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DOCUMENTAMADRID

Viaje al corazón de la Francia que vota a Le Pen

Viaje al corazón de la Francia que vota a Le Pen
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jueves 10 de mayo de 2018, 10:32h
En Mis queridos vecinos, crónica de unas elecciones, el documentalista hispanofrancés Joseph Gordillo busca una explicación al auge de la ultraderecha trazando un perfil de los habitantes de un bucólico pueblo del noreste francés.

“Basta la palabra” era el leitmotiv del fallecido documentalista brasileño Eduardo Coutinho. Y tal como explicó su pupilo Joao Moreira durante una clase maestra con la que se le homenajea durante esta edición de DocumentaMadrid, con ello quería decir que durante las conversaciones, que no entrevistas, con los personajes de sus mundos se lograban entender sus motivaciones y razones. “La magia acontece”, como decía.

Lejos del Brasil de Coutinho, el realizador francés Joseph Gordillo busca acercarse a una realidad bien distinta a través de las conversaciones y el seguimiento de la vida de sus vecinos del pequeño pueblo del noreste francés de Rembercourt sur Mad. Dos familias de entre los apenas 200 habitantes del pueblo. Uno más de los 36.000 que componen esa otra Francia, la de “los invisibles”, tal y como la define Gordillo. La Francia que vota a Le Pen.

Mis queridos vecinos, crónica de unas elecciones es el retrato de una Francia desconocida fuera de sus fronteras y olvidada dentro de ellas. El ejemplo de un país cortado en dos: “La Francia que funciona bien, que no conoce el paro, con salarios dignos… la urbana; y la Francia que no se ve, que no sale en televisión, que apenas está representada en la Asamblea… la que cada cinco años da un golpe en la mesa y dice ‘eh, hasta aquí’”, explica Gordillo.

Ese último golpe resonó bien fuerte en unas últimas elecciones presidenciales donde acabó imponiéndose Emmanuel Macron a Marine Le Pen. ¿Qué llevó a Francia a dar la ultraderecha del Frente Nacional los mejores resultados de su historia? Eso es lo que trata de plasmar Gordillo en un documental que sigue la vida sus vecinos durante cuatro meses clave de la vida democrática francesa. Una manera de entender los 51 votos para Le Pen por los 50 de Macron en el microcosmos de Rembercourt sur Mad.

El documentalista hispanofrancés Joseph Gordillo. (Andrea Comas/DocumentaMadrid).

¿Qué le llevó a plantearse el documental retratando a sus propios vecinos? ¿Cómo logró esa conexión?

Conozco a las dos familias desde hace 15 años. Comparto barbacoas con ellos, nos prestamos herramientas si nos hacen falta… es una vida tranquila y solidaria. Son gente que además saben que soy de otro ámbito y lo aceptan. “Tú eres de izquierdas, nosotros no”. No hay ningún rechazo, lo que provoca que haya una estrecha línea. Me parecía muy interesante hacer algo sobre esa Francia desconocida: pobre, de pueblos, sin mucha cultura… Además, como son invisibles para el resto, mi argumento para convencerlos fue decirles: “Nunca tenéis la palabra, aprovechad estos 90 minutos para expresaros”. Y es lo que he hecho. Se ve cómo viven, sin esconder nada. No tengo ni dejo de tener empatía, todo rodado desde una distancia alejada, sin planos cortos.

¿Cuál es el perfil de estos votantes de Le Pen?

Son los perdedores de la globalización. Víctimas de algo, no saben de qué. Es complicado encontrar el enemigo ni entenderlo. El mundo ha cambiado con mucha velocidad. Ahora los pueblos que antes eran de agricultores se han transformado en pueblos dormitorio. La gentrificación de las ciudades les ha mandado lejos, les obliga a hacer 40 kilómetros en coche, de los que se han comprado dos para que marido y mujer puedan tener un trabajo precario, que a la vez han de combinar el fin de semana cortando madera para tener calefacción o vendiendo flores en la carretera para llegar a fin de mes.

En su pueblo, Le Pen se impuso en la segunda vuelta por un voto a Macron mientras que en la primera fue un resultado también igualado… pero con Mélenchon como alternativa. ¿Cómo es posible tal variación entre ultraizquierda y ultraderecha?

Es una manera de tener voz. Y es un cambio que sorprende a mucha gente. Hay una secuencia, cuando llega un diputado socialista de visita entre la primera y segunda vuelta, en la que la gente del pueblo se pregunta “nosotros éramos socialistas, ¿qué pasa aquí?”. Ese rechazo se ve incluso en los carteles. El de Le Pen nadie lo toca mientras que el de Macron va siendo arrancado poco a poco.

¿Cómo se entiende esa entrega a los movimientos radicales?

En los 40 años dentro de la Unión Europea, esta capa social, que está justo encima de la pobreza, no ha tenido voz y acumula mucho rechazo hacia las élites. Cuando tú tienes una palabra directa, como Le Pen o Mélenchon -que no son iguales ojo, uno es radical y demócrata, la otra es radical y no muy democrática- es más fácil llegar a ellos. Marine Le Pen dice lo que esa gente quiere escuchar e intenta hablarles de manera directa, sin pasar por intermediarios como sindicatos u otros agentes. Entonces tienen la impresión de que Le Pen se va a ocupar de sus problemas. Además, hay que añadir un sentido de fragilidad. En el ámbito social, ya no queda nada en el pueblo. No hay comercios. La Iglesia está cerrada. Queda una escuela y ya. Hay un sentimiento de abandono total. Uno de los padres de familia de mis vecinos se pone a arreglar la carretera por su cuenta porque nadie lo hace. Buscan ser protegidos y eso es lo que Le Pen les dice que va a hacer. ¿De qué? No lo sé.

¿Qué perspectiva de futuro vaticina con esta situación?

Hubo unos 10 millones y medio de votos para Le Pen y 20 para Macron. Una gran diferencia, sí, pero diez millones de personas votando a la extrema derecha son muchas. El futuro depende de muchos parámetros. Macron cree en el goteo del dinero. Él, que viene de la banca, piensa que si los ricos son más ricos, los pobres, por un efecto mecánico, serán menos pobres. De lo cual no hay ejemplo, que yo sepa. Un modelo que no ha funcionado pero en el que él cree. Es una apuesta peligrosa porque si en las próximas elecciones fracasara, podemos tener sorpresas en cuanto al Frente Nacional. Aunque ahora el FN esté un poco perdido en temas internos, puede recuperarse con rapidez. Además, la derecha francesa se está acercando un poco a la extrema derecha, lo que quizás pueda suponer que en el futuro tengamos un gran partido que junte a la derecha con la extrema derecha. No sé lo que puede pasar más allá de que el Partido Socialista está casi muerto y el Partido Comunista, casi muerto también. Por su parte, Mélenchon no llega a esa gente porque su discurso sobre la inmigración choca con sus ideas. Su audiencia son los estudiantes educados de ciudad. No puede hacer nada.

¿Ha calado la idea de ver a Europa como fuente de los males?

Sí. Son gente superpragmática. Ellos ven todo desde el punto de vista de su vida cotidiana. No son intelectuales de sus vidas. No hablan de la UE porque no existe dentro de ese pueblo pero lo que ven es al inmigrante que llega y que ocupa un puesto igual enfrente del de ellos, que la escuela de sus hijos igual cierra dentro de un año, que no llegan a fin de mes… es una forma de pensar pragmática, del día a día.

Los resultados en las presidenciales contrastan con las locales, donde gobierna el Partido Socialista. Ya ha mencionado la incredulidad del alcalde durante la visita del diputado. ¿Cómo se justifican?

A nivel nacional, el Partido Socialista está conectado con el think tank Terra Nova. En torno a finales de los 90 y principios de los 00, dijeron que este electorado estaba perdido, que no había que ir apor él ya que suponía una pérdida de energía y que debía focalizarse en otra parte del abanico electoral. Cuando Jospin se presentó, en sus discursos nunca mencionó la palabra obrero. Ahí empezamos a comprender que el obrero se estaba quedando fuera del socialismo francés. Hay un hueco en estos territorios abandonado totalmente por la izquierda. Uno de los dos protagonistas siempre votó por la izquierda. Pero si nadie viene a buscarle, por qué votarla.

Aquí menciona a uno de los dos cabezas de familia de su documental. El otro, claramente identificado como votante de ultraderecha, reconoce en el tramo final que se arrepiente de haber gritado consignas pro Le Pen tras el recuento electoral en el ayuntamiento, rodeado de muchos de los vecinos, dado que eso le ha acarreado problemas de convivencia.

Una de las preguntas del documental es ¿qué es vivir juntos? Toda la sociedad se basa en eso. Dentro de una ciudad es más fácil, pero dentro de un pueblo cada uno sabe lo que el otro hace. Y él vio ahí el límite. El límite de la presión social. “Tienes tatuajes de extrema derecha, ok, pero no te pases dentro de la casa de la democracia”. Ese ayuntamiento donde la gente vota, donde la mitad del pueblo se queda al recuento, refleja una cultura democrática alta. Ahí también se ven personajes muy importantes. Parecen secundarios, como el alcalde por ejemplo, pero equilibran la balanza. Son ellos los que hacen que se pueda ver el documental sin decir pero esto qué es, de qué vas. Son la garantía de la democracia. Los que cogen las papeletas, preparan la sala… Los que hacen que no tengamos un sentimiento de desesperación porque sabemos que todavía están ahí.

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