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Balance de 30 años de Parlamento andaluz

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 24 de febrero de 2012, 21:29h
El original es siempre superior o mejor que la copia y el sucedáneo. Si al día de hoy no puede decirse que el Parlamento nacional, las Cámaras legislativas del Congreso y Senado se hayan aquistado el respeto y amor de gran parte de los ciudadanos, no cabe contemplar panorama distinto en la consideración del lado de una extensa parte de la opinión pública andaluza en cuanto al Parlamento de su comunidad. Dada la magnitud y gravedad del fenómeno, la responsabilidad de tal desafección ha de ser a fortiori amplia y honda, pero aquí, desde luego, no ha ni puede abordarse. Sólo indicarla y lamentarla como origen último de la grisaciedad con la que transcurriera hasta el presente la vida parlamentaria en la región sureña. Enclaustrados hoy en el muy bello recinto sevillano del Hospital de las Cinco Llagas como en un principio lo estuvieran en el no menos hermoso e histórico de la antigua iglesia de S. Hermenegildo, los diputados andaluces, carentes de ordinario de la atención y el estímulo de sus votantes, se han limitado por lo común a dirimir, con exceso de gestos y escasez de ideas, pleitos y querellas entre las diferentes formaciones, con esporádico y frecuentemente negativo eco entre sus representados. El elemento principal o, cuando menos, uno de los más importantes de la cultura y pedagogía democráticas no ha podido así desarrollar sus potencialidades educativas en una sociedad –la española y la bética- muy lenta en impregnarse de sus mores y esencias.

En manera alguna, sin embargo, quiere ello decir que los legisladores andaluces no hayan trabajado en la elaboración de textos encaminados a la madurez y progreso de una comunidad instalada con perseverancia digna de mejor causa en los sitios postreros del ranking de la evolución de las cerca de doscientas regiones que hasta hace muy poco integraban el mapa de la Unión Europea. Aunque, habida cuenta del eficiente laborar de los departamentos universitarios y agencias consagrados al esfuerzo estadístico, se haya realizado un cotejo detallado entre el desarrollo legislativo de las l7 comunidades españolas, el autor de estos renglones desconoce cuál es el puesto ocupado por el Parlamento andaluz. En todo caso, el juicio habrá de partir del hecho clave de la facilidad, coyuntural y administrativa, ofrecida a su deber por la mayoría de facto absoluta –las fugaces y muy precarias excepciones comportadas por las dos legislaturas psoístas con apoyo testimonial de los seguidores de Blas Infante no cuentan verdaderamente a los efectos- usufructuada ininterrumpidamente en la cámara y en el gobierno por el partido socialista. El consiguiente “rodillo”, no siempre diestra ya que no generosamente utilizado, aplastó, a las veces, y se llevó no sólo el sentir de los oponentes sino también comportamientos y modos necesarios para influir positivamente en la opinión.

Con todo, empero, un tercio de siglo es una mínima porción temporal para medir la tarea de institución tan relevante, tanto más cuanto que buena parte de él ha de incluirse en el capítulo de rodaje en la colectividad con mayor número de analfabetos de la nación y también pesarosamente situada en el furgón de cola de los índices de lectura. La esperanza, pues, no es preceptiva, sino espontánea cara a un inmediato porvenir en el que el templo de leyes andaluz se convierta en faro luminoso y objeto de constante referencia y veneración de las generaciones andaluzas afrontadas, en envite crucial, ha hacer, en tiempo indigente, de su comunidad motor decisivo del avance español y europeo.
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