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La Cruzada de los Niños

miércoles 07 de marzo de 2012, 21:43h
Parece que en Occidente las mujeres tienen demasiados derechos. Eso es, al menos, lo que piensa el imán de la mezquita de Tarrasa, para quien los maridos deben aprender a “corregir” a sus esposas. No hay necesidad de romperles ningún hueso; basta únicamente con golpear sin dejar marcas, prohibirle salir del domicilio conyugal o negarse a mantener relaciones íntimas. Lo peor de semejante cúmulo de barbaridades no es que el sujeto en cuestión las difunda y se las crea, sino que hay otros tantos que le siguen a pies juntillas. Y no sólo en mezquitas; también en madrasas o escuelas coránicas, donde millones de niños son educados de esta guisa.

Hace algunos años, cuando la coalición internacional decidió enviar más tropas a Afganistán, Al Qaeda dijo que aquellos jóvenes soldados correrían la misma suerte que los que participaron en la “Cruzada de los Niños”. Efectivamente, allá por 1212 un joven pastor francés se presentó ante el rey Felipe Augusto con una carta entregada supuestamente por el mismísimo Jesucristo. En dicha carta se le encargaba al “buen pastor” que predicase la cruzada para recuperar los Santos Lugares. El rey, con muy buenas palabras, agradeció el ofrecimiento y sugirió que lo que debían hacer era crecer y dejar la guerra a los mayores, pero Estaban estaba decidido a llevar a cabo su “misión”, y siguió adelante con ella. Las crónicas hablan de hasta 30.000 niños que marcharon hacia Génova para embarcar hacia Jerusalén.

Esta noticia llegó hasta Alemania, donde otro iluminado de nombre Nicolás emuló a su “colega” francés y, seguido de otro grupo igualmente numeroso, atravesó los Alpes hasta llegar a Brindisi con idéntico propósito. Los que sobrevivieron a tan penoso viaje no encontraron barcos que les llevasen a Tierra Santa, poniendo así fin a una aventura sumamente desventurada. Aparentemente, los niños franceses tuvieron más suerte, pues dos mercaderes marselleses se ofrecieron a armar siete navíos para transportarlos a los Santos Lugares. No se supo nada más de ellos hasta 20 años después, y la revelación fue sobrecogedora: dos de los barcos se hundieron, y los otros cinco restantes atracaron en Argel, donde los niños fueron vendidos como esclavos.

Tipos como el imán de Tarrasa hay en todo el mundo. Fuengirola, Nimes o Londres han tenido casos semejantes, más todos los que aún no se conocen. En mezquitas y madrasas se alerta de la “cruzada infiel”, y se proponen medidas ad hoc. Huelga decir que la mayor parte de los musulmanes ni pegan a sus mujeres ni son terroristas, pero tampoco pareen conceder demasiada importancia a comportamientos más peligrosos y generalizados de lo que se cree. Hace ocho siglos hubo una cruzada de niños cristianos, inspirada por dementes sin escrúpulos. Hoy, millones de niños musulmanes reciben “lecciones” como la impartida por el imán de Tarrasa. Mal está que un adulto escuche semejante sarta de tonterías, pero que lo haga un niño es, además, aberrante. Los terroristas de los atentados del 11-S se convirtieron en lo que se convirtieron en virtud de un “aprendizaje similar”. El riesgo está a la vuelta de la esquina.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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