmente positivo. Porque a menudo estaba en lo cierto. Cuando él cortaba las réplicas tenía razón. Dicho esto, no creo que hiciera lo mismo con Renoir y Duvivier. No se oponía a ellos cuando estaba bien. Gabin era alguien que tenía un concepto muy elevado de su oficio, aunque durante su vida hiciera como que le importara un bledo. También mostraba cierta pereza. No le gustaba nada salir al extranjero y, en ocasiones, quería que las películas se rodaran al lado de donde vivía. Eso sí, cuando se trataba de algo importante, él estaba ahí. Hay una anécdota que cuento en cierto momento, sobre la historia de las escaleras. Él no quería subirlas por superstición, temía que le provocaran problemas cardíacos, así que el director tenía que cortar la toma siempre después de que subiera tres peldaños. Pero un día, sin cámaras, bastó la mirada de Simone Signoret para que subiera todos los escalones. Sólo porque quería ayudar a una compañera que respetaba. A eso digo yo: ¡chapó! Es cierto que Gabin, en un momento dado, asustaba a los jóvenes directores porque tenía mucha gente a su alrededor que quería imponerse. Había adquirido costumbres. Llegué a hablar de un proyecto con él, muy tímidamente eso sí. “Usted me dirá que no porque al final de la película muere”, le dije. “Pero Tavernier, si yo ya me he muerto en al menos veinte, no tengo ningún problema”, me contestó. Dos meses más tarde falleció. Nunca supe si hubiera aceptado.

También habla de su primer shock al ver el cine por primera vez…

Tenías seis años, no sabía si me gustaba el cine. Vi una escena y jamás la he olvidado. Podría citar trozos de diálogo de memoria setenta años más tarde. Así que sí, me marcó.

¿Los sigue teniendo?

A menudo. En películas recientes que he visto se siguen produciendo. Por ejemplo, la última ocasión fue con el documental de Raoul Peck I am not your negro, sobre James Baldwin. Fue un shock extraordinario.

¿Sigue siendo entonces más espectador que director?

No. No más. Lo primero que soy es director, ese es mi oficio. Soy cineasta y me expreso a través de mis películas. Pero sigo siendo espectador. Veo películas, defiendo películas y lucho por sus autores. Sigo yendo a Bruselas para pelearme contra la gente de la Comisión Europea, que siguen sin aprobar el decreto para que Netflix, que goza de unas ventajas increíbles respecto a las televisiones además de evitar el pago de impuestos, se someta a las mismas reglas. Hace tres años que lo estoy esperando y he ido dos veces para hablar con la Comisión. Así que sí, sigo movilizándome para defender el cine europeo. Me encantaría además que me apoyaran en esto cineastas españoles, pero aparte de Almodóvar, no hay muchos que vengan a defender estas posiciones. También me gustaría que lo hicieran los políticos españoles, pero para ello haría falta que se tomaran en serio el cine, lo cual no sucede.

Al hilo de Netflix, Scorsese llegó a decir a cuenta del desarrollo de la compañía que el cine ha muerto, aunque posteriormente acabó firmando un contrato con ellos. ¿Cree que es cierta dicha afirmación?

Desde 1920 se lleva diciendo que el cine ha muerto cada cinco años. Por el momento parece que resiste. Lo que se gana ahora con la taquilla es muy bueno, pero Netflix, Amazon o Google son un peligro. Evaden impuestos y hacen perder a todos los estados. Alemania y Francia los persiguen para que paguen multas. Pero de momento estamos ante la dictadura de las multinacionales que gracias al señor Juncker escapan a todas las reglas que hacen que el cine y la televisión puedan o no sobrevivir.

¿No es contradictorio que ahora que se hacen más películas que nunca y que hay más medios, se estudie tan poco la historia y apenas interese el cine pasado?

Pero creo que estudiamos muy poco el pasado en todos los ámbitos. Si los políticos estudiaran más el pasado quizá harían menos tonterías. Y lo mismo para la literatura. No se estudia suficientemente a Balzac, Stendhal o Flaubert. En Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac, en la página 409 hay una reflexión sobre el periodismo que es terrible (Nota: Tavernier da este dato de memoria). Balzac dice que el periodismo es la pérdida del ser humano. Escribe que si la libertad de prensa no existiera, no haría falta inventarla. Es muy excitante leer esto. También comenta que haría falta hacer una ley para prohibir que los gastos en la justicia, abogados, procuradores… no sobrepasen la cuantía de una deuda. Y en la Francia de hoy nos encontramos con desahuciados por tener deudas con la factura de la luz. Yo tengo una secuencia en Todo empieza hoy donde una deuda se multiplica por diez por los gastos derivados de la justicia. Y es Balzac en 1820 el que escribe sobre esto. Uno hasta se dice que no ha habido ningún progreso desde entonces. Da que pensar.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5342 | Luis María Bianchi - 26/05/2017 @ 20:23:24 (GMT+1)
    No solo deben estudiar el pasado, deben superar el nivel de EGB, en qué manos estamos, peor que el nivel de la barra de un bar

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