tribuna
[i]El sueño europeo de Artur Mas[/i]
domingo 26 de febrero de 2012, 11:07h
Leyendo la entrevista que Le Monde hace al presidente catalán Artur Mas el día 17 de febrero, no me resisto a citar unas páginas de Ortega y Gasset sobre una observación antropológica de Kant respecto de España. Compara la nuestra con otras naciones. Francia es la moda. Inglaterra, el mal humor. Italia, la ostentación. Alemania, los títulos. Polonia, el señorío. Y España, citada en tercer lugar, después de Inglaterra, “Tierra de los antepasados”.
La chispa de Ortega engrana sobre esta frase la tipología psicológica del reaccionario español, que atañe también al político, “sólo una manifestación -dice al “Lector” de las Meditaciones del Quijote-, la menos honda y significativa, de la general constitución reaccionaria de nuestro espíritu”. Significativa, no obstante, como una sinécdoque, pues el político representa hoy, más que nunca, convertido en metonimia, el territorio social que dirige y administra.
España vive ahora mismo una opresión solapada que trasmuta la sombra de la Historia en argumento retórico inquietante, si no peligroso. Y ello por carencia de vitalidad propia, especialmente política, a pesar de las apariencias formalmente progresistas del Estado.
“Los que antes pasaron siguen gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte, que nos oprime”, apostilla el filósofo la observación de Kant. El recuerdo del pasado es vigencia y, muchas veces, interés de voluntad presente. Encierra en sí una anticipación hermenéutica que conecta el trasfondo de los recuerdos y testimonios. En ella germina el futuro que, en forma de idea, explica el momento de vida.
Resulta, según las declaraciones de Artur Mas al periódico citado, que Cataluña pertenece al Estado español -es sabido- desde hace cinco centurias, pero -añade-, desde hace tres, “por la fuerza, después de haber perdido batallas y guerras”.
¡Una opresión de trescientos años! Y en un territorio cuya población -reconoce-es más española que catalana. ¿Oprimen Cataluña gallegos, andaluces, extremeños, castellanos de Zamora, León, asturianos? ¿Son estos ciudadanos españoles retoños de aquellos conquistadores? ¿Están raptados el resto de catalanes que habitan otras ciudades españolas?
Puestos a desplazar retóricamente el quicio de la Historia, no tenemos precio. La ceguera de futuro ilumina las tinieblas del pasado. Resucitamos los zumbidos y espectros de guerra. “Sólo un modo hay de dominar el pasado, reino de las cosas fenecidas: abrir nuestras venas e inyectar de su sangre en las venas vacías de los muertos. Esto es lo que no puede el reaccionario: tratar el pasado como un modo de la vida”, sigue comentando Ortega y Gasset.
Evidentemente, Artur Mas maneja la retórica posible de este “modo de la vida”, recordándole al Gobierno español su programa de futuro en una plataforma internacional del país vecino, Francia. Introduce la figura estilística de la preterición para darnos a entender cuál es la amenaza latente si el Estado no favorece el “pacto fiscal” que solicita Cataluña como un hito más de autogobierno. Y con tal figura solapa un entimema encubierto, pues el pacto es otra estrategia de la única premisa posible: la independencia o secesión de Cataluña. Sí o sí, que argumentan los entendidos. Da por concluida la fase autonómica.
Supongo que el presidente del Gobierno español y adláteres tienen esta entrevista, sangrada, como texto de cabecera encima de sus escritorios. El nuevo contexto europeo modifica la organización territorial según Artur Mas, pues ya no son, o no serán solo los Estados actuales de Europa, o sus capitales, París, Berlín, Madrid, el centro de su unidad política, sino Bruselas y capitales como Tolosa (Toulouse) y Barcelona, es decir, el entorno más o menos delineado del antiguo cantón franco.
La mirada hacia Europa se torna incierta. Los papeles que cada nueva administración debe asimilar antes de alzar los ojos al horizonte, nos desvían de nuestro propio alcance, de la posible aportación a Europa y nos alejan, lamentablemente, de América, la América de trasfondo español, que sube desde Méjico a California y habla español en las calles de Nueva York. O nos alejan de las fronteras inmediatas, como Portugal y África, donde surgen nuevos problemas. Y cuando la visión se clarea con lo asimilado, ya hemos perdido otro cacho de nuestras posibilidades futuras, sin que el pasado nos sirva de casi nada. Ni siquiera para motivar en Bruselas el español que los europeos acarician en la América hispánica.
Mientras tanto, Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda, Polonia… siembran futuro con planes de Estado envuelto en el horizonte bien asumido de su tiempo histórico. Lo que los agentes financieros de Billy Brandt hacían aquí durante la Transición y cuando gobernaba su delfín socialista regalando dinero por los centros sindicales, políticos de nuevo cuño, abriendo oficinas, despachos, lo trajinan hoy otros homólogos suyos en América, Grecia, Chipre, el este europeo, a veces casi con los mismos maletines, ¡y personas!, de aquellos tiempos dorados, ya fondones de gesto e ideas.
Artur Mas está convencido de que los estados europeos serán menos estados el día de mañana y, ciertas regiones actuales, más Estado. Entonces, la nación catalana enarbolará tal título en la Unión Europea. A costa de España.
Cataluña persigue una política exterior de captación de voluntades hacia este programa político y sabe crear escenarios oportunos que pesan como losas en las relaciones, ya bilaterales, con el Gobierno central de España. Este sesgo perjudica mucho la imagen que los otros países dibujan del nuestro y los planes proyectados para cambiarla se devalúan. Europa, nuestra falta de visión europea, está drenando hasta el patrimonio de nuestra Historia. No podemos seguir así. Hace falta otra política. Otra gente.
Y ello -lo dice el filósofo- porque “Lo grave es otra cosa: tenemos los ámbitos del alma infeccionados, y como los pájaros al volar sobre las miasmas de una marisma, cae muerto el pasado dentro de nuestras memorias”.
No bastan burócratas, recaudadores, economistas, sociólogos de encuesta, empresarios y comerciantes de ojo oportuno, pendientes del dinero que fluye entre mano y firma de ministros. Es otra la perspectiva necesaria. Se adquiere en otro modelo de enseñanza y cultura, en otro ámbito universitario. Lo mejor que pueden hacer los políticos de marca reaccionaria ante la Historia, y con todo el respeto al cargo que ocupan, es dar paso a otra gente. A quienes han mordido el pan crudo del nuevo exilio, el que están promocionando con sus dictados y leyes oportunistas. A aquellos otros que sienten el aura de estrechez, si no de pobreza, que España había erradicado. Vivimos una endogamia política y financiera de rédito precario.
Tarea nada fácil sobreponerse, pero tampoco imposible.