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La Real Academia y las invisibles

José María Herrera
sábado 10 de marzo de 2012, 20:53h
Ya lo he dicho otras veces: lo del “sexismo” de la lengua española es una superstición, como el horóscopo y la nigromancia. Hay que saber muy poco de la esencia del lenguaje para profesar semejante fe y ser un fanático alucinado para querer imponérsela al resto. Si no fuera por la beatería de la parroquia y el provecho que saca nuestro incorruptible gremio político, no se perdería tanto tiempo hablando de esto. Al final, las autoridades lingüísticas han tenido que pronunciarse. Me extrañaría que sirviera de mucho porque en nuestro país no se reconoce la autoridad intelectual. Sorprende, sin embargo, que entre los que conservan aún la confianza en el saber se reproche ahora la tardanza con que lo han hecho. ¿Se imaginan ustedes a la Real Academia de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales apresurándose a contestar a aquellos que aseguran que en el próximo solsticio de invierno se producirá la fatal conjunción cósmica que desencadenará el fin del mundo? La cosa es clara: mientras la gente no comprenda que decir “todos y todas”, “los vascos y las vascas”, revela una conciencia tan profunda de los problemas como decir “soy capricornio o acuario”, seguiremos “ere que ere”.

La persona supersticiosa posee una fe desmesurada en lo que cree y, por eso, rara vez se plantea la posibilidad de revisarlo o discutirlo. Lo último que se le ocurriría pensar es que no ha evaluado correctamente los hechos o que no dispone de bastante información. Si alguien duda de ello, está claro que se equivoca. Importa poco que se trate de un necio o del pleno de una academia científica. La estrategia psicológica es sencilla: quien no cree lo mismo que yo, no puede comprender. Esta actitud de fanatismo cerril es la causa de que, nada más conocerse el informe de la Academia sobre el sexismo lingüístico, una conocida activista del feminismo andaluz lo haya calificado de “aberración de la humanidad”. La expresión estremece porque es la que usó el sínodo de Burdeos para describir las doctrinas de Prisciliano, el primer obispo cristiano ejecutado por un emperador que también lo era. ¿No les extraña que se reaccione así frente a un documento que se limita a criticar unas guías de estilo? Si este es el tono que se reserva a un ensayo argumentado, ¿qué palabras guardan para el panfleto de un genocida?

Tayllerand aconsejaba no excederse en el celo. Un exceso de celo es siempre indicio de que nos va en un asunto algo más de lo que exige el estricto deber. No estoy diciendo con esto que haya personas que obtienen beneficios de explotar el negocio del sexismo, pero: ¿por qué en vez de aceptar el reto e iniciar un debate, se han puesto tan nerviosas? Incluso en el caso de que Bosque, autor del texto que suscribieron por unanimidad los académicos presentes en el pleno celebrado el pasado día uno, esté completamente equivocado, no parece que la mejor forma de refutarlo sea destapar la caja de los truenos. Bosque ha analizado diversas guías de lenguaje no sexista y ha constatado simplemente que se trata de algo poco serio. No es que sus supuestos sean discutibles y sus conclusiones conduzcan a flagrantes inconsecuencias, es que todas parecen cometer la misma fullería: “extraer una conclusión incorrecta de varias premisas verdaderas, y dar a entender a continuación que quien niegue la conclusión estará también negando las premisas”.

Yo no voy a hacer aquí un resumen del documento. Quien esté interesado en el asunto debe leerlo. Me gustaría, sin embargo, subrayar un punto sobre el que Bosque, que es hombre comedido y discretísimo, prefiere no pronunciarse. Me refiero a la cuestión de la “visibilidad de las mujeres”, uno de los motivos que se alegan para convertir nuestra lengua en un cenagal de precisiones no sexistas. Se trata, a mi juicio, de una expresión desconcertante. Yo, al menos, nunca la he entendido. Los que saben explican que “las mujeres son invisibles porque, aunque siempre estuvieron en escena, no se las ve”. Tras esta afirmación late la idea de que la Historia ha olvidado alevosamente la contribución femenina. A mí no me sorprende que esto se diga. La Historia, ciencia progresista por antonomasia, lleva tres siglos menospreciando cuanto no apunte en la dirección de lo que debe imponerse, la ilustración o la dictadura del proletariado. Pero el problema realmente no es ese, el problema es que muchos de quienes han creído en el progreso histórico y, por lo tanto, en la idea de superación –gente que quizá no sepa nada de Aphra Behn porque son malos tiempos para la lírica, que no escuchan a Bárbara Strozzi porque la cantata barroca es agua pasada, que ignoran la obra de Lavinia Fontana porque profesan la vanguardia- cofunden su ignorancia de la Historia con la ignorancia de la Historia.
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