Fernando VII y la obra de Cádiz
jueves 15 de marzo de 2012, 21:52h
No es posible olvidar, para entender lo que sigue, que, incluso cuando todavía se está discutiendo el texto de la Constitución de 1812, se está produciendo en el país, al amparo de lo que recogería el texto, una auténtica revolución social en la que se adoptan medidas contrarias a los estamentos del Antiguo Régimen. Piénsese, como ejemplos, en la misma supresión de la representación de dichos estamentos o en el final para los señoríos con jurisdicción. A ello hay que unir la revolución económica derivada de la Constitución: la deducción lógica de sus principios políticos en el ámbito de la propiedad, la fijación de precios o la libertad de comercio. Bastante mayor impacto obtuvo el hecho de negar la superioridad de la nobleza en el gobierno del país. De aquí que, al regreso de Fernando y estando todavía en Valencia, un grupo de sesenta y nueve diputados salidos de las siguientes Cortes ordinarias entregaran al Rey el conocido “Manifiesto de los Persas”, técnicamente idóneo desde el punto de vista jurídico, en el que se insistía, sobre todo, en la necesidad de abolir dichas medidas económicas, sin alterar en demasía los principios políticos de “La Pepa”.
Una vez repuesto en el trono, Fernando, animado por el residuo estamental de la nobleza y supongo que sorprendido por el hecho de que quienes hacía poco daban gritos a favor de “La Pepa” ahora vociferaran el insólito “Vivan las caenas”, se decide a asentar su poder absoluto y lo hace mediante el famoso Decreto de 4 de mayo de 1814, cuya lectura hace aprender para muchas partes de nuestra historia política. En su conclusión dice así: “Vengo (…) en declarar aquella Constitución y decretos [los aprobados en las Cortes de Cádiz] nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos súbditos de cualquier clase y condición a cumplirlos ni guardarlos”: ¡Cuántas veces luego se ha intentado algo similar, manejando o suprimiendo el inmediato pasado! Algo que nos llega hasta el presente.
A pesar de ello, la vida política siguió enturbiada por el enfrentamiento entre conservadores y liberales, otra nota que se dará a lo largo de todo el siglo XIX. Y, en sus continuos vaivenes, el 7 de marzo de 1820, el Rey acaba confesando su decisión de jurar la Constitución de 1812. Pero, apenas dos o tres meses después de tal jura, empezaron a producirse movimientos realistas contra el mismo Fernando, que culminarán contra él y sus sucesores. Poco después, en 1823, murió el Rey en plena confusión, pasando sus restos a El Escorial. En palabras de Pérez Galdós, moría quien tenía la cara más antipática de las fisonomías y “el carácter más vil que ha podido caber en un ser humano”.
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Catedrático de Derecho Político
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