Maremotos
sábado 17 de marzo de 2012, 21:47h
Estos días, con la conmemoración de la catástrofe de Fukushima, se ha vuelto a hablar de maremotos. No es raro porque llevamos una racha muy mala. En pocos años ha habido dos de grandes dimensiones, devastadores. El miércoles, mientras la prensa informaba de que los japoneses continúan buscando cadáveres, recogiendo escombros e investigando las secuelas del accidente nuclear del año pasado, se ha activado una amenaza de tsunami en las provincias del norte a causa de un terremoto de intensidad considerable. Acaso porque no vivimos ni en el Índico ni en el Pacífico, suponemos que esta clase de fenómenos no puede afectarnos, pero estamos equivocados.
La confortable distancia desde la que aquí observamos el asunto tal vez sea la causa de que la palabra “tsunami”, que en japonés parece ser que significa algo así como ola de puerto, esté desplazando en el habla cotidiana a la palabra latina “maremoto”, movimiento del mar. El motivo, dada la encantadora vaguedad poética de ambos vocablos, no tiene nada que ver con el conocimiento. A diferencia de ciertas ideologías, la ciencia jamás se esfuerza en cambiar los usos de la lengua. Cuesta trabajo imaginar a un grupo de químicos presionando a la sociedad para que digamos oxidano en vez de agua. Un güisky con oxidano, es una fórmula sumamente precisa, pero de una pedantería inaceptable. La hegemonía de la voz tsunami es simplemente fruto del predominio de la cultura anglosajona. Como el inglés carece de una palabra concreta para designar el fenómeno, las agencias internacionales que informaron en la navidad de 2004 del maremoto que devastó las costas índicas decidieron recurrir al término nipón. Pocos días después todo el mundo lo usaba. El hecho es significativo. Confirma, por un lado, la virginidad histórica de las islas británicas en esto de los maremotos, y la docilidad de los mediterráneos, quienes a pesar de conservar en sus lenguas un vago recuerdo de ello, prefieren ahora acudir a otros idiomas.
El lenguaje marca el horizonte de lo que una cultura dada tiene presente. Si un pueblo posee una palabra es porque el fenómeno que designa le es de alguna manera familiar. Dicha familiaridad no implica por fuerza una experiencia objetiva. Ya Platón, por ejemplo, recogió en el Timeo la leyenda de un cataclismo que terminó con una civilización antigua, probablemente la civilización minoica. Por supuesto, se trata de un mito –buscar la Atlántida es como buscar la tumba de Sherlock Holmes-, aunque el Mediterráneo ha conocido en tiempos históricos varios maremotos perfectamente documentados. Es el caso del que se produjo en la madrugada del 24 de Julio del año 365, durante el reinado de Valentiniano y Valente. Amiano Marcelino –pero no sólo él, también Libanio o San Jerónimo- asegura que ese día el agua se retiró de las costas, y que se contemplaron riscos y barrancos nunca vistos desde la creación del globo, hasta que una ola colosal cayó sobre la tierra arrasándolo todo a su paso. Gibbon, como buen británico ilustrado, no daba crédito a esta descripción y la atribuía a la fantasía de su antiguo colega. Sin embargo, los científicos actuales han confirmado que las cosas fueron efectivamente así y que en Alejandría, por ejemplo, murieron en aquella ocasión más de cincuenta mil personas. Uno de los pocos sitios que se salvó milagrosamente del desastre fue Epidauro, donde San Hilarión detuvo la mole de agua haciendo la señal de la cruz. Eso es lo que afirma al menos su biógrafo, Jerónimo Presbítero.
Aunque Tucídides, hablando del maremoto que golpeó el golfo de Maliakos en el 426 a. de C., asoció perspicazmente el fenómeno a un terremoto previo, la costumbre antigua era atribuirlo a la cólera de Poseidón, dios de los mares. Siglos después, en la época del desastre del que habla Amiano, los teólogos también atribuyeron la catástrofe a la ira de Dios, enojado con el retorno del paganismo auspiciado años atrás por Juliano el Apóstata. Es natural que este tipo de fenómenos desoladores causen una profunda impresión a las personas con tendencias apocalípticas y que luego sirvan de pretexto para una radicalización de las posturas religiosas, algo que en Alejandría se tradujo en violentos enfrentamientos como los que acabaron con la vida de la filósofa Hipatia.
Una historia de los maremotos ocurridos en Europa debería incluir el que se produjo a finales del siglo III a. de C. en el golfo de Cádiz, el ocurrido en el Adriático en el año 751 y que barrió la vieja Malamocco, en el Lido de Venecia, o el que abatió las costas occidentales de la Península Ibérica tras el terremoto de Lisboa de 1755. Por supuesto, no pretendo amedrentar a nadie recordando estos acontecimientos. Si esta es la periodicidad con que el fenómeno se produce aquí no hay motivo para dejar de ir a la playa a cambiar las tristes sombras de tierra adentro por los alegres reflejos oceánicos. De hecho, se me ocurren cien razones mejores para no hacerlo. Buceen tranquilos. Nadie puede afirmar que no suceda, pero lo normal es que los mares que nos circundan se mantengan dentro de sus límites, bien metidos en cintura como cualquier ciudadano afectado por los recortes.